Día del hombre: ¿Qué significa ser hombre?

Hoy es el día del hombre y yo solo me pregunto: ¿Qué significa ser hombre? Hoy nadie me felicitó ni me dijo nada por ser hombre, ni en mi casa, ni en la calle, ni en ningún lado. ¿Debería sentirme mal por eso? No, porque si me siento mal o hago manifiesto de ello, entonces no sería lo suficientemente hombre.

Ser hombre tiene muchas ventajas (las cosas como son), la sociedad patriarcal en la que vivimos nos ha dejado un legado y mucha evidencia de ello. Desde salarios más altos, mayores oportunidades, dirigir el mundo a nuestro muy sesgado criterio, mayor fuerza física, pero ante todo… el enorme placer y privilegio de poder orinar de pie, no olvidemos eso.

Es evidente que la sociedad falocéntrica ha gozado de todos estos beneficios por siglos, no quiero iniciar el típico debate sexista sobre las obvias diferencias de género (tanto biológicas como a nivel social), pero sí quiero mencionar que dichas ventajas traen consigo unas desventajas que nos someten como entidad y que son las que precisamente mandan todo al carajo.

La sociedad nos enseñó que ser hombres es no llorar por nada: No llorar si terminas y extrañas a tu novia la loca celosa ninfómana, no llorar si no soportas ver al perro Hachiko esperando a su dueño, no llorar si te gusta una buena canción o si te emocionan los pasajes de algún libro, a grosso modo; nos enseñaron que llorar era malo, fuera cual fuera el motivo.

La sociedad nos enseñó que debemos ser el sustento de la familia, casarnos con una mujer y que nunca, bajo ninguna circunstancia, podemos permitir que ella aporte al hogar. ¿Tu novia es la que tiene carro y tu andas en camión?, ¡blasfemia!, tus amigos ahora se burlan, eso te hace sentir mal, ¡pero ojo!, no se vale llorar por esto, ni a escondidas, mejor tragátelas antes de que la gente vea ese ignominioso líquido corriendo por tus mejillas. Es más, para olvidar esto invitemos a una amiga al cine y seamos nosotros los que pagamos todo.

La sociedad nos enseñó que solo hay un tipo de hombre: el que disfruta de las mujeres. Si te gusta la verga, meterte dildos, pepinos o cualquier otra cosa en el culo… entonces no eres hombre. No importa que el punto G del hombre esté en el ano, esto es obviamente una prueba de Dios, de la misma forma que Dios puso los fósiles para poner a prueba nuestra fe. No te atrevas a tocar tu ano por nada del mundo, no hagas de esta sociedad una Sodoma moderna o la ira del Dios volverá a caer sobre nosotros en forma de fuego y azufre, es más, ni siquiera te limpies el culo, no vaya a ser que le encuentres placer y termines volviéndote homosexual.

La sociedad nos enseñó que debemos tener «muchas viejas» y que el amor es algo para homosexuales. ¿Amas a Sofía con toda tu alma?, no importa, allá fuera hay otras tres igual o mejores, dale a todo lo que se mueve (excepto hombres), no te enamores porque entonces estarás faltando a nuestro código, ¡hurr durr!, ¡nuestro dogma!, ¡abajo el amor, viva la putería sin sentido alguno!

Las sociedad nos enseño… tantas cosas…

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Un día no hace mucho tiempo, nací en un lugar donde la ignorancia de la sociedad encapotaba todo lo que se podía ver, incluso un poco más allá. Desde niño me cuestioné qué era para mí el ser hombre y qué era para mí el «ser» como tal. Hoy esa ignorancia sigue cubriéndolo todo, pero por suerte ya no soy un niño y he podido alcanzar algunas verdades a cambio de tragarme muchas mentiras.

Vivimos en una sociedad que nos ató con cuerdas imaginarias y que nos sembró el miedo de no ser aceptados si rompíamos las mismas a base del raciocinio que se decanta en el fondo del alma, cuando la libertad por fin nos deja reposar de todos esos estúpidos estereotipos que tenemos que cumplir para poder definirnos como «hombres».

Ser hombre significa muchas cosas, la mayoría de ellas ni siquiera las he logrado vislumbrar, sin embargo; si pudiese rescatar algo, no dudaría en mencionar que parte de ser hombre es el ser libre y, que antes de «ser hombre», está el «ser».

Para poder «ser», tendrás que renunciar a todas esas mierdas que otros hombres te enseñaron creyendo en su ignorancia que te protegían o te ayudaban a alcanzar una meta a la que nunca te propusiste llegar.

Entre tanto «hombre» semejante, la única forma de «ser», es cuando eres tú mismo: Llora viendo la película de Hachiko, vístete de mujer si te hace feliz o juega a las barbies si eso lo hace también, métete todo lo que te puedas meter en el culo si eso te hace sentir bien, ama a una mujer si eso te colma por dentro, divide el gasto del cine si eso te llena o si a ella eso lo hace sentir bien, no pasa nada si lloras cuando te deja tu novia, no pasa nada si ves llorar a un amigo o si te gusta usar perfume de rosas, vestirte de rosa o usar aretes.

Lo único que está mal es seguir creyendo que debemos seguir siendo como nos enseñaron los antiguos. Pero dime tú: Si realmente tenían la razón… ¿por qué todo está tan mal allá afuera en el mundo que ellos construyeron?

No sé si algún día sabré lo que es ser un hombre, pero entre más reflexiono más llego a la conclusión de que tal vez serlo, es dejar de serlo… y claro: orinar de pie, no olvidemos nunca eso.

Doppelgänger

Venía escuchando música y reflexionando en el trono del elegante vive bus (la parte de atrás). Si son o han sido usuarios de tan hermoso transporte, sabrán que la parte trasera está más elevada que el resto de los asientos. Como sea, un chico que venía en la parte baja con los plebeyos, abrió su Spotify y se puso a cambiar de canciones. Quiero resaltar que no suelo mirar la pantalla de los móviles de otras personas (excepto si es para burlarme), pero en este caso lo hice, fue algo casual, no intencional, todo debido a mi obvia ventaja de posición elevada en el terreno.

Vaya mi sorpresa cuando en este acto casual, este individuo tenía una copia idéntica de mi lista de reproducción. Las mismas canciones arcanas y sin sentido, en aleatorio y sin congruencia entre los géneros:

Le salieron seguidas canciones del último álbum de Almanautas de Nach, canciones del álbum de acariciado mundo de Sharif, la canción de «Love» de la serie Don’t Hug me I’m Scared, incluso una canción de mi banda en latín favorita: Helium Vola. Sin mencionar que tenía una copia de la canción de Esperanto de Freundeskreis, Fell in Love with a Grirl, White Stripes; Don’t Sing, Data; The Hellcat Spangled Shalala, Arctic Monkeys; No Quiero Ser Un Poeta, Marea e In The Waiting Line, Zero 7.

Como podrán notar, esas canciones no son el tipo de canciones que tiene una persona común y corriente en sus listas, es una combinación selecta de años de experiencia y un más que obvio buen gusto. Me quedé impactado cuando dejó como canción final la de Military Fashion Show de And One.

Cualquier persona pensaría que es algo común y corriente, pero no, no es común y corriente, es una improbabilidad, algo que se sale de las gráficas y de todo lo conocido. Yo sé cuales son mis gustos y lo poco compartidos que son (exactamente) por otras personas, ya ni hablemos de todos juntos en una misma lista.

¿Han escuchado lo que es un doppelgänger?, es una palabra en alemán que se utiliza para definir a aquella persona que es una copia tuya, por lo general en un contexto biológico, algo así como un gemelo malvado, aunque varios autores también lo definen como una copia idéntica de tu personalidad o tus acciones. En este caso hablamos de mi gemelo malvado, aunque si nos ponemos honestos, tal vez era mi gemelo bueno. Para los que estén familiarizados con la literatura se les vendrá a la mente el cuento de William Wilson de Edgar Allan Poe y el apuñalamiento al espejo (aunque aquí el contexto es conciencia).

Como sea, cuenta un famoso autor que si ves a tu doppelgänger es presagio de que vas a morir, no es bueno ver a tu doppelgänger… Me sentí, no asustado, pero sí incómodo. No quise mirar a la persona a la cara cuando me bajé del camión. Cabe destacar que no se bajó conmigo, si lo hubiese hecho, no habría corrido, pero me temo que hubiese tenido que retarlo a unos chingazos a muerte. Solo puede haber una persona con esa lista de reproducción y soy yo, bueno; y mi amigo Beto, pero pues sé que es la mía.

¿A ustedes les ha pasado algo parecido?, díganme que sí.

Por cierto, hablando de doppelgänger, hay una canción que se llama así de un rapero español (que también está en mi lista), se las dejo para que se eduquen, perros:

Los médicos y la postura del aborto.

Me parecen interesantes las manifestaciones de los médicos en contra del aborto, todo esto como apología a la vida y los derechos que tienen los seres humanos en el momento en que se concibe la vida. Más interesante es que use como argumento el juramento hipocrático que hicieron al egresar de su formación profesional. Si analizamos a fondo este último recurso argumental, nos vamos a topar rápido con una contradicción en la lógica que se está utilizando (convención de Ginebra sobre este juramento):

«[…] No permitiré que entre mi deber y mi enfermo vengan a interponerse consideraciones de religión, de nacionalidad, de raza, partido o clase. Tendré absoluto respeto por la vida humana. Aun bajo amenazas, no admitiré utilizar mis conocimientos médicos contra las leyes de la humanidad

Aquí la parte clave es como se oponen dos ideas: El respeto por la vida humana y el conocimiento médico en contra de las leyes de la humanidad.

Lo siento mi estimado, pero las leyes de la humanidad son aquellas creadas por la humanidad misma, estas últimas están diciéndote que el aborto es legal, ergo, tu trabajo es practicarlo te guste o no te guste la idea. Más interesante es preguntarse: ¿La definición de «vida» es algo que puede ser regido por las leyes humanas?, eso es algo que nos podría llevar toda una vida contestar, esto por la sencilla razón de que no tenemos una definición de vida, el humano se ha chingado por años por hacerla, la ciencia tiene una concepción biológica-celular, la física tiene una más interesante que abarca los aspectos termodinámicos de la vida, así nos podemos llevar horas y al final no tendremos una respuesta.

De esta contradicción entre leyes, juramentos, aspectos éticos y morales debemos concluir dos cosas muy importantes:

Primero que nada: así como tú tuviste tu derecho de manifestarte a favor del aborto, debes entender que no todos las personas comparten tu postura moral ante esta problemática social. Así como tú crees en tu postura abrazándote de la «lógica» y de lo que de forma ciega crees que está «bien», de esa misma forma un médico está en su derecho de manifestarse y arraigarse con fuerza a sus creencias. Son humanos, tienen sus creencias y fe en sus posturas, debemos respetar y ver cómo el aspecto legal termina por destruirlos o sustituirlos (que eso es algo que ya está pasando). No se celebra que alguien pierda su empleo por defender en lo que cree, se siente pena y se lamenta el hecho de que el estado actual de la sociedad nos orille a despedir profesionales y que las peleas morales de toda la vida terminen arruinando la carrera profesional de gente que invirtió más de una década a sus estudios, las cosas como son. Andar feliz porque los médicos son despedidos es una actitud mezquina y es celebrar algo que a primera instancia jamás se buscó.

Segundo y ya más personal: no sé la razón por la cual a estas alturas del partido alguien desearía estar entre la espada y la pared. En los 80’s y 90’s los médicos fueron la profesión más loada por las masas. Tenían un alto estatus económico y social, este respeto fue algo que se vino heredando desde una época en la que parecía que estar vivo y sano es lo único que importaba, pero no, las cosas han cambiado, hoy la vida individual es una de las cosas más sobrevaloradas que existen, te podrá parecer radical la idea, pero mira a tu alrededor.

Hay profesiones más interesantes y que requieren más cabeza, esas profesiones hoy están luchando para salvar no una o dos vidas, sino a toda la humanidad.

Está la gente de biotecnología luchando día a día en laboratorios en técnicas genéticas en plantas que puedan mitigar la alta demanda de alimentos que sigue en aumento. Gente luchando ante la inminente aparición de las súper infecciones con la creación de nuevos fármacos. Gente en cuántica y materiales buscando como subir ese maldito 15% de eficiencia que tienen los paneles solares. Gente de química buscando procesos limpios, cómo tratar plásticos, limpiar mares y nuevas formas de transformar la materia en productos de valor agregado.

Todo esta escena de la gente matándose por una nimiedad como el aborto ocurre mientras gobiernos y centros de investigación luchan contra la inteligencia artificial que ha llegado para comerse a todos los que no saben nada del tema y declararse como el nuevo enemigo número uno de la humanidad, dejando en segundo lugar al humano mismo (alguien que había estado invicto en toda la historia).

Hoy tu opinión del aborto poco le importa al gobierno, lo que importa hoy es que mañana esa postura será usada en tu contra porque un algoritmo pondrá a tu nuevo presidente gracias a que tu postura y creencias han alimentado a la maquina para decidir el futuro a base de hacerte creer que estás tomando la mejor decisión. Gobiernos siendo espiados al por mayor por las tecnologías de los chinos y en USA las elecciones siendo manipuladas por algoritmos matemáticos de gerrymandering.

Cada vez son más las cosas que pueden acabar con la puta humanidad y cada vez son más las personas que pelean a oscuras para intentar hacer algo al respecto. ¿Y tú?, todo el puto día hablando del aborto, tu metiéndote a medicina para terminar en una profesión que ya ni es bien pagada y que sólo te deja como blanco moral en un tema estúpido, un tema estúpido de los muchos que habrán en los próximos años.

Que triste debe ser levantarse todos los días para hablar de los mismos aburridos temas, no sé qué se sienta, pero debe doler mucho tener una cabeza tan pequeña. ¿O no les duele?, supongo que no, por allí leí alguna vez que es una felicidad muy grata el vivir siendo un completo pendejo.

En fin… Estudien, abran sus cabezas y no sean como los demás, hay cosas más importantes que levantarse todos los días a hablar de las mismas tonterías.

Querido diario: Yo y la cruda realidad

Querido diario, tú sabes que toda la vida me había jactado de ser inmune a la cruda (resaca), veía como mis amigos sufrían, tomaban electrólitos, vomitaban y pudiese jurar que después de nuestras épicas y promiscuas fiestas universitarias, al día siguiente más de uno podía terminar sin problemas en algún coma o estado terminal. Siempre creí que después de alguna fiesta alguno se me iba a morir debido a la cruda. En lo personal, yo me sentía bendecido. Cualquiera cambiaría su vergota o sus privilegios sociales sólo por tener el don que Dios me regaló. Pero como siempre, cuando todo iba relativamente bien, de la nada… todo empezó a ir relativamente mal.

He sufrido hasta la fecha (con la del día de hoy) cinco resacas. Cada una es peor que la anterior, y las últimas tres han sido en las últimas tres semanas. Un deporte sano como lo es el beber, se ha vuelto como jugar a la ruleta rusa, entre más me empino mi caguama más aumento las probabilidades de que al día siguiente considere seriamente acabar con mi vida y terminar con el sufrimiento que conlleva una resaca.

Dicen que el dolor es relativo, si mis amigos con sus cerebros pequeños sufren, ¿cómo crees que es mi dolor en un cerebro enorme, jugoso y sexy?, es el infierno en la tierra. No estoy hecho para sufrir resacas. Mis amigos tienen callo, saben sobrellevarla, ellos se forjaron en el dolor e incluso cuenta la leyenda que con una determinada combinación de bebidas y comidas picantes aprendieron a curarla, ¿pero yo?, yo soy virgen.

Imagina una persona que nunca ha sufrido dolor, luego de un día para el otro tiene que levantarse a las 4:50 de la mañana porque su cerebro toma la decisión de que es mejor sufrir despierto que hacerlo dormido. Muy inteligente el imbécil hijo de puta…

Corro rápido al baño y vomito ácido gástrico y carta blanca. Vuelvo a la cama y el dolor punzante no me permite volver a conciliar el sueño. Miro el reloj y veo que avanza lento, es mi ritmo circadiano que está cobrando venganza por pasar de una vida nocturna a una diurna.

Recuerdo que la gente con dolor de muelas duerme sentada para así reducir la irrigación a la zona afectada y reducir el dolor, intento dormir sentado. Pero mi cerebro es un hijo de puta, sabe que la irrigación a la cabeza no puede reducirse en demasía pues induciría un desmayo para prevenir una posible hipoxia cerebral, el cerebro sí es inteligente después de todo. Pero me duele la cabeza, sus conocimientos en fisiología poco me ayudan en ese momento.

¿Y si reduzco mi oxígeno?, comienzo a aguantar la respiración para ver si logro desmayarme, no lo consigo, mis pulmones de fumador social salen a delatarme. No puedo soportar una resaca, mucho menos tengo los huevos para contener la respiración. Me quito la playera y comienzo a estrangularme, rezo para que mi madre no entre al cuarto y piense que estoy practicando asfixia erótica. Tampoco tengo los huevos de ahorcarme. Se me viene el estómago a la boca, me la tapo con fuerza y corro al baño para volver a vomitar, fueron cuatro caguamas, no fue un barril, no fue una botella, fueron sólo cuatro caguamas. ¿Por qué me está castigando mi cuerpo de esta manera?

Tal vez mi cerebro está intentando decirme algo, ¿es algún tipo de enseñanza abstracta?, ¿debería dejar de tomar agua?, ¿debería dejar de comer sano?, ¿debería dejar de ser tan disciplinado con mi ingesta diaria de Omega-3?

Tal vez sólo me intenta enseñar que debo dejar la bebida, pero no lo haré. Me lo merezco, lo tengo consentido: Lo alimento sanamente, le doy de leer 12 horas al día, le enseñé ingeniería química, le enseñé a programar, literatura, historia y le enseñé matemáticas, ese hijo de puta no puede venir a estas alturas del partido a decir que ya no quiere alcohol, no se lo voy a permitir.

Prefiero causarme daño cerebral antes que dejar de tomar, prefiero vomitar tan fuerte que se me salga el culo por la boca antes de dejar de tomar. No pienso negociar con este maldito terrorista, sé de lo que es capaz y sé sus técnicas de manipulación, he vivido toda una miserable vida a su lado, le conozco cada uno de sus trucos.

Hago público este manifiesto de odio y el fin de la paz armada en la que hemos vivido todos estos años, si mi cerebro se cree mejor que yo, debo decirle que está muy equivocado, que no sea crea un culo, si ya sabe que es mi pinche perro.

No sé si podré ganar esta pelea, pero moriré intentándolo. Si muero, quiero que sepan quién fue mi asesino, quién es la mente maestra detrás de mi muerte, quiero evidenciar a este maldito cretino.

Con permiso, iré a inhalar pegamento sólo para dañarlo y que sepa que voy muy en serio. Esto no es una apología a las drogas, esto es la apoteosis de una vida de enemistad, el fin de la paz, el inicio de la guerra.

Nos vemos…

Rumbo a los cien años de Asimov [25]: Lyon Sprague de Camp

Lyon Sprague de Camp nació en 1907, el mismo año en que vio la luz Robert Heinlein. Es alto y guapo, se mantiene erguido y tiene una preciosa voz de barítono (aunque es incapaz de cantar una sola nota). Cuando le vi por primera vez llevaba un cuidado bigote y en los años posteriores le añadió una barba perfectamente recortada. Hay algo muy británico en su apariencia.

De toda la gente que conozco es el que menos ha cambiado de aspecto. Le conocí cuando tenía treinta y dos años. En la actualidad, cincuenta años después, se le reconoce enseguida con facilidad: un poco menos de pelo, la barba un poco más gris, pero el mismo L. S. de Camp. Otros han cambiado tanto que si los pusiera junto a una foto suya de cuando eran jóvenes, no parecerían los mismos.

Parece formidable y reservado, pero él no es así. Es (aunque parezca increíble) tímido. Yo creo que por ese motivo nos llevamos tan bien, porque en mi presencia nadie puede ser tímido; no lo permito. Conmigo, se puede relajar. De cualquier manera, siento por él un profundo afecto. Desde el principio, cuando nos conocimos en la oficina de Campbell en 1939 y yo era un principiante de diecinueve años y él ya era un escritor consagrado, me trató con respeto y se ganó mi corazón. Y desde entonces siempre nos hemos mantenido en contacto aunque estuviéramos en ciudades diferentes.

Siempre he sentido demasiado temor y respeto como para llamar a John Campbell por su nombre de pila, y he sido lo bastante distante con Heinlein como para hacerlo con él. Pero De Camp, para mí, es, ha sido y siempre será «Sprague». Lleva casado con su mujer, Catherine, más de cincuenta años (cuando lo conocí estaba recién casado). Esta nació el mismo año que él y ha conservado exactamente su buen aspecto de siempre. De apariencia eternamente joven, ambos llevan una vida muy ocupada escribiendo y viajando.

Sprague tuvo problemas para ganarse la vida durante la Depresión (¿no los tuvimos todos?) y en 1937 se dedicó a la literatura de ciencia ficción. Su primer relato, The Isolinguals, apareció en septiembre de 1937 en ASF. Esto era en los días anteriores a Campbell, y cuando este asumió el liderazgo, introdujo tales cambios en el género que muchos autores, muy conocidos antes de Campbell, no fueron capaces de realizar la transición y se quedaron en la cuneta. (Fue como la carnicería que se produjo entre las estrellas del cine mudo cuando llegaron las películas sonoras). No obstante, Sprague aguantó sin dificultad.

Es uno de esos escritores de ciencia ficción que domina la ficción y la no ficción con igual facilidad. Ha escrito muchos libros sobre aspectos poco importantes de la ciencia y siempre ha mantenido la lógica más estricta al hacerlo. También ha escrito obras estupendas de fantasía y novelas históricas excelentes.

Heinlein, Sprague y yo estuvimos juntos en la Naval Air Experimental Station durante la Segunda Guerra Mundial. Al empezar, éramos todos civiles. A Heinlein no se le permitió alcanzar rango de oficial y yo me negué en redondo a llevar galones. Pero Sprague lo intentó y pronto llegó a ser teniente de navío. Antes de que terminara la guerra había ascendido a capitán de corbeta, aunque sus obligaciones le mantuvieron detrás de una mesa en la NAES.

Ahora voy a repetir una historia que ya he contado antes: Por razones de seguridad, todos teníamos que llevar tarjetas de identificación cuando entrábamos en el área de la NAES. Si nos la olvidábamos, nos trataban con cierto desprecio, nos daban una tarjeta temporal y nos descontaban una hora de paga. En nuestros primeros días allí, Sprague y yo íbamos a menudo a trabajar juntos, y una vez, cuando llegamos los dos a la puerta, se tocó la solapa de la chaqueta y dijo:

—¡He olvidado mi tarjeta!

Para él esto era importante, ya que un incidente de este tipo en su historial podría entorpecer sus aspiraciones de convertirse en un oficial. Así que me quité mi tarjeta y le dije:

—Sprague, coge esta y póntela. Nadie la va a mirar y podrás pasar. Me la devuelves al salir de trabajar.

—Pero ¿qué vas a hacer tú? —me preguntó.

—Me ganaré una bronca, pero estoy acostumbrado.

—Vale más tener un buen corazón que una medalla —murmuró Sprague con voz ronca.

Desde entonces, Sprague nunca ha dejado de cantar mis alabanzas, de palabra y por escrito, aunque afirma que no recuerda el incidente. Me gusta pensar que mi gesto estuvo motivado por mi cariño sincero con Sprague, pero si fuera un auténtico cínico con el don de la previsión, podría haberlo considerado como una buena inversión.

Después de la Segunda Guerra Mundial, Sprague se quedó en Filadelfia y yo volví a Nueva York. Asistí a la celebración de su ochenta cumpleaños el 27 de noviembre de 1987. En 1989, Sprague y Catherine se trasladaron a Tejas para disfrutar de un clima más templado y para estar más cerca de sus dos hijos, Lyman y Gerard. No importa. Hablamos por teléfono ayer por la noche.

Mi hermana y el feminismo

Hace unos años mi hermana llegó corriendo a la casa, llorando y temblando. Al parecer un imbécil la había agarrado del brazo y se la quería llevar, ella logró soltarse y corrió desde la avenida tecnológico hasta la casa (algo así como cuatro cuadras), mi abuela salió al porche y vio como un tipo se le quedaba viendo a la casa y se alejaba.

Muchas personas podrán minimizar lo que sufrió mi hermana, total, no la violaron, no la mataron y no pasó a mayores. Yo también creí lo mismo en su momento, también cometí el error de minimizar algo como eso: «Me alegro que no haya pasado a mayores», pensé. Pero esa actitud también es un error y me tomó mucho tiempo darme cuenta de ello…

Dos años más tarde yo volvía de un entrenamiento de box pues tenía una pelea en la semana internacional de química que se celebraba en mi facultad, apenas entré a la casa mi hermana estaba, al parecer, esperándome:

– Oye, ¿me puedes hacer un favor? – me preguntó.
– Sí.
– ¿Me puedes acompañar a la estación del bus?, te compro unas caguamas.

Iba en silencio caminando a su lado, con un nudo en la garganta, casi dos años después de lo sucedido y ver los ojos de mi hermana me enseñaron mi error. Lo que le pasó a mi hermana le dejó un miedo que en su momento yo jamás pude entender por mi posición de privilegio, un privilegio de género que también conlleva mucha ignorancia. Ella estuvo dos años viviendo en un miedo subrepticio por ser mujer, un miedo que yo jamás pude entender dentro de mi nimia concepción de una realidad que está allí afuera y que debe ser cambiada.

Mi hermana había quedado traumatizada por lo sucedido. Estoy seguro que sintió impotencia y frustración, de forma inconsciente el verme entrenando box le hizo pensar que yo podía ser su protector, se protegió conmigo de una forma silenciosa, sin hacer manifiesto de lo que pasaba por su cabeza o lo que sentía.

Esto me dejó pensando mucho tiempo, y aunque no puedo cambiar el pasado, me hizo entender muchas de las cosas que estoy seguro han pasado miles de mujeres.

Crecí en un seno familiar rodeado de tres de ellas, soy el único hombre en una familia de cuatro, las tres me enseñaron las tres fases de la mujer: Mi hermana me enseñó cómo es una mujer de la cuna a la juventud, mi madre me enseñó cómo es una mujer de la juventud a la edad adulta; y mi abuela me está enseñando cómo es una mujer de la edad adulta a la tumba.

A pesar de eso, no me considero «feminista», nunca me ha gustado etiquetarme a mí mismo como alguien militante de algún movimiento. Sin embargo, entiendo la causa, entiendo lo que piensan y lo que sienten. Tal vez no conozco todos los casos, pero conocer el de mi hermana es suficiente, sé que puede ser igual o peor.

No me gusta ver que contactos y amigos minimicen el movimiento o lo tachen de ser radical en estos días. Es obvio que hay mujeres que lo hacen bien, otras que lo hacen mal, hombres que apoyan de buena forma, hombres que apoyan de la incorrecta, de todo hay en la viña del señor.

Mi carrera en química me enseñó a hacer balances de materia, energía y económicos. Veo el mundo en función de balances y la recuperación de lo que se invierte. Si no entiendes el movimiento míralo en estos términos:

No importa si son mil pesos o un millón de ellos lo que costará reparar estatuas, paredes y la propiedad pública en general. Si esa es la inversión que se tiene que hacer para que mi hermana no vuelva a sentir miedo, creo que vale la pena. Si a ti no te interesa mi hermana, entonces míralo como una inversión para que tu madre, tu hija, tu novia o tu esposa no tengan que pasar lo mismo que mi hermana o lo que han pasado miles de mujeres allá afuera, sencillamente para que ninguna mujer vuelva a sufrir miedo.

Respetar a las mujeres y sus ideologías no te hará menos hombre. Debemos de agradecer que a pesar de los abusos, ellas han optado por buscar justicia y no venganza, porque de lo contrario, esto sería mucho peor.

Esperemos y no tenga que llegar ese día: un martes cualquiera a las 3:45 de la tarde, un día en que recibes una llamada y te dicen que tu madre, tu hermana o tu novia ya no podrán volver a casa.

Ese día te darás cuenta y aprenderás del error como yo lo aprendí al mirar el miedo en los ojos de mi hermana. La diferencia es que tú ya no tendrás unos ojos que mirar.

Mejor aprendamos el día de hoy, para que no sea el mañana el que nos enseñe.

Eso, lamentablemente, es todo lo que tengo que decir y lo último que diré sobre el tema. Tal vez no esté allá afuera acompañando el movimiento, pero las acompaño en pensamiento y corazón.

Quiero creer que estas palabras llegarán a más de uno y lograrán hacerlos reflexionar sobre lo que está sucediendo y lo que se intenta lograr.

Rumbo a los cien años de Asimov [24]: Robert Anson Heinlein.

En mis primeros dos años con John Campbell, conocí a una serie de personas que con el tiempo se convertirían en estrellas de primera magnitud de la ciencia ficción. Las amistades creadas de esta manera, como todas las que hice dentro de la comunidad de la ciencia ficción, duraron toda la vida.

El motivo es que todos nos sentíamos parte de un minúsculo grupo denostado y calumniado por la gran mayoría, que no llegaba a comprendernos. Así que nos unimos en busca de seguridad y calor y formamos una hermandad que nunca falló. Tampoco nos convirtió en enemigos la competencia por las ventas. Se podía ganar tan poco dinero en el campo de la ciencia ficción que no valía la pena competir por ello. En realidad escribíamos por amor al arte. En la actualidad me temo que es diferente. El número de escritores de ciencia ficción se ha multiplicado por diez desde 1939 y las cantidades de dinero que se obtienen en concepto de adelantos, ventas de películas, etc., a veces son astronómicas. Me parece que en estas condiciones el viejo sentimiento de hermandad no puede existir.

En algunos aspectos, mi amigo más importante fue Robert Anson Heinlein. Era un hombre muy guapo, con un bigote perfectamente recortado, una sonrisa amable y tan cortés que siempre me hacía sentir especialmente tosco cuando estaba con él. Yo hacía el papel de campesino y él, de aristócrata. Heinlein había servido en la marina de Estados Unidos, pero en 1934 fue licenciado por invalidez debido a su tuberculosis. En 1939, cuando tenía treinta y dos años (un poco tarde para un escritor), se dedicó a la ciencia ficción y su primer relato, Lifeline (ASF, agosto de 1939), se publicó un mes después de uno mío titulado Trends. Desde el momento de su aparición, el mundo de la ciencia ficción, atónito, lo aceptó como su mejor escritor, y mantuvo este privilegio durante toda su vida. Desde luego, yo estaba impresionado. Fui de los primeros en escribir cartas de elogio para él en las revistas.

De inmediato se convirtió en el pilar principal de ASF y él y Campbell se hicieron amigos íntimos, aunque parece que Heinlein impuso para esa amistad la condición de que Campbell nunca rechazara ninguna de sus narraciones. Heinlein jamás superó su licenciamiento de la marina. Al conocer la noticia de Pearl Harbor, intentó alistarse, pero le rechazaron. Por tanto, se trasladó al Este para poder ayudar en su condición de civil. Se las arregló para situarse en la Naval Air Experimental Station (NAES) y buscó a otros científicos e ingenieros brillantes que pudieran unirse a él. Reclutó a Sprague de Camp (del que hablaré extensamente más adelante) y también a mí me ofreció un trabajo. Al final, después de muchas dudas, que describiré más tarde, acepté.

Mi amistad con Heinlein, dicho sea de paso, no mantuvo el mismo curso uniforme y sin altibajos que siguieron todas mis relaciones de la ciencia ficción. Que esto iba a ser así se vio de inmediato en cuanto trabajamos juntos en la NAES. Nunca discutí abiertamente con él (trato de no hacerlo con nadie) y nunca le volví la espalda. Hasta que Heinlein murió, no dejamos de saludarnos calurosamente siempre que nos encontramos.

Sin embargo, en nuestra amistad ha habido una cierta reserva. Heinlein no era un individuo complaciente y tolerante como los demás escritores de ciencia ficción que conocía y que me gustaban. No era partidario del vivir y deja vivir. Tenía el convencimiento de que él sabía más y se empeñaba en enseñarte para que estuvieras de acuerdo con él. Campbell hacía lo mismo, pero a este no le preocupaba que al final siguieras estando en desacuerdo con él, mientras que Heinlein, en semejantes circunstancias, se volvía hostil. No me llevo bien con la gente que está convencida de que sabe más que yo y que me acosa por eso, así que empecé a evitarle.

Además, aunque durante la guerra fue un liberal convencido, nada más finalizar esta se convirtió en un conservador reaccionario e inamovible. Eso sucedió en el mismo momento en que sustituyó a una esposa liberal, Leslyn, por otra conservadora y reaccionaria, Virginia. Ronald Reagan hizo lo mismo cuando cambió a su mujer, Jane Wyman, liberal, por Nancy, ultra conservadora, pero siempre he pensado que Ronald Reagan es un descerebrado que repite las opiniones de cualquiera que esté cerca de él.

No puedo explicar el caso de Heinlein de la misma manera, ya que no creo que siga las opiniones de sus esposas a ciegas. Solía pensar en ello perplejo (por supuesto, nunca se me habría ocurrido preguntar a Heinlein; estoy seguro de que no me hubiera respondido, y habría demostrado la mayor hostilidad), y llegué a una conclusión: nunca me casaría con alguien que no estuviera de acuerdo, en términos generales, con mis opiniones políticas, sociales y filosóficas.

Casarse con alguien con opiniones completamente diferentes sobre estos principios básicos supondría buscarse una existencia llena de discusiones y controversias, o bien (cosa en cierto modo peor) llegar al acuerdo tácito de no discutir nunca de estos temas. Pero no creo que haya ninguna posibilidad de llegar a un acuerdo. Desde luego yo no mudaría de opinión sólo por mantener la paz del hogar y no querría una mujer tan poco firme en sus convicciones que fuera capaz de hacerlo. No, yo quería una esposa compatible con mis ideas, y debo decir que esto ha sido así en el caso de mis dos mujeres.

Otra cuestión acerca de Heinlein es que no era de esos escritores que, tras encontrar un estilo determinado, siguen siendo fieles a él durante toda su vida, a pesa de que las modas cambien. Ya he dicho que E. E. Smith era de esos y debo admitir que yo también. Las novelas que he escrito últimamente son del mismo tipo de las que escribí en los años cincuenta. (Muchos críticos me han censurado por ello, pero les haré caso el día que el cielo se desplome sobre nuestras cabezas). Heinlein intentó evolucionar con los tiempos, así que sus últimas novelas no desentonaron por lo que se refiere a las modas literarias posteriores a los sesenta. Digo que «intentó» porque pienso que no lo logró. No soy quién para juzgar la obra de otros escritores (ni siquiera la mía) y no me gusta hacer afirmaciones subjetivas sobre ellos, pero me veo obligado a admitir que siempre deseé que Heinlein hubiera mantenido el estilo de relatos como Solution Unsatisfactory (ASF, octubre de 1941), que escribió bajo el seudónimo de Anson McDonald, y de novelas como Double Star (Estrella doble), publicada en 1956, que para mí es su mejor obra.

Destacó también más allá del mundo limitado de las revistas de ciencia ficción. Fue el primero de nuestro grupo en abrirse paso en las revistas «satinadas», al publicar The Green Hills of Earth en The Saturday Evening Post. Durante algún tiempo le tuve bastante envidia, hasta que me convencí de que él estaba llevando adelante la causa de la ciencia ficción y facilitándonos el camino a todos los demás. Heinlein estuvo también metido en una de las primeras películas que intentaban ser al mismo tiempo inteligentes y de ciencia ficción: Con destino a la luna. Cuando los Escritores de Ciencia Ficción de América empezaron a entregar sus premios Gran Maestro en 1975, Heinlein recibió el primero por aclamación general.

Murió el 8 de mayo de 1988 a la edad de ochenta años. Su fallecimiento fue muy sentido incluso en ámbitos ajenos a la ciencia ficción. Se mantuvo firme en el primer puesto como el más grande escritor de este género. En 1989, se publicó a título póstumo su libro Grumbles from the Grave. Se trata de un epistolario formado por cartas que escribió a los directores y, sobre todo, a su agente. Lo leí y negué con la cabeza, deseé que no se hubiese publicado, ya que Heinlein (al menos me lo parecía a mí) revelaba en esas cartas una mezquindad de espíritu que había visto en él en la época de la NAES y que no debió ser revelada al público en general.


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