Querido diario: Yo y la cruda realidad

Querido diario, tú sabes que toda la vida me había jactado de ser inmune a la cruda (resaca), veía como mis amigos sufrían, tomaban electrólitos, vomitaban y pudiese jurar que después de nuestras épicas y promiscuas fiestas universitarias, al día siguiente más de uno podía terminar sin problemas en algún coma o estado terminal. Siempre creí que después de alguna fiesta alguno se me iba a morir debido a la cruda. En lo personal, yo me sentía bendecido. Cualquiera cambiaría su vergota o sus privilegios sociales sólo por tener el don que Dios me regaló. Pero como siempre, cuando todo iba relativamente bien, de la nada… todo empezó a ir relativamente mal.

He sufrido hasta la fecha (con la del día de hoy) cinco resacas. Cada una es peor que la anterior, y las últimas tres han sido en las últimas tres semanas. Un deporte sano como lo es el beber, se ha vuelto como jugar a la ruleta rusa, entre más me empino mi caguama más aumento las probabilidades de que al día siguiente considere seriamente acabar con mi vida y terminar con el sufrimiento que conlleva una resaca.

Dicen que el dolor es relativo, si mis amigos con sus cerebros pequeños sufren, ¿cómo crees que es mi dolor en un cerebro enorme, jugoso y sexy?, es el infierno en la tierra. No estoy hecho para sufrir resacas. Mis amigos tienen callo, saben sobrellevarla, ellos se forjaron en el dolor e incluso cuenta la leyenda que con una determinada combinación de bebidas y comidas picantes aprendieron a curarla, ¿pero yo?, yo soy virgen.

Imagina una persona que nunca ha sufrido dolor, luego de un día para el otro tiene que levantarse a las 4:50 de la mañana porque su cerebro toma la decisión de que es mejor sufrir despierto que hacerlo dormido. Muy inteligente el imbécil hijo de puta…

Corro rápido al baño y vomito ácido gástrico y carta blanca. Vuelvo a la cama y el dolor punzante no me permite volver a conciliar el sueño. Miro el reloj y veo que avanza lento, es mi ritmo circadiano que está cobrando venganza por pasar de una vida nocturna a una diurna.

Recuerdo que la gente con dolor de muelas duerme sentada para así reducir la irrigación a la zona afectada y reducir el dolor, intento dormir sentado. Pero mi cerebro es un hijo de puta, sabe que la irrigación a la cabeza no puede reducirse en demasía pues induciría un desmayo para prevenir una posible hipoxia cerebral, el cerebro sí es inteligente después de todo. Pero me duele la cabeza, sus conocimientos en fisiología poco me ayudan en ese momento.

¿Y si reduzco mi oxígeno?, comienzo a aguantar la respiración para ver si logro desmayarme, no lo consigo, mis pulmones de fumador social salen a delatarme. No puedo soportar una resaca, mucho menos tengo los huevos para contener la respiración. Me quito la playera y comienzo a estrangularme, rezo para que mi madre no entre al cuarto y piense que estoy practicando asfixia erótica. Tampoco tengo los huevos de ahorcarme. Se me viene el estómago a la boca, me la tapo con fuerza y corro al baño para volver a vomitar, fueron cuatro caguamas, no fue un barril, no fue una botella, fueron sólo cuatro caguamas. ¿Por qué me está castigando mi cuerpo de esta manera?

Tal vez mi cerebro está intentando decirme algo, ¿es algún tipo de enseñanza abstracta?, ¿debería dejar de tomar agua?, ¿debería dejar de comer sano?, ¿debería dejar de ser tan disciplinado con mi ingesta diaria de Omega-3?

Tal vez sólo me intenta enseñar que debo dejar la bebida, pero no lo haré. Me lo merezco, lo tengo consentido: Lo alimento sanamente, le doy de leer 12 horas al día, le enseñé ingeniería química, le enseñé a programar, literatura, historia y le enseñé matemáticas, ese hijo de puta no puede venir a estas alturas del partido a decir que ya no quiere alcohol, no se lo voy a permitir.

Prefiero causarme daño cerebral antes que dejar de tomar, prefiero vomitar tan fuerte que se me salga el culo por la boca antes de dejar de tomar. No pienso negociar con este maldito terrorista, sé de lo que es capaz y sé sus técnicas de manipulación, he vivido toda una miserable vida a su lado, le conozco cada uno de sus trucos.

Hago público este manifiesto de odio y el fin de la paz armada en la que hemos vivido todos estos años, si mi cerebro se cree mejor que yo, debo decirle que está muy equivocado, que no sea crea un culo, si ya sabe que es mi pinche perro.

No sé si podré ganar esta pelea, pero moriré intentándolo. Si muero, quiero que sepan quién fue mi asesino, quién es la mente maestra detrás de mi muerte, quiero evidenciar a este maldito cretino.

Con permiso, iré a inhalar pegamento sólo para dañarlo y que sepa que voy muy en serio. Esto no es una apología a las drogas, esto es la apoteosis de una vida de enemistad, el fin de la paz, el inicio de la guerra.

