Rumbo a los cien años de Asimov[3]: Mi madre

Se llamaba Anna Rachel Berman. Su padre fue Isaac Berman, quien murió cuando ella era joven. En su honor me pusieron su nombre.

Mi madre tenía el aspecto de una típica campesina rusa y medía poco más de un metro y medio; sabía leer y escribir ruso y yiddish. Y aquí tengo una queja contra mis padres: Hablaban ruso entre ellos cuando querían discutir algo sin que lo captaran mis agudos oídos. Si hubiesen sacrificado esta necesidad trivial y me hubieran hablado en ruso, lo habría absorbido como una esponja y sabría una segunda lengua universal.

Pero no lo hicieron. Supongo que el argumento de mi padre era que quería que aprendiera inglés y que este fuera mi idioma materno. Así, libre de las complicaciones de otro idioma, me podría convertir en un verdadero norteamericano. Pues bien, lo hice, y dado que considero al inglés la lengua más preciosa del mundo[1], a lo mejor todo fue para bien.

Aparte de saber leer y escribir y poseer suficientes conocimientos de aritmética para trabajar de cajera en la tienda de su madre, mi progenitora no tenía estudios. Las mujeres judías ortodoxas simplemente no estudiaban. No sabía hebreo ni tenía conocimientos que no estuvieran relacionados con la religión.

Sin embargo, he oído sus despectivos comentarios sobre la escritura en ruso de mi padre, y seguramente tenía razón. La experiencia me ha enseñado que la letra de las mujeres, por alguna razón, es más atractiva y más legible que la de los hombres. La de mi hermana, por ejemplo, hace que la mía parezca indescifrable y poco diestra. Ergo, no me sorprendería que mi madre escribiera el ruso con más elegancia que mi padre.

La labor de mi madre en la vida se puede definir con una sola palabra: «Trabajo». En Rusia había sido la mayor de muchos hermanos y tenía que ocuparse de ellos además de trabajar en la tienda de su madre. En Estados Unidos tuvo que educar a tres hijos y trabajar sin descanso en la nueva tienda. Se daba cuenta de las limitaciones de su vida, de su falta de libertad. A menudo se hundía en la auto compasión, y aunque no la puedo culpar por ello, frecuentemente se desahogaba conmigo. Y puesto que resaltaba que yo era parte de la culpa que tenía que soportar, me hacía sentir en lo profundo, responsable.

Una vida tan dura hizo que tuviera un genio muy vivo y la mayoría de las veces yo pagaba los platos rotos. No niego que le diera motivos, pero me golpeaba con frecuencia y no con suavidad. Esto no quiere decir que no me quisiera con locura, porque me adoraba. Sin embargo, me hubiese gustado que lo demostrara de otra manera. Nunca tuvo la menor oportunidad de ser una buena cocinera. Tenía que preparar las comidas con rapidez, sobre la marcha, y atender la tienda, así que durante toda mi juventud (hasta que me casé) comí alimentos fritos de todo tipo, entre los que de vez en cuando aparecía algún pedazo de buey o de pollo cocido con patatas. No éramos muy aficionados a las verduras, pero sí al pan.

Pero no me quejo. Me encantaba todo lo que ella nos daba. Sin embargo, creo que la cocina de mi madre me inició en un modo de alimentación que me condujo a padecer problemas con las arterias al final de mi madurez. Por otro lado, su cocina habituó mi sistema digestivo a trabajar duro, así que desarrollé un estómago que lo digería todo. Sin embargo, mi madre era hábil en algunas especialidades: rábanos rallados con cebollas y huevos duros, que eran deliciosos pero que se repetían durante una semana y obligaban a los demás a respetar la intimidad de quien los comía. Preparaba también pies de ternera en gelatina, con cebolla y huevos duros, y quién sabe cuántas cosas más. Ese plato se llama pchah[2] y preferiría esto al paraíso.

Incluso después de casarme, de vez en cuando mi madre me daba un gran cuenco lleno de pchah, para llevar a casa. Es un gusto que se adquiere, y para mí, el día en que mi ex mujer, Gertrude, lo adquirió, fue un día triste. El suministro se redujo de inmediato a la mitad. Recuerdo con tristeza la última vez que mi madre lo preparó.

Mi actual mujer, Janet, la más adorable del mundo, buscó con esmero recetas y, de vez en cuando, me prepara pchah, incluso en la actualidad. Es muy bueno, pero no tanto como el de mi madre.


[1] Y es demostrado a través de sus libros. Asimov escribió un compendio en el que estudiaba toda la bibliografía e historia de Shakespeare, así como también se nota su profundo conocimiento de la etimología en distintas obras, las cuales ya mencionaré en su momento.

[2] Es la aproximación al platillo judío, cuya correcta escritura es «Ptcha». El miedo a ser reconocidos como judíos, así como también el holocausto. Ha hecho que dicho platillo esté en extinción y que sólo muy pocas personas sepan prepararlo acorde a la receta original. Algo que sin duda puede cambiar con el internet y el intercambio de culturas que el mismo proporciona.


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Rumbo a los cien años de Asimov [2]: Mi padre.

Mi padre, Judah Asimov, nació en Petróvichi[1] el 21 de diciembre de 1896. Era un joven brillante que recibió una educación completa dentro de los límites del judaísmo ortodoxo. Estudió con esmero los libros sagrados y dominaba el hebreo, un idioma que pronunciaba con su particular acento lituano. Años más tarde, durante nuestras conversaciones, disfrutaría citando la biblia o el Talmud[2] en hebrero traduciéndolo después al yiddish[3] o al inglés para mí y comentándolo.

Judah Asimov

También adquirió conocimientos no religiosos y hablaba, leía y escribía el ruso con gran soltura, además de tener amplios conocimientos de literatura rusa. Se sabía casi de memoria los relatos de Sholem Aleichem. Recuerdo que una vez me recitó uno en yiddish, idioma que entiendo.

Sabía suficientes matemáticas como para trabajar de contable con su padre en el negocio familiar. Sobrevivió a los oscuros días de la Primera Guerra Mundial sin servir (por alguna razón) en el ejército ruso. Esto fue un golpe de suerte, ya que, de haberlo hecho, probablemente hubiese muerto y yo nunca habría nacido. También sobrevivió a los desórdenes que siguieron a la guerra, y se casó con mi madre en algún momento de 1918.

Hasta 1922, a pesar de la confusión de la guerra, de la revolución y de los disturbios civiles, se las arregló bastante bien en Rusia, aunque, he de resaltar, si se hubiese quedado allí, quién sabe lo que nos habría ocurrido en los días, todavía más negros, de la tiranía de Stalin, la Segunda Guerra Mundial y la ocupación nazi de nuestra región natal[4].

Por fortuna no necesitamos hacer conjeturas, porque en 1922 el hermanastro de mi madre, Joseph Berman, que había ido a Estados Unidos algunos años antes, nos invitó a ir a ese país y reunirnos con él; y mis padres, después de dolorosas reflexiones decidieron partir. No fue una decisión fácil. Suponía abandonar la pequeña ciudad en la que habían vivido toda su vida, en la que tenían a todos sus amigos y parientes y dirigirse hacia una tierra desconocida.

Pero mis padres decidieron arriesgarse y llegaron en el momento justo, ya que en 1924 se impusieron cupos de inmigración más estrictos y puede que no nos hubieran dejado entrar. Mi padre fue a Estados Unidos con la esperanza de conseguir una vida mejor para sus hijos, y lo logró. Vivió para ver que uno de ellos se convertía en un escritor famoso, que otro llegaba a ser un periodista de éxito y que su hija gozaba de un matrimonio feliz… Pero tuvo que pagar un alto precio.

En Rusia pertenecía a una familia de comerciantes bastante próspera. En Estados Unidos se encontró sin dinero. En Rusia había sido un hombre culto, admirado por sus conocimientos por aquellos que le rodeaban. En Estados Unidos era prácticamente un analfabeto, ya que no podía leer y ni siquiera hablar en inglés. Además, los americanos de cultura religiosa, no consideraban su erudición religiosa como tal. Se sintió despreciado como un inmigrante ignorante.

Sufrió todo esto sin una queja, ya que se concentraba por completo en mí. Yo tenía que compensarle por todo, y lo hice. Siempre le he estado muy agradecido por sus sacrificios desde que tuve edad suficiente para comprender lo que se vio obligado a hacer. En Estados Unidos se dedicó a trabajar en todo lo que pudo: vendió esponjas de puerta en puerta, hizo demostraciones de aspiradoras, trabajó en una empresa de papeles y más tarde en una fábrica de camisetas. Después de tres años, había ahorrado el dinero suficiente para pagar la entrada de una pequeña tienda de caramelos[5], y eso aseguró nuestro futuro.

Mi padre nunca me empujó a ser un prodigio, como ya he dicho. Tampoco me castigó nunca físicamente (dejaba esto para mi madre, que lo hacía muy bien). Se contentaba con darme largos regaños e intentaba razonar conmigo cada vez que me comportaba mal. Creo que yo prefería los golpes de mi madre, pero siempre supe que mi padre me quería, a pesar de que le resultara difícil decirlo.


[↻1] Esta zona rural de la antigua Rusia, es formalmente el lugar de nacimiento de Isaac Asimov. De hecho, cuando el escritor estaba en el punto más álgido de su fama, la comunidad se sintió tan orgullosa que mandó a poner una piedra en su honor… Sí, una piedra. Pero claro, es una piedra que tiene una placa conmemorativa sobre el nacimiento del maestro.

La piedra.

[↻2] Como dato curioso: El Talmud junto con el Tora, son los libros más importantes del judaísmo. Son las «leyes» que rigen al pueblo judío, es difícil de conseguir, mucho más difícil es conseguir la forma correcta de interpretarlo. La ventaja del judaísmo ortodoxo es precisamente la exégesis «correcta» de las parábolas y otras enseñanzas que vienen en los textos sagrados. Y por alguna extraña razón, muchos científicos y personajes celebres han encontrado en dicho libro enseñanzas valiosas. Por poner un ejemplo: Richard Feynman, en su libro, Surely You’re Joking Mr. Feynman!, dejó claro que el descubrimiento del Talmud es una de las cosas más valiosas en su vida (aún si no se consideraba él mismo un practicante del judaísmo ortodoxo).

[↻3] La traducción correcta es «yídish», aunque tiene múltiples palabras que son correctas. He de resaltar que dicho idioma es propio de los judíos que emigraron a Alemania. De hecho, el idioma es una combinación entre «alemán» y hebreo. El idioma nació para no hablar en hebreo en el día a día, pues según la creencia ortodoxa del judaísmo, dicha lengua sólo debe ser empleada para las ceremonias religiosas. Estos son los albores del carácter políglota tan arraigado y conocido del pueblo judío.

[↻4] Este evento es conocido como «Operación Barbarroja», ocurrida en 1941. Uno de los primeros lugares ocupados por la Alemania Nazi fue precisamente la ciudad de Petróvichi, y claro, cualquier judío en dicho lugar fue asesinado. Lo que hubiese sido un funesto desenlace para la historia de nuestro maestro.

[↻5] De la traducción «grocery store», no era sólo una dulcería, sino más bien el concepto de una tienda de autoservicio con múltiples productos.


Leer el capítulo 1

Leer el capítulo 3

Rumbo a los cien años de Asimov[1]: Niño prodigio.

Nací en Rusia el 1 de enero de 1920[1], pero mis padres emigraron a Estados Unidos, lugar al que llegaron el 23 de de febrero de 1923. Esto quiere decir que he sido estadounidense por ambiente (la nacionalidad la obtuve cinco años después, septiembre 1928) desde que tenía tres años.

No recuerdo nada de mis primeros años en Rusia: no hablo ruso y no conozco (más de lo que cualquier estadounidense inteligente pueda conocer) la cultura rusa. Soy completamente norteamericano, tanto en educación como en sentimientos.

Pero si ahora intento hablar de mí cuando tenía tres años y de los años posteriores (que sí recuerdo), voy a tener que hacer afirmaciones que después llevan a algunas personas a acusarme de ser «egoísta», «vanidoso» o «ególatra». O en el caso de que sean más dramáticos, dicen que tengo «un ego del tamaño del Empire State».

¿Qué puedo hacer? No hay duda que mis palabras y afirmaciones parecen indicar que tengo una gran opinión de mí mismo, pero claro, sólo respecto a cualidades que, en mi opinión, merecen admiración. También tengo muchas carencias y defectos que admito sin reparos, pero nadie parece darse cuenta de ello, sólo de lo otro.

En todo caso, cuando afirmo algo que yo creo realmente cierto, me niego a admitir la acusación de vanidad hasta que se pueda probar que lo que digo no es verdad.

Así que, después de respirar profundamente: Diré que fui un niño prodigio.

Que yo sepa, no hay una buena definición de niño prodigio[2]. El diccionario de Oxford lo describe como «un niño de genialidad precoz». Pero, ¿qué tan precoz?, ¿qué tan genial?

Había oído hablar de niños que leen a los dos años, aprenden latín a los cuatro o ingresan a Harvard a los doce. Supongo que todos ellos son, sin duda alguna, niños prodigio, aunque yo no lo fui de esta manera.

Supongo que si mi padre hubiera sido un intelectual norteamericano, rico y con importantes conocimientos clásicos o científicos, y además hubiese descubierto en mí un posible candidato a prodigio, entonces podría haberme orientado y habría conseguido algo así de mí. Lo único que me queda es dar las gracias al destino que ha guiado mi vida y que impidió que esto ocurriera.

Un niño obligado a aprender, forzado sin un descaso al límite de su capacidad, podría derrumbarse sometido a toda esa tensión. Pero mi padre era un pequeño vendedor sin ningún conocimiento de la cultura americana, sin tiempo para orientarme por ningún camino y sin la capacidad para ello (aunque hubiese tenido tiempo). Lo único que podía hacer era animarme a que sacara buenas calificaciones, lo que, de todas maneras, yo ya estaba dispuesto a hacer[3].

En otras palabras, las circunstancias se aliaron para permitirme encontrar mi propio nivel de satisfacción, que resultó ser bastante prodigioso a todos los efectos, y mantuvieron la presión a un nivel bastante razonable, permitiéndome avanzar con rapidez sin ninguna sensación de esfuerzo. Así es como he mantenido mi «prodigiosidad» durante toda mi vida.

De hecho, cuando me preguntan si he sido un niño prodigio (y que obviamente lo hacen con una frecuencia asombrosa), me he acostumbrado a responder: «Sí, y en realidad… Sigo siéndolo».

Aprendí a leer antes de ir a la primaria. Incitado por el descubrimiento de que mis padres todavía no sabían leer inglés, me dediqué a pedir a los niños mayores del vecindario que me enseñaran el alfabeto y cómo se pronunciaba cada letra. Después empecé a pronunciar todas las palabras que encontraba en los carteles y en cualquier otra parte y así aprendí a leer casi sin ayuda de nadie.

Cuando mi padre descubrió que su hijo podía leer antes de llegar a la primaria y que, además, el aprendizaje había sido por su propia iniciativa, se quedó asombrado. Esta debió ser la primera vez que empezó a sospechar que yo era poco común (lo pensó toda su vida, aunque evitó criticarme por mis errores). Al darme cuenta de que él pensaba que yo era poco común (y fue muy claro respecto a eso), yo mismo empecé a sospechar que lo era.

Supongo que debe haber muchos niños que aprendieron a leer antes de ir a la primaria. Yo enseñé a mi hermana a leer antes de que fuera a la escuela, pero fui yo quien le enseñé. A mí no me motivó nadie a aprender.

Cuando por fin inicié el primer grado en septiembre de 1925, me asombrara de que los otros niños tuvieran problemas con la lectura. Todavía me asombraba más el que, después de que les explicaran algo, lo olvidaran y necesitaran que se lo volvieran a explicar una y otra vez.

Creo que muy pronto observé que yo sólo necesitaba que me lo dijeran una vez. No me percaté de que mi memoria era extraordinaria hasta que descubrí que la de mis compañeros de clase… no lo era. Debo rechazar totalmente que tenga una «memoria fotográfica». Los que me admiran más de lo que merezco me acusan de ello, pero siempre digo que «sólo tengo una memoria casi fotográfica».

En realidad poseo una memoria normal para las cosas que no me parecen especialmente interesantes, incluso puedo ser culpable de errores llamativos cuando la abstracción se apodera de mí. (Sí, soy capaz de abstraerme en mis pensamientos por completo). En cierta ocasión, me quedé mirando a mi hija Robyn, sin reconocerla, porque no esperaba verla allí y sólo me daba cuenta de que su cara me resultaba vagamente familiar. Robyn no se sintió dolida en absoluto, ni siquiera se sorprendió, se volvió hacia una amiga que estaba a su lado y le dijo:

– Ves, te dije que si me quedaba aquí sin decir nada, no me reconocería.

Para las cosas que me interesan (y son muchas), tengo una memoria prácticamente instantánea. En cierta ocasión en que me hallaba fuera de la ciudad, mi primera mujer, Gertrude, y su hermano, John, estaban discutiendo y mandaron a la pequeña Robyn (que tenía unos diez años), a mi despacho a buscar el volumen de la enciclopedia Británica para hallar la solución al problema que discutían. Robyn fue a buscarlo mientras dijo:

–Ojalá papá estuviera en casa. Sólo tendrían que preguntárselo.

Sin embargo, todo tiene sus pros y sus contras. Fui agraciado con esta maravillosa memoria y una comprensión rápida desde pequeño, pero no se me dotó de mucha experiencia ni de una profunda visión de la naturaleza humana. No me di cuenta que otros niños no iban a apreciar que yo supiera más, fuera más inteligente y que pudiera aprender con mucha mayor rapidez que ellos.

Me pregunto por qué quien demuestra una capacidad atlética superior es admirado por sus compañeros de clase, mientras quien demuestra una capacidad intelectual superior es odiado. ¿Hay algún convencimiento de que es el cerebro y no los músculos lo que define al ser humano y de que los niños que no son buenos en deporte: simplemente no son buenos. Mientras que los que no son inteligentes se sienten infrahumanos? No lo se…

El problema era que yo no intentaba ocultar mi inteligencia. La demostraba todos los días en clase y nunca, ¡nunca jamás! pensé en ser «humilde» respecto a ella. En todo momento hacía alarde de mi brillantez con júbilo y ya puede usted adivinar cual fue el resultado.

Las consecuencias fueron inevitables puesto que yo era bajo y débil para mi edad, y más joven que cualquiera de la clase. Me convertí en el objeto de todas las burlas, desde luego que sí.

Con el tiempo me acostumbré y lo entendí, pero me costó varios años aceptarlo, no podía soportar ocultar mi increíble inteligencia a los ojos de los demás. En realidad, fui objeto de burlas, con una intensidad cada vez menor, hasta después de los veinte.

Pero no lo convierte en algo peor de lo que fue realmente, nunca fui agredido físicamente, simplemente se burlaban de mí, me ridiculizaban y era excluido de su círculo. Todo ello se podía soportar con razonable serenidad.

Sin embargo, con el tiempo aprendí. No se puede ocultar el hecho de que soy fuera de lo común, y menos si se tiene en cuenta el gran número de libros que he leído, escrito y publicado, y claro, la enorme cantidad de temas que he tratado en estos textos: pero he aprendido a evitar presumir (en mi día a día). He aprendido a «desconectar» y a bajarme a la altura de los demás.

Gracias a ello tengo muchos amigos que me tratan con afecto y por los que siento también un gran cariño.

Ojalá al menos un niño prodigio pudiera ser prodigioso en la comprensión de la naturaleza humana y no sólo en memoria y rapidez mental. Pero no todo es de nacimiento. Los aspectos más importantes de la vida se desarrollan poco a poco, con la experiencia, y quienes los aprenden más rápido y con facilidad que yo, pueden considerarse unos completos afortunados…


[↻1] Esto es un error del maestro, tanto en cálculos como en el deterioro de su prodigiosa memoria (estaba en el hospital mientras escribía). Para empezar, en aquella época en Rusia no se usaba el calendario gregoriano, no fue hasta 1929 que se uso el calendario soviético, que era una especie de calendario gregoriano (al menos estaba dividido en doce meses), las conversiones con estos calendarios aunados a la migración, pudieron afectar a la estimación de su nacimiento. También cabe destacar que en In Memory Yet Green, la fecha que él mismo dice es 2 de enero de 1920. Sean peras o sean manzanas, dado que el maestro nunca fue de sentimentalismos, el día es lo de menos, sin embargo, mundialmente el convenio queda en 2 de enero. Fin de la historia.

[↻2] Si dejamos de lado todas las cosas salidas de la pluma de Howard Gardner (el tipo de las inteligencias múltiples), la única estimación de la inteligencia que es mundialmente «aceptada» es la de cociente intelectual (I.Q. por sus siglas en inglés). Para ser un niño prodigio, en la actualidad debes tener un cociente que va desde los 130 hasta los 160 puntos, todo depende de la escala que se esté usando para medir dicho valor: Stanford-Binet, Wechsler, etcétera.

[↻3] Sólo en la educación primaria, entrando a la universidad dejó de ser el chico listo (como se verá más adelante).


Leer introducción

Leer el Capítulo 2

Rumbo a los cien años de Asimov: Introducción.

He esperado más de diez años para poder escribir esto. Primero que nada porque hace diez años no estaba preparado, ni en mi estilo de escritura, velocidad, ni en los conocimientos sobre toda la epítome del personaje del que hoy hablaré. Creo que antes de atreverme, tenía que hacerlo con estilo, pero ante todo: Con conocimiento e inteligencia.

Hoy, 18 de julio del 2019, es el día en el que la cuenta hacia el 2 de enero del 2020 marca un resto de 168 días. Días que, según mis cálculos y estimaciones, es lo que me costará redactar diariamente toda la biografía de uno de mis mayores ejemplos a seguir: Isaac Asimov. Un hombre que en dicha fecha cumplirá el primer siglo de haber pisado una tierra que por ser tan poca para él… se vio obligado a conquistar las estrellas.

Dicha biografía estará comentada en función de dos cosas: Lo que yo he investigado sobre su vida, lo que yo he leído sobre su obra (un poco más del 50%, un aproximado de 300 libros) y lo que yo he leído sobre todos sus contemporáneos, tanto de ciencia ficción, divulgación, arte, historia y literatura en general.

Los comentarios vendrán al final de cada artículo, y será un artículo por día. Cabe destacar que lo que redactaré son las palabras del propio Asimov, y las mismas han sido extraídas y traducidas por mí hace poco más de 7 años, provienen de los siguientes libros: In Memory Yet Green, In Joy Still Felt; I, Asimov e It’s Been a Good Life.

Como dije, los comentarios vendrán al final del artículo para ampliar o aclarar ciertas cosas que los legos a su obra y vida pudiesen tener, así como también ampliar un poco en el contexto histórico, y en dado caso: Agregar material audiovisual que no existía en la época para ser un exquisito (y muy necesario) complemento.

El total que costará esto (las propias palabras y los comentarios) se acerca al medio millón de palabras, es decir, aquél que haga lectura completa estará leyendo el equivalente a unas diez novelas. ¿Por una inversión de cinco o diez minutos al día?, no lo sé, me suena a una ganga.

No habrá malas palabras de ningún tipo, antes que nada por el respeto a la memoria de uno de mis maestros (aunque él sí las use), así como tampoco habrá nada «vulgar», por la misma razón ya mencionada. Igual, con el paso de los capítulos se irán dando cuenta la razón de esta decisión.

Será un camino largo, por esa misma razón decidí hace ya años que la mejor forma de hacerlo, tanto para poner a prueba lo que sé como para ver si he alcanzado (e incluso superado) a mi maestro en velocidad mecanográfica[1], era la de diferir el trabajo en una cantidad de días poco superior a la que a él le tomó escribirla (ya sabrán la cifra en el paso de los capítulos).

Al buen Asimov le debo mucho, desde mis primeros conocimientos en ciencia, como mi deseo por divulgar hasta la receta de la sopa, de compartir lo que sé para los que buscan saber más, pero ante todo: De tener una sed eterna en el aprendizaje.

No quiero ponerme sentimental, con el paso de las hojas ustedes sabrán qué me ha enseñado y en qué momento de mi vida, si conocen mi estilo, mi personalidad o cualquier cosa, se darán cuenta al instante, así también se darán cuenta la razón por la cual he decidido hacer esto.

Espero que este viaje sea de su agrado, y espero no morir o que me metan a prisión antes de terminarlo. Sin más que agregar… ¡Empecemos!


[↻1] Sí, de hecho yo ando en las 120-130, aunque hace unos días me medí y saqué las 105 palabras por minuto. Asimov escribía 90 por minuto. La diferencia es que él escribía de 8 a 12 horas por día, yo escribo a lo mucho de una a dos horas, pero todavía tengo edad. Asimov publicó su primer libro a los 30 años, y tardó muchos más años para cambiar su trabajo de profesor a escritor de tiempo completo, ¡tenemos esperanza, amigos escritores!

Relato: Amor ciego

Miraba el fuego con detenimiento, me preguntaba a mí mismo si la vida que llevaba realmente se podía considerar una historia feliz. Siempre hay un momento de la vida en el que hacemos ese viaje de introspección, intentamos buscar respuestas a preguntas que ni siquiera conocemos, ¿es esta la vida que realmente había soñado?

La llama se iba extinguiendo poco a poco y la oscuridad volvía a reinar en cada esquina del comedor, en el fondo escuchaba su voz cantar: Feliz cumpleaños a ti, feliz cumpleaños a ti, feliz cumpleaños queri… ¿Qué significado tienen todas estas cosas para las personas?, ¿cómo llