Lo poco que he aprendido estos años de vida.

Como en raras ocasiones se suscita en las letras de este más niño que adulto, aquí les traigo un texto especial, uno que viene de un lugar donde antes había alguien que ya no soy yo, uno de esos textos que nadie nunca lee, uno de esos que sólo hago en ocasiones especiales, uno de esos que siempre escribo pero nunca publico. Dedicado a mis amigos de verdad, a los que me han amado, a los que me quieren, a los que me odian, a los que me admiran, a los que se sienten mejores, a los que se fueron y a los que vendrán. Pero más que para ustedes, es para mí, por mi cumpleaños, por lo mucho que me amo, por lo mucho que me detesto, por lo poco que he pasado y a la vez lo tanto que se me ha ido, por lo tanto que me falta, para celebrar que no sé cómo lo he hecho, pero he logrado llegar hasta aquí.

Tomen aire, tanto como puedan, lean esto con una bocanada de aire, tomen una tan grande como la que yo tomé al escribirlo, tomen tantas de mis palabras como puedan, porque las mismas el tiempo se las va a llevar, y cuando el mismo se me haya acabado, no quedará nada de mí en ustedes, sólo quedarán las pocas palabras que hayan logrado tomar de lo que alguna vez fui. Cuando se te acabe el aire y sientas que te ahogas, cuando sientas un nudo a la garganta, vuelve a respirar, ahógate tantas veces y siente tantos nudos como los que yo sentí en cada día y cada año que en mi piel tuve que escribir esta historia, tal vez y con suerte aprenderás algo de lo mucho que a mí se me fue. Tal vez y con suerte puedas evitar tener los nudos con los que en mi vida tuve que atar barcos para evitar naufragar en mares de lágrimas que van hacia ningún lugar.

Nací el 8 se de septiembre en Mexicali, Baja California.
Nací en un lugar donde no hay agua, donde el sol quema y destruye los sueños.
Soy hijo de dos padres que eran militares, una enfermera  y un soldado.
Así como el sol, también llegué al mundo a destruir los sueños de mis padres.
Por desertores del ejército mexicano mis padres decidieron venir a criarme en Chihuahua.
Yo sin saber caminar o hablar, mi padre decidió que la mejor manera de vivir era matar.
Así que llegando a Chihuahua por asesino y traficante a la cárcel fue a parar.
No sé cuánto tardé en caminar o en hablar.
Pero sé que al año, Dios, con todo y su humor oscuro, una hermana me mandó.
Sí recuerdo que cuando no podía hablar siempre me gustaba ver como escurrían las gotas de la lluvia por la ventana, porque de  niño, incluso en los días soleados, llovía sobre la ventana.
Mi mamá me llevaba a la cárcel a visitar al hombre que puso la mitad para darme la vida.
Mi papá trabajaba la madera en la cárcel, hacía muebles miniatura y les grababa con letra cursiva el nombre de mi mamá.
Mi papá no necesitaba volverse carpintero para sanar el corazón de mi mamá.
Aprendí que los regalos no curan un corazón roto,  que los regalos no recuperan la confianza.
A los 4 años mi mamá me enseñó dos grandes cosas:
Me enseñó a leer y me enseñó que no debo ser como papá.
Pero nunca me enseñó porque ella derramaba más lágrimas que las que llovían sobre mi ventana.

Mi mamá era orgullosa, mi mamá nunca aceptó la ayuda de la familia.
Mi mamá lloraba porque no podía darnos de comer.
Mi hermana y yo pasamos varios días sin comer.
Mi abuelita le dio una cachetada a mí mamá y le dijo que a su familia adelante debía sacar.
Mi mamá trabajó más.
Mi mamá trabajó hasta que él trabajó la secuestró.
Mi mamá cambió su apellido a «trabajo».
Aprendí que el trabajo te puede matar, y cuando no lo hace, borra la sonrisa en el rostro de las madres.
Aprendí que el amor por los hijos debe ser más grande que cualquier orgullo.
Aprendí que cualquier cosa es más importante que el orgullo.
Yo a los cinco años ya había terminado el libro «Estudio en Escarlata» y un libro que hablaba de gorilas.
Aprendí que los gorilas tienen la fuerza de 8 hombres y brazos de dos metros.
Yo quería ser un gorila cuando creciera.
En ese año gente mala ayudó a mi papá a salir de la cárcel.
Aprendí que en México es más fácil salir de la cárcel que entrar en ella.
Mi papá prometió cambiar.
Pero no lo hizo, en menos de un mes yo ya veía  a mi papá practicar tiro con su arma en el patio.
Mi papá me hizo prometer guardar el secreto a cambio de 50 pesos.
De la noche a la mañana ya era el niño más rico.
Mi mamá lloraba porque papá no conseguía trabajo.
Yo le di mis 50 pesos a mi mamá.
Mi mamá lloró y me golpeó hasta que se cansó porque nunca le dije de donde saqué el dinero.
Aprendí que las promesas se deben cumplir incluso si conllevan dolor.
Mi mamá pensó que yo era como mi padre.
Mi abuela volvió a golpear a mi mamá por golpearme.
Mi papá golpeó a mi mamá por golpearme.
Mi abuelo amenazó con matar a mi papá si volvía a golpear a mí mamá.
Yo le decía a mi hermana que no viera a mis papás.
Yo le decía a mi hermana que no dejara de mirar las gotas que escurren en la ventana.
Mi hermana decía que no llovía.
Aprendí a odiar el dinero,  y más importante aún, aprendí que los niños no necesitan dinero.
Porque el niño es lo más puro del mundo, no está sujeto a lo material.
Aprendí que son los adultos los que enseñan a un niño a ser así.
Me gustaba ver la caricatura Sailor Moon.
Me regalaron un gato negro y le puse «Luna».

De la noche a la mañana, cuando mi papá parecía cambiar, yo caí enfermo.
Al hospital fui a parar, perdí un riñón y casi pierdo el otro.
Mi abuela decía que Dios me cuidaba, que de esta familia no tan fácil me iban a separar.
Mi abuelo el hospital me dijo: «Mijo, somos tan cabrones que ni la muerte se mete con nosotros».
Mis abuelos me regalaron una canasta de frutas cuando salí.
Mi mamá lloraba porque no sabía cómo iba a pagar la cuenta del hospital.
Mi papá como pretexto cayó en las drogas otra vez.
Aprendí que ser saludable y vivir de forma digna depende de que tanto dinero puedas pagar.
Mi papá robó y vendió todos los muebles de la casa para pagar dinero a personas malas.
Mi mamá lloro más.
Mi abuelo amenazó a mi papá, papá se fue.
Poco tiempo después papá fue  asesinado, o al menos eso me dijeron.
Aprendí que las personas prefieren morir que intentar cambiar.
Aprendí que las personas no cambian.
Aprendí que la justicia te alcanza.
Aprendí que lo que algunos llaman «justicia divina» también es un tipo de venganza, divina,  pero  venganza.
Aprendí que Dios no perdona a los malos padres.
Yo ya no aguanté, así que igual que mi mamá empecé a llorar.
Cuando eres niño piensas que todo es tu culpa.
Hoy sé que los niños no tienen la culpa de nada.

Cuando entré a la primaria yo sabía leer y contar.
Pero no sabía lo mucho que duele perder a alguien.
Cuando llegué de la primaria mi tío atropelló a Luna.
Volví a llorar.
Mi mamá trabajaba en tres empleos.
Yo llegando de la escuela hacía comida para mi hermana y para mí.
Mi abuelita nos visitaba sólo para hacer el desayuno.
Se me obligó a ser adulto desde pequeño.
Aprendí a trabajar en equipo.
Aprendí que el desayuno es la comida más importante del día.

Y de la nada, a mis seis años de edad, un día cuando mamá dormía, quemé la casa sin razón alguna.
Nos corrieron de la casa y nos fuimos a vivir con mis abuelos.
Mis abuelos ya no me querían, le decían a mí mamá que yo tenía problemas.
Mi mamá se peleó con mis abuelos y se puso a llorar.
Yo volví a llorar, otra vez me sentía culpable por destruir el esfuerzo  y los sueños de mi mamá.

Me hice amigo de Terry, un perro labrador que me amaba.
Yo lo amaba.
Con Terry aprendí lo que es el amor.
Pasaron los años y Terry murió de cáncer.
Aprendí que el cáncer mata a los perros.
Lloré 7 días seguidos, pero para ser honesto, hasta la fecha no lo he dejado de llorar en silencio, a escondidas.
Mi abuelo se enojó y me dijo que los hombres no lloran.
Mi abuelo me compró un cerdito de mascota al que también le puse «Terry», me encariñé, lo cuidé como a mi antiguo perro, lo cuidé como a mi  mejor amigo, no era tan listo como mi perro, pero era lo que más amaba y él me ayudaba a superarlo.
Mi abuelo me llevaba con un amigo llamado José, allí conocí a Clara, era una niña de mi edad que me daba besos y abrazos, ella dijo que de grandes nos íbamos a casar, era mi mejor amiga.
Pasó un año entero y mi abuelo me llevó a matar a Terry para la cena de navidad.
Siempre fue su plan.
Yo no pude matarlo, Terry era gigante, como castigo me obligó a ayudar a desollarlo y me dejó una tarde sentado viendo y llorando junto al cadáver.
Lloré, pero no tanto, porque aprendí la lección.
Aprendí que no debo enamorarme de los animales.
Un día volviendo de la escuela me encontré una carta en la calle y se la di a mi abuelo.
Mi abuelo me golpeó con una cuarta para caballos hasta que la pierna me abrió y me dejó en el suelo.
Dijo que robar correo era un crimen, y que yo nunca debía robar, también me dijo que dejara de llorar.
Aprendí que no debo robar correo,  ni por accidente.
Mientras me intentaba levantar le grité que lo iba a matar.
Le grité que yo iba a ser más fuerte.
Luego lloré.
Odié a mi abuelo, pero no mucho, porque al año le diagnosticaron diabetes y al hospital también fue a parar.
Aprendí que si eres gordo te puede matar la diabetes.
Yo no tengo diabetes.
Mi abuelo me enseñó a jugar muchas cosas a cambio de que me robara panes con mermelada de la cocina y se los diera a pesar de que los tenía prohibidos.
Aprendí que las enseñanzas y los consejos no son nada cuando la persona que te los enseña no los pone en práctica.
Le di tantos panes a mi abuelo porque pensé que así lo podía matar.
Volvió a caer al hospital.
Cuando salió decidí nunca volverle a hablar.
Mi ley del hielo no duró mucho,  Clara se murió de cáncer y al funeral me obligaron a ir.
Como ironía de la vida la enterraron el panteón san José, a unas cuadras de mi casa.
En el funeral su mamá se puso de rodillas y llorando le gritó malas palabras a Dios.
Yo sólo veía que Clara era más pálida.
Aprendí que un cadáver no puede darte besos.
Aprendí que no te puedes casar con un  cadáver.
Dios no escuchó a la mamá de Clara,  no la perdonó, no la ayudó.
Aprendí que Dios le quita los hijos a los buenos padres.
Aprendí que  Dios le deja los hijos a los malos padres.
Aprendí que Dios tiene un sentido del humor algo extraño.
Volví a llorar, no por Clara, sino por Dios.
Aprendí que de nada sirve llorar a los muertos.
Aprendí a dejar de ir a los funerales.
En las madrugadas cuando salgo a caminar me gusta pasar por allí, me gusta decirle a Clara que ya no la necesito  en mi vida y que no nos vamos a casar.
Luego me río porque hablo con personas que ya no me escuchan.
Pero no mucho, dos veces he escuchado mi nombre viniendo de ese cementerio.

En la primaria me pegaba Mario, era más grande y más fuerte.
Mario me dijo que si le decía a alguien iba a matar a mi mamá.
A Mario al año se le murió su mamá de cáncer.
Mario lloró tanto como yo lloré por Terry.
Mario faltó una semana a la escuela.
El profesor nos dijo que fuéramos buenos con él.
Cuando volvió yo me burlé por su mamá fallecida.
Le dije que él la había matado por ser malo, que Dios mata con cáncer a las personas que quieres, a mí por quemar mi casa se llevó a Terry y a Clara, a él por golpearme se llevó a su madre.
Mario lloró y no volvió en un mes.
Cuando volvió ya nunca me volvió a tocar.
Mario tenía los mismos ojos que yo.
Aprendí que con palabras  puedo cambiar a la gente.
Conocí el sabor de la venganza, y aprendí que es tan mala y tan adictiva como las drogas que consumía mi padre.
Entendí porque a Dios le gustaba tanto vengarse.
Aprendí que Dios es drogadicto.
Me prometí nunca volver a vengarme de nadie, porque no quería ser como Dios, quería ser mejor.
Nunca le dije a Mario, pero lloré por su mamá.

Dios no lloró por la mamá de Mario, no lloró por Terry,  no lloró por Clara,  no lloró por mí,  no lloró por nadie.
Yo, por otra parte, lloraba por todo.
Lloraba con la película de Titanic.
Lloraba por ver niños en África muriéndose de hambre porque me recordaba cuando mi mamá no tenía para darnos de comer.
Lloraba con las películas de perros que me recordaban a Terry.
Lloraba cuando la música era buena.
Lloraba con la canción de «A Lado Del Camino».
Lloraba cuando mi mamá llegaba cansada.
Lloraba cuando  mi hermana no recordaba cómo era de malo mi papá.
Lloraba tanto que mi familia se cansó de verme llorar.
Siempre que lloraba me pegaban y me sacaban a la calle para que todos me vieran.
Los hijos de los vecinos se burlaban de verme llorar.
Eso me hacía llorar más.
Mientras lloraba mi mamá me cantaba como burla: «Llora, llora y mueve sus manitas».
Un año entero lloré, así como también lloré por la gente que se burló por verme llorar.
Aprendí que si te muerdes un cachete hasta que sangra dejas de llorar.
Aprendí que si te picas con una aguja en las costillas dejas de llorar.

Un día me puse de rodillas y lloré tanto, le rogué a Dios que me quitara ese peso de encima, lloré y le imploré,  le grité, y de la nada,  como por arte de magia, algo se rompió en mí, me reí tanto, me reí como nunca, me percaté de que le estaba  rogando a alguien que nunca se había acordado de mí, me seguí riendo y lloré, pero de la risa, de lo estúpido que me veía.
Desde ese día me reí de las personas con cáncer, me reí de los niños que mueren de hambre, me reí absolutamente de todo, no he dejado de reírme.
Cuando murió mi abuelo a mi mamá le canté: «Llora, llora y mueve sus manitas».
Todo me causa gracia, en mi cabeza se empezaron a generar historias y pensamientos que me generaban más risa, río y lloro mientras escribo esto, me río de recordar mi pasado, me río tanto que a veces cuando no me ves lloro de la risa.

Podrá ser casualidad, pero la verdad es un trato, un Dios que es mi mayor enemigo me dio la capacidad para reírme de todo a cambio de que cambie las cosas que están mal, y eso es lo que voy a hacer,  porque para cambiar las cosas hace falta reírse más y llorarlas menos, alguien que va a cambiar lo que a mí se me encomendó no podrá hacerlo si se rompe en llanto.
Ahora las personas que me quieren son las que deberán llorar las lágrimas que yo estoy evitando.

Porque la lección más importante que aprendí fue esa.
Aprendí que debo dar todo lo que esté en mí para que en esta vida no vuelva a haber otro Efraín, porque entonces todo lo vivido habrá sido para absolutamente nada.

Aprendí que debo detener la mano de cualquier padre que se atreva a golpear a su hijo.
Atrévete a hacerlo frente a mí y no podrás hacerlo dos veces.
Aprendí que debo detener la mano de cualquier persona que toque a una mujer.
Atrévete a hacerlo frente a mí y será la última vez que veas tu mano.
Aprendí que debo eliminar el orgullo de las malas madres.
Atrévete a dejar sin comer a tu hijo, y si me entero, haré que sea la última vez que veas a tu hijo.
Aprendí que todo niño debe tener un perro y un gato para aprender a amar.
Aprendí  que debo evitar que las personas mueran de hambre en otras partes del mundo.
Atrévete a quitarle la comida a una persona que la necesita y te haré morir de hambre.
Tal vez no puedo curar el cáncer.
Pero aprendí que debo hacer que las personas que pueden tengan todo lo que necesitan.
No soy un héroe,  no soy un villano, soy lo que soy, no hay palabras para describirme,  porque si yo y Dios estamos errados en describirme, créeme,  tú lo estás más.
Aprendí que no debo  temer reglas, leyes y demás, porque si la justicia divina ha fallado, la humana lo hace mucho más.
Porque cualquier castigo que yo me pueda llevar habrá valido la pena si puedo  evitar que haya tan solo otro Efraín más.
Aprendí que eso que llamas Dios a mí me ha dado camino abierto para hacer lo que sea necesario.
Porque aprendí que no hay castigo, humano o divino, que me pueda detener.

El día de hoy, si pudiera viajar al pasado iría a esa casa donde vivía ese niño de cinco años,  lo observaría desde el otro lado de la ventana y me reiría porque me daría cuenta que nunca había estado lloviendo, sólo era un niño aguantando sus ganas de llorar.

Me alegraría mucho por él y le diría:
«Llora todo lo que necesites amigo,  yo no pienso ayudarte en nada, porque las lágrimas que vas a derramar van a crear a la persona que va a cambiar este mundo».

No estoy seguro si podré cambiarlo, pero créeme, moriré intentándolo. Así tenga que hacer muchas cosas malas en el camino, así tenga que quedar como uno de los mayores villanos que ha pisado este desierto.

Hoy la gente me mira en la escuela, siempre en el mismo lugar, siempre viendo el cielo, dicen que tengo la mirada apagada, se burlan de mi forma de ser, se burlan de lo que digo, de lo que escribo, se burlan de que no entro a clases por quedarme viendo el cielo, se burlan de mi apariencia, se burlan de que soy una persona triste y amargada.
No soy triste, al contrario,  estoy riendo, más de lo que imaginas.
Yo soy el que ríe de ellos cuando sus únicos anhelos son tener una carrera universitaria para ganar dinero y «tener un mejor mañana».
Yo soy el que ríe pues no se han dado cuenta de que he cambiado todo lo que los rodea con el poder de sólo diez dedos, imagina si usara mi fuerza de voluntad.
¿Y yo?, sólo contando hasta el último segundo que hace falta para irme, para dejar todo atrás y empezar a cambiar el mundo.

Lograr todo antes de que el trato que firmé con Dios al que tanto odio expire.

Es gracioso como las dos cosas a las que más odio en esta vida, yo y Dios,  son las que me hayan dado las razones para seguir viviendo, es gracioso como hay dos tipos de personas en esta vida:
Están los que usan su pasado para llorar, para lamentarse y para generar lástima, y claro, estamos nosotros,  los que usamos el pasado para sentirnos las personas más fuertes que han pisado la tierra, para sentirnos una fuerza imparable, para ser la fuerza que va a cambiar todo, por las buenas, o en el peor de los casos… Por las malas.

#PeaceOut.

efrain-bb

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