Nos vemos…

Rumbo a los cien años de Asimov [25]: Lyon Sprague de Camp

Lyon Sprague de Camp nació en 1907, el mismo año en que vio la luz Robert Heinlein. Es alto y guapo, se mantiene erguido y tiene una preciosa voz de barítono (aunque es incapaz de cantar una sola nota). Cuando le vi por primera vez llevaba un cuidado bigote y en los años posteriores le añadió una barba perfectamente recortada. Hay algo muy británico en su apariencia.

De toda la gente que conozco es el que menos ha cambiado de aspecto. Le conocí cuando tenía treinta y dos años. En la actualidad, cincuenta años después, se le reconoce enseguida con facilidad: un poco menos de pelo, la barba un poco más gris, pero el mismo L. S. de Camp. Otros han cambiado tanto que si los pusiera junto a una foto suya de cuando eran jóvenes, no parecerían los mismos.

Parece formidable y reservado, pero él no es así. Es (aunque parezca increíble) tímido. Yo creo que por ese motivo nos llevamos tan bien, porque en mi presencia nadie puede ser tímido; no lo permito. Conmigo, se puede relajar. De cualquier manera, siento por él un profundo afecto. Desde el principio, cuando nos conocimos en la oficina de Campbell en 1939 y yo era un principiante de diecinueve años y él ya era un escritor consagrado, me trató con respeto y se ganó mi corazón. Y desde entonces siempre nos hemos mantenido en contacto aunque estuviéramos en ciudades diferentes.

Siempre he sentido demasiado temor y respeto como para llamar a John Campbell por su nombre de pila, y he sido lo bastante distante con Heinlein como para hacerlo con él. Pero De Camp, para mí, es, ha sido y siempre será «Sprague». Lleva casado con su mujer, Catherine, más de cincuenta años (cuando lo conocí estaba recién casado). Esta nació el mismo año que él y ha conservado exactamente su buen aspecto de siempre. De apariencia eternamente joven, ambos llevan una vida muy ocupada escribiendo y viajando.

Sprague tuvo problemas para ganarse la vida durante la Depresión (¿no los tuvimos todos?) y en 1937 se dedicó a la literatura de ciencia ficción. Su primer relato, The Isolinguals, apareció en septiembre de 1937 en ASF. Esto era en los días anteriores a Campbell, y cuando este asumió el liderazgo, introdujo tales cambios en el género que muchos autores, muy conocidos antes de Campbell, no fueron capaces de realizar la transición y se quedaron en la cuneta. (Fue como la carnicería que se produjo entre las estrellas del cine mudo cuando llegaron las películas sonoras). No obstante, Sprague aguantó sin dificultad.

Es uno de esos escritores de ciencia ficción que domina la ficción y la no ficción con igual facilidad. Ha escrito muchos libros sobre aspectos poco importantes de la ciencia y siempre ha mantenido la lógica más estricta al hacerlo. También ha escrito obras estupendas de fantasía y novelas históricas excelentes.

Heinlein, Sprague y yo estuvimos juntos en la Naval Air Experimental Station durante la Segunda Guerra Mundial. Al empezar, éramos todos civiles. A Heinlein no se le permitió alcanzar rango de oficial y yo me negué en redondo a llevar galones. Pero Sprague lo intentó y pronto llegó a ser teniente de navío. Antes de que terminara la guerra había ascendido a capitán de corbeta, aunque sus obligaciones le mantuvieron detrás de una mesa en la NAES.

Ahora voy a repetir una historia que ya he contado antes: Por razones de seguridad, todos teníamos que llevar tarjetas de identificación cuando entrábamos en el área de la NAES. Si nos la olvidábamos, nos trataban con cierto desprecio, nos daban una tarjeta temporal y nos descontaban una hora de paga. En nuestros primeros días allí, Sprague y yo íbamos a menudo a trabajar juntos, y una vez, cuando llegamos los dos a la puerta, se tocó la solapa de la chaqueta y dijo:

—¡He olvidado mi tarjeta!

Para él esto era importante, ya que un incidente de este tipo en su historial podría entorpecer sus aspiraciones de convertirse en un oficial. Así que me quité mi tarjeta y le dije:

—Sprague, coge esta y póntela. Nadie la va a mirar y podrás pasar. Me la devuelves al salir de trabajar.

—Pero ¿qué vas a hacer tú? —me preguntó.

—Me ganaré una bronca, pero estoy acostumbrado.

—Vale más tener un buen corazón que una medalla —murmuró Sprague con voz ronca.

Desde entonces, Sprague nunca ha dejado de cantar mis alabanzas, de palabra y por escrito, aunque afirma que no recuerda el incidente. Me gusta pensar que mi gesto estuvo motivado por mi cariño sincero con Sprague, pero si fuera un auténtico cínico con el don de la previsión, podría haberlo considerado como una buena inversión.

Después de la Segunda Guerra Mundial, Sprague se quedó en Filadelfia y yo volví a Nueva York. Asistí a la celebración de su ochenta cumpleaños el 27 de noviembre de 1987. En 1989, Sprague y Catherine se trasladaron a Tejas para disfrutar de un clima más templado y para estar más cerca de sus dos hijos, Lyman y Gerard. No importa. Hablamos por teléfono ayer por la noche.

Mi hermana y el feminismo

Hace unos años mi hermana llegó corriendo a la casa, llorando y temblando. Al parecer un imbécil la había agarrado del brazo y se la quería llevar, ella logró soltarse y corrió desde la avenida tecnológico hasta la casa (algo así como cuatro cuadras), mi abuela salió al porche y vio como un tipo se le quedaba viendo a la casa y se alejaba.

Muchas personas podrán minimizar lo que sufrió mi hermana, total, no la violaron, no la mataron y no pasó a mayores. Yo también creí lo mismo en su momento, también cometí el error de minimizar algo como eso: «Me alegro que no haya pasado a mayores», pensé. Pero esa actitud también es un error y me tomó mucho tiempo darme cuenta de ello…

Dos años más tarde yo volvía de un entrenamiento de box pues tenía una pelea en la semana internacional de química que se celebraba en mi facultad, apenas entré a la casa mi hermana estaba, al parecer, esperándome:

– Oye, ¿me puedes hacer un favor? – me preguntó.
– Sí.
– ¿Me puedes acompañar a la estación del bus?, te compro unas caguamas.

Iba en silencio caminando a su lado, con un nudo en la garganta, casi dos años después de lo sucedido y ver los ojos de mi hermana me enseñaron mi error. Lo que le pasó a mi hermana le dejó un miedo que en su momento yo jamás pude entender por mi posición de privilegio, un privilegio de género que también conlleva mucha ignorancia. Ella estuvo dos años viviendo en un miedo subrepticio por ser mujer, un miedo que yo jamás pude entender dentro de mi nimia concepción de una realidad que está allí afuera y que debe ser cambiada.

Mi hermana había quedado traumatizada por lo sucedido. Estoy seguro que sintió impotencia y frustración, de forma inconsciente el verme entrenando box le hizo pensar que yo podía ser su protector, se protegió conmigo de una forma silenciosa, sin hacer manifiesto de lo que pasaba por su cabeza o lo que sentía.

Esto me dejó pensando mucho tiempo, y aunque no puedo cambiar el pasado, me hizo entender muchas de las cosas que estoy seguro han pasado miles de mujeres.

Crecí en un seno familiar rodeado de tres de ellas, soy el único hombre en una familia de cuatro, las tres me enseñaron las tres fases de la mujer: Mi hermana me enseñó cómo es una mujer de la cuna a la juventud, mi madre me enseñó cómo es una mujer de la juventud a la edad adulta; y mi abuela me está enseñando cómo es una mujer de la edad adulta a la tumba.

A pesar de eso, no me considero «feminista», nunca me ha gustado etiquetarme a mí mismo como alguien militante de algún movimiento. Sin embargo, entiendo la causa, entiendo lo que piensan y lo que sienten. Tal vez no conozco todos los casos, pero conocer el de mi hermana es suficiente, sé que puede ser igual o peor.

No me gusta ver que contactos y amigos minimicen el movimiento o lo tachen de ser radical en estos días. Es obvio que hay mujeres que lo hacen bien, otras que lo hacen mal, hombres que apoyan de buena forma, hombres que apoyan de la incorrecta, de todo hay en la viña del señor.

Mi carrera en química me enseñó a hacer balances de materia, energía y económicos. Veo el mundo en función de balances y la recuperación de lo que se invierte. Si no entiendes el movimiento míralo en estos términos:

No importa si son mil pesos o un millón de ellos lo que costará reparar estatuas, paredes y la propiedad pública en general. Si esa es la inversión que se tiene que hacer para que mi hermana no vuelva a sentir miedo, creo que vale la pena. Si a ti no te interesa mi hermana, entonces míralo como una inversión para que tu madre, tu hija, tu novia o tu esposa no tengan que pasar lo mismo que mi hermana o lo que han pasado miles de mujeres allá afuera, sencillamente para que ninguna mujer vuelva a sufrir miedo.

Respetar a las mujeres y sus ideologías no te hará menos hombre. Debemos de agradecer que a pesar de los abusos, ellas han optado por buscar justicia y no venganza, porque de lo contrario, esto sería mucho peor.

Esperemos y no tenga que llegar ese día: un martes cualquiera a las 3:45 de la tarde, un día en que recibes una llamada y te dicen que tu madre, tu hermana o tu novia ya no podrán volver a casa.

Ese día te darás cuenta y aprenderás del error como yo lo aprendí al mirar el miedo en los ojos de mi hermana. La diferencia es que tú ya no tendrás unos ojos que mirar.

Mejor aprendamos el día de hoy, para que no sea el mañana el que nos enseñe.

Eso, lamentablemente, es todo lo que tengo que decir y lo último que diré sobre el tema. Tal vez no esté allá afuera acompañando el movimiento, pero las acompaño en pensamiento y corazón.

Quiero creer que estas palabras llegarán a más de uno y lograrán hacerlos reflexionar sobre lo que está sucediendo y lo que se intenta lograr.

Rumbo a los cien años de Asimov [24]: Robert Anson Heinlein.

En mis primeros dos años con John Campbell, conocí a una serie de personas que con el tiempo se convertirían en estrellas de primera magnitud de la ciencia ficción. Las amistades creadas de esta manera, como todas las que hice dentro de la comunidad de la ciencia ficción, duraron toda la vida.

El motivo es que todos nos sentíamos parte de un minúsculo grupo denostado y calumniado por la gran mayoría, que no llegaba a comprendernos. Así que nos unimos en busca de seguridad y calor y formamos una hermandad que nunca falló. Tampoco nos convirtió en enemigos la competencia por las ventas. Se podía ganar tan poco dinero en el campo de la ciencia ficción que no valía la pena competir por ello. En realidad escribíamos por amor al arte. En la actualidad me temo que es diferente. El número de escritores de ciencia ficción se ha multiplicado por diez desde 1939 y las cantidades de dinero que se obtienen en concepto de adelantos, ventas de películas, etc., a veces son astronómicas. Me parece que en estas condiciones el viejo sentimiento de hermandad no puede existir.

En algunos aspectos, mi amigo más importante fue Robert Anson Heinlein. Era un hombre muy guapo, con un bigote perfectamente recortado, una sonrisa amable y tan cortés que siempre me hacía sentir especialmente tosco cuando estaba con él. Yo hacía el papel de campesino y él, de aristócrata. Heinlein había servido en la marina de Estados Unidos, pero en 1934 fue licenciado por invalidez debido a su tuberculosis. En 1939, cuando tenía treinta y dos años (un poco tarde para un escritor), se dedicó a la ciencia ficción y su primer relato, Lifeline (ASF, agosto de 1939), se publicó un mes después de uno mío titulado Trends. Desde el momento de su aparición, el mundo de la ciencia ficción, atónito, lo aceptó como su mejor escritor, y mantuvo este privilegio durante toda su vida. Desde luego, yo estaba impresionado. Fui de los primeros en escribir cartas de elogio para él en las revistas.

De inmediato se convirtió en el pilar principal de ASF y él y Campbell se hicieron amigos íntimos, aunque parece que Heinlein impuso para esa amistad la condición de que Campbell nunca rechazara ninguna de sus narraciones. Heinlein jamás superó su licenciamiento de la marina. Al conocer la noticia de Pearl Harbor, intentó alistarse, pero le rechazaron. Por tanto, se trasladó al Este para poder ayudar en su condición de civil. Se las arregló para situarse en la Naval Air Experimental Station (NAES) y buscó a otros científicos e ingenieros brillantes que pudieran unirse a él. Reclutó a Sprague de Camp (del que hablaré extensamente más adelante) y también a mí me ofreció un trabajo. Al final, después de muchas dudas, que describiré más tarde, acepté.

Mi amistad con Heinlein, dicho sea de paso, no mantuvo el mismo curso uniforme y sin altibajos que siguieron todas mis relaciones de la ciencia ficción. Que esto iba a ser así se vio de inmediato en cuanto trabajamos juntos en la NAES. Nunca discutí abiertamente con él (trato de no hacerlo con nadie) y nunca le volví la espalda. Hasta que Heinlein murió, no dejamos de saludarnos calurosamente siempre que nos encontramos.

Sin embargo, en nuestra amistad ha habido una cierta reserva. Heinlein no era un individuo complaciente y tolerante como los demás escritores de ciencia ficción que conocía y que me gustaban. No era partidario del vivir y deja vivir. Tenía el convencimiento de que él sabía más y se empeñaba en enseñarte para que estuvieras de acuerdo con él. Campbell hacía lo mismo, pero a este no le preocupaba que al final siguieras estando en desacuerdo con él, mientras que Heinlein, en semejantes circunstancias, se volvía hostil. No me llevo bien con la gente que está convencida de que sabe más que yo y que me acosa por eso, así que empecé a evitarle.

Además, aunque durante la guerra fue un liberal convencido, nada más finalizar esta se convirtió en un conservador reaccionario e inamovible. Eso sucedió en el mismo momento en que sustituyó a una esposa liberal, Leslyn, por otra conservadora y reaccionaria, Virginia. Ronald Reagan hizo lo mismo cuando cambió a su mujer, Jane Wyman, liberal, por Nancy, ultra conservadora, pero siempre he pensado que Ronald Reagan es un descerebrado que repite las opiniones de cualquiera que esté cerca de él.

No puedo explicar el caso de Heinlein de la misma manera, ya que no creo que siga las opiniones de sus esposas a ciegas. Solía pensar en ello perplejo (por supuesto, nunca se me habría ocurrido preguntar a Heinlein; estoy seguro de que no me hubiera respondido, y habría demostrado la mayor hostilidad), y llegué a una conclusión: nunca me casaría con alguien que no estuviera de acuerdo, en términos generales, con mis opiniones políticas, sociales y filosóficas.

Casarse con alguien con opiniones completamente diferentes sobre estos principios básicos supondría buscarse una existencia llena de discusiones y controversias, o bien (cosa en cierto modo peor) llegar al acuerdo tácito de no discutir nunca de estos temas. Pero no creo que haya ninguna posibilidad de llegar a un acuerdo. Desde luego yo no mudaría de opinión sólo por mantener la paz del hogar y no querría una mujer tan poco firme en sus convicciones que fuera capaz de hacerlo. No, yo quería una esposa compatible con mis ideas, y debo decir que esto ha sido así en el caso de mis dos mujeres.

Otra cuestión acerca de Heinlein es que no era de esos escritores que, tras encontrar un estilo determinado, siguen siendo fieles a él durante toda su vida, a pesa de que las modas cambien. Ya he dicho que E. E. Smith era de esos y debo admitir que yo también. Las novelas que he escrito últimamente son del mismo tipo de las que escribí en los años cincuenta. (Muchos críticos me han censurado por ello, pero les haré caso el día que el cielo se desplome sobre nuestras cabezas). Heinlein intentó evolucionar con los tiempos, así que sus últimas novelas no desentonaron por lo que se refiere a las modas literarias posteriores a los sesenta. Digo que «intentó» porque pienso que no lo logró. No soy quién para juzgar la obra de otros escritores (ni siquiera la mía) y no me gusta hacer afirmaciones subjetivas sobre ellos, pero me veo obligado a admitir que siempre deseé que Heinlein hubiera mantenido el estilo de relatos como Solution Unsatisfactory (ASF, octubre de 1941), que escribió bajo el seudónimo de Anson McDonald, y de novelas como Double Star (Estrella doble), publicada en 1956, que para mí es su mejor obra.

Destacó también más allá del mundo limitado de las revistas de ciencia ficción. Fue el primero de nuestro grupo en abrirse paso en las revistas «satinadas», al publicar The Green Hills of Earth en The Saturday Evening Post. Durante algún tiempo le tuve bastante envidia, hasta que me convencí de que él estaba llevando adelante la causa de la ciencia ficción y facilitándonos el camino a todos los demás. Heinlein estuvo también metido en una de las primeras películas que intentaban ser al mismo tiempo inteligentes y de ciencia ficción: Con destino a la luna. Cuando los Escritores de Ciencia Ficción de América empezaron a entregar sus premios Gran Maestro en 1975, Heinlein recibió el primero por aclamación general.

Murió el 8 de mayo de 1988 a la edad de ochenta años. Su fallecimiento fue muy sentido incluso en ámbitos ajenos a la ciencia ficción. Se mantuvo firme en el primer puesto como el más grande escritor de este género. En 1989, se publicó a título póstumo su libro Grumbles from the Grave. Se trata de un epistolario formado por cartas que escribió a los directores y, sobre todo, a su agente. Lo leí y negué con la cabeza, deseé que no se hubiese publicado, ya que Heinlein (al menos me lo parecía a mí) revelaba en esas cartas una mezquindad de espíritu que había visto en él en la época de la NAES y que no debió ser revelada al público en general.


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Rumbo a los cien años de Asimov [23]: John Wood Campbell, Jr.

John Wood Campbell, Jr., nacido en 1910, tenía sólo nueve años y medio más que yo, aunque cuando le vi por primera vez pensé que no tenía edad. Era un hombre alto y grande, con el pelo claro, la nariz ganchuda, la cara ancha, los labios delgados y un cigarrillo en una boquilla permanentemente encajada entre los dientes.

Era locuaz, terco, inconstante y despótico. Hablar con él significaba escuchar un monólogo. Algunos escritores no lo podían aguantar y le evitaban, pero me recordaba a mi padre, así que yo le escuchaba todo lo que fuera necesario. Como tantas personalidades brillantes de la ciencia ficción, tuvo una infancia desgraciada. Nunca supe los detalles porque nunca me dijo nada, y si alguien no me lo cuenta, yo no pregunto. Por un lado, no se me da bien curiosear y por otro, prefiero hablar de mí antes que de los demás.

Campbell asistió al MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts) pero nunca terminó sus estudios. Según creo, no pudo con el alemán. Se trasladó a la Universidad Duke de Carolina del Norte, muy conocida en mi juventud por el trabajo de Joseph B. Rhine sobre la percepción extrasensorial y que posiblemente influyó en las ideas posteriores de Campbell sobre el tema.

Su primer relato publicado fue When the Atoms Failed, en el número de enero de 1930 de Amazing. En aquella época el escritor más famoso de ciencia ficción era Edward Elmer Doc Smith, quien relataba «historias de superciencia». Smith fue el primero que escribió sobre viajes interestelares en Skylark o Space (Amazing, agosto septiembre y octubre de 1928) y Campbell quería imitar con sus cuentos de héroes superhombres que recorrían sin descanso estrellas y planetas. Con Piracy Preferred (Amazing, junio de 1930) empezó su famosa serie Wade, Arcot y Morey, que le situó casi al nivel de Smith.

Smith continuó escribiendo sus relatos de superciencia hasta que murió en 1965, a los setenta y cinco años. Fue uno de los escritores de ciencia ficción más queridos, pero no pasó de ahí. Sus primeros relatos estaban diez años adelantados a su tiempo, y sus últimos, diez años retrasados, aunque Campbell siguió publicándolos fielmente en Astounding.

Por otro lado, Campbell se cansó de la superciencia y buscó otros temas. En 1936 y 1937 escribió para Astounding un relato en dieciocho entregas que trataba de los últimos avances científicos sobre el Sistema Solar. Fue una de las primeras incursiones de un escritor de ciencia ficción en el campo de la ciencia real.

Más importante fue el cambio que imprimió al estilo de sus obras. En vez de superciencia, empezó a escribir relatos de humor; eran tan radicalmente diferentes de sus primeros relatos que tuvo que utilizar un seudónimo para evitar la ira de los lectores que los compraban pensando que serían superciencia. Su seudónimo era Don A. Stuart, una variación del nombre de soltera de su primera mujer, Dona Stuart. El primer relato escrito bajo este seudónimo fue Twilight (Astounding, noviembre de 1934), todo un clásico.

Abandonó sus relatos de Campbell y continuó con la línea de Stuart hasta que publicó Who Goes There? (Astounding, agosto de 1938). Puede que éste sea el mejor relato de ciencia ficción de todos los tiempos. Para entonces ya había descubierto su verdadera vocación. En 1938 se convirtió en director de Astounding y lo siguió siendo durante el resto de su vida. Enseguida cambió el nombre de Astounding Stories por el de Astounding Science Fiction (por lo general citada como ASF).

Fue la mayor autoridad en el género que haya existido nunca, y durante su primera década como director mantuvo el dominio absoluto de este campo. En 1939 creó Unknown, una revista dedicada a la fantasía para adultos que era única y maravillosa, pero la escasez de papel de la Segunda Guerra Mundial acabó con ella.

Durante aquella maravillosa década descubrió y promovió a una docena de escritores de ciencia ficción de primer nivel, incluido yo mismo. Parecía imposible que aquel gigante se hundiera en el ocaso, pero lo hizo. Su éxito, que proporcionó a la ciencia ficción una nueva respetabilidad al contar relatos de científicos e ingenieros en vez de versar sobre aventureros y superhéroes, provocó la aparición de la competencia. En 1949, The Magazine of Fantasy and Science Fiction (F & SF) salió a la calle bajo la dirección de Anthony Boucher y J. Francis McComas, y fue todo un éxito. En 1950, Galaxy Science Fiction, dirigida por Horace L. Gold, apareció en el mercado y también evolucionó favorablemente. Campbell, a la sombra de ambas, inició el declive.

El ocaso de Campbell fue acelerado por sus propios cambios de orientación. Le gustaba moverse por los límites de la ciencia y deslizarse más allá de la pseudociencia. Parecía tomarse en serio los platillos volantes, las facultades «psiónicas» como la percepción extrasensorial (la influencia de Rhine) e incluso insensateces como el «mecanismo de Dean» o la «máquina de Hieronymus». Sobre todo, abanderó la «dianética», una especie de tratamiento mental nada convencional inventado por el escritor de ciencia ficción L. Ron Hubbard. Sus principios fueron publicados por primera vez en un artículo titulado Dianetics (ASF, mayo de 1950).

Todo esto influyó en el tipo de relatos que Campbell compraba y, en mi opinión, hizo que la revista empeorara. Varios autores escribían artículos pseudocientíficos para asegurar sus ventas a Campbell, pero los mejores abandonaron, yo entre ellos. No dejé de escribir del todo para él, ni nuestra amistad se rompió, pero hubo un cierto distanciamiento, ya que yo no aceptaba sus extrañas opiniones y se lo decía.

Escribí un relato titulado Belief (ASF, octubre de 1953) que hablaba de las facultades «psiónicas» a mi manera. Después de muchas discusiones acepté cambiar el final por él, pero nunca se lo perdoné. Campbell continuó editando ASF, cuyo nombre cambió por el de Analog a principios de los sesenta, hasta su muerte, el 11 de julio de 1971 a la edad de sesenta y un años. Sin embargo, durante los últimos veinte años de su vida, no fue más que una sombra de lo que había sido.


Leer capítulo 24

Rumbo a los cien años de Asimov [22]: Mis primeras ventas.

Hasta que no tuve diecisiete años no se me ocurrió que debía crear narraciones con un final definido en vez de inventar cosas al azar. Empecé un relato de esos en mayo de 1937; se llamaba Cosmic Corkscrew; avanzaba a rachas, y a veces permanecía relegado en el cajón de mi escritorio durante meses. Pero a principios de 1938 Astounding cambió su fecha de aparición sin avisar y no llegó en el día esperado. Temí que hubiese dejado de publicarse, llamé a Street & Smith y descubrí que se iba a publicar otro día. El pánico momentáneo que me había producido el pensar que la revista había desaparecido me hizo sacar del cajón Cosmic Corkscrew y terminarlo. Quería presentar la narración mientras siguiera habiendo algún lugar donde poder hacerlo. La terminé en junio de 1938.

¿Por qué esta prisa repentina por enviarla? Para 1938 estaba harto de todos los folletines menos de los de ciencia ficción. Leía exclusivamente este género y sus escritores estaban empezando a parecerme semidioses. Yo también quería ser un semidiós. Además, si vendía alguno de mis relatos, podría ganar algo de dinero y deseaba ardientemente poder pagar parte de la enseñanza universitaria sin recurrir a mi padre.

Durante el verano de 1935 había tenido un trabajo temporal, pero fue insoportable y prefería mucho más ganar dinero con la máquina de escribir. Pero una vez terminado el relato, ¿cómo presentarlo? Mi padre, con menos mundo que yo todavía, sugirió que fuera a ver en persona al director y le entregara el manuscrito. Le dije que estaría demasiado asustado para hacer algo así. (Me imaginaba al director expulsándome de la oficina con frases ofensivas). Mi padre dijo:

—¿De qué hay que tener miedo? —Claro, él no iba a ir.

Para mí, obedecer a mi padre era una costumbre arraigada desde hacía mucho tiempo, así que fui en metro hasta Street & Smith y pedí ver al señor Campbell. No me lo podía creer cuando la recepcionista le llamó y después me dijo que el director me recibiría. Esto fue posible gracias a que yo no era un desconocido para él. Había estado recibiendo y publicando mis cartas, así que sabía que yo era un gran aficionado a la ciencia ficción. Además, como descubrí después, era un conversador incansable que necesitaba audiencia y en ese momento pensó que yo le escucharía sin chistar.

Me trató con el mayor respeto, cogió mi manuscrito, prometió que lo leería con rapidez y mantuvo su promesa. Me lo devolvió casi a vuelta de correo, pero su carta de rechazo era tan amable que empecé a escribir otro relato de inmediato, se llamó The Callistan Menace. Sólo me costó un mes escribirlo. A partir de entonces, escribí uno al mes, y lo enviaba a Campbell. Él lo leía y me lo devolvía con comentarios muy útiles. Hasta el 21 de octubre de 1938, exactamente cuatro meses después de mi primera visita a Campbell, no logré vender mi tercer relato, Marooned off Vesta, pero no a Campbell, que lo había rechazado. Lo vendí a Amazing Stories, cuyo nuevo dueño, Ziff-Davis, decidió publicar relatos de acción y, al bajar la calidad, incrementó la tirada.

Amazing Stories estaba dirigida por Raymond A. Palmer, un jorobado de 1,20 metros con una mente muy viva y muy poco ortodoxa. Años después creó, casi sin ayuda, la locura de los platillos volantes y se dedicó a la publicación de revistas de seudociencia. Murió en 1977 a los sesenta y siete años. Nunca lo conocí en persona, pero fue el primer director que compró una de mis narraciones, y andando el tiempo él lo contaba con orgullo.

Cobré 64 dólares por ella y apareció en el número de marzo de Amazing. La revista llegó a los quioscos el 9 de enero de 1939, una semana después de mi decimonoveno cumpleaños. Mi padre envió pomposas cartas a todos sus amigos (yo no me enteré de que lo había hecho) y parecía dispuesto a seguir haciéndolo con cada relato que lograra vender. Me costó mucho conseguir que dejara de hacerlo. Después, vendí mi segundo relato, Callistan Menace, a Fred Pohl y apareció en el número de abril de 1940 de Astonishing. Nunca vendí mi primera narración Cosmic Corkscrew ni cualquier otro de mis primeros siete relatos. Ninguno de ellos existe ya.

Sospecho que cuando me fui de la ciudad en 1942 (por razones que diré después), mi madre, ignorando lo que tenía, los tiró. Desde el punto de vista literario no era ninguna pérdida, más bien el mundo ganó con su desaparición. Pero, históricamente, fue una pena. Siempre existe un cierto interés por las obras juveniles. La primera narración que vendí a John Campbell se llamaba Trends y apareció en Astounding en julio de 1939. Para entonces Amazing ya había publicado otro de mis relatos, uno bastante malo llamado The Weapon Too Dreadful to Use (Amazing, mayo de 1939), así que mi primer relato de Astounding era el tercero publicado.

Nunca me gustó mucho. Siempre he rechazado estas dos primeras historias porque nunca me gustó la Amazing de Ziff-Davis y me daba vergüenza que mis relatos estuvieran en tan mala compañía. Yo quería aparecer en Astounding y en mi corazón intento considerar Trends mi primera obra publicada. Sin embargo, estoy equivocado al hacerlo, ya que estas dos narraciones quizá me salvaron de un destino peor que la muerte. John Campbell era un partidario acérrimo de los nombres cortos y simples para sus escritores y estoy seguro de que me habría pedido que utilizara un seudónimo del tipo de John Smith, yo me habría negado categóricamente a hacerlo y quizás habría abortado mi carrera como escritor.

Sin embargo, estas dos primeras narraciones aparecieron en Amazing con mi nombre real, Isaac Asimov. A Palmer esto no le preocupaba en absoluto, Dios le bendiga, y a lo mejor como era un hecho consumado y mi nombre, mi verdadero nombre, había aparecido en las páginas de las revistas de ciencia ficción, Campbell no dijo ni palabra. Así, mi verdadero nombre apareció en las respetadas páginas de Astounding.

En total, en mi último año en Columbia gané 197 dólares. No era mucho, aunque en 1939 se trataba de una cantidad más importante de lo que es ahora, pero marcó un comienzo. No sólo pude empezar a pagar mis gastos de enseñanza, sino que también fue el principio de mi libertad, de mi capacidad para mantenerme solo. Todo ello representaba mucho más que eso para mí, ya que había una cosa que yo ansiaba más que el dinero. Lo que yo quería, lo que yo soñaba, era ver mi nombre en el índice y, en letras todavía mayores, en la primera página de la publicación.

Lo he logrado, y eso me entusiasma.


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Rumbo a los cien años de Asimov [21]: Donald Allen Wollheim.

Donald Allen Wollheim había nacido en 1914 y era el mayor de todos los Futurianos. Constituía el miembro más dinámico y dominaba la sociedad. Probablemente era el mayor aficionado a la ciencia ficción de todo el país, con la posible excepción de Forrest J. Ackerman, de Los Ángeles.

No era guapo, tenía una nariz bastante prominente y cuando le conocí también sufría (al igual que yo) un grave caso de acné. Sin embargo, poseía una autoridad innegable a pesar de ser tan serio como Cyril Kornbluth. En 1941 se convirtió en el director de dos revistas de ciencia ficción: Stirring Science Fiction y Cosmic Stories. Los recursos para su publicación eran muy escasos. En realidad no tenía dinero para pagar las narraciones y dependía de los compañeros Futurianos, que le suministraban el material que no podían vender. Incluso me pidió a mí un relato y le di uno que se llamaba The Secret Sense, que apareció en el número de marzo de 1941 de Cosmic. No lo había podido vender porque era realmente malo, incluso para mí, así que estaba dispuesto a contribuir con él, por amistad.

Pero F. Orlin Tremaine, que había editado Astounding hasta 1938, también había lanzado una nueva revista, Comet Stories, y pagaba la increíble suma de un penique por palabra. Me dijo que los escritores que cedían historias a las revistas que no pagaban ayudaban a que éstas quitaran lectores a las que sí pagaban. Dichos escritores estaban perjudicando a los demás y a la ciencia ficción en general y debían estar en una lista negra. Eso me asustó. Llamé inmediatamente a Wollheim y le pedí diez dolares por mi historia (0,2 centavos por palabra) sólo para poder decir que me habían pagado por ella. Wollheim me pagó, pero junto con el cheque me envió una carta muy desagradable.

Siguió haciendo grandes cosas. Escribió muchos relatos cortos, el primero de los cuales fue The Man from Ariel (Wonder Stories, enero de 1934), que fue publicado cinco años antes que mi primer relato. El que más me impresionó fue Mimic (Fantastic Novels, septiembre de 1950). También escribió varias novelas de ciencia ficción, la mayoría para jóvenes. No obstante, era evidente que, al igual que el legendario John Campbell de Astounding, prefería editar a escribir. Editó la primera antología de revistas de ciencia ficción, The Pocket Book of Science Fiction, en 1943. Fue editor de Ace Books durante mucho tiempo, donde realizó un trabajo estimable e innovador. Después fundó DAW Books, la primera editorial de libros de bolsillo dedicada únicamente a la ciencia ficción, y mientras lo hacía, ayudó a varios y buenos escritores contemporáneos en ese género.

En 1971 publicó The Universe-Makers. Era una historia de la ciencia ficción en la que trataba de desenmascarar algunos de los aspectos descabellados de la leyenda de Campbell. También hablaba favorablemente de relatos míos pertenecientes a la serie de la Fundación (de los que hablaré a su debido tiempo) y afirmaba que habían establecido el comienzo de la ciencia ficción moderna. Aunque yo no estaba de acuerdo con él en todo, acepté agradecido sus elogios y finalmente le perdoné el incidente de The Secret Sense. (Sí, soy susceptible a los halagos. Todo el mundo se da cuenta enseguida, sobre todo mis editores).

Don sufrió en 1989 un ataque de apoplejía que le inmovilizó gran parte del cuerpo, pero no su mente. DAW Books sigue adelante sin problemas bajo la dirección de su mujer, Elsie (su única mujer, un caso que a veces creo que es bastante sorprendente entre los escritores de ciencia ficción), y su hija Betsy.


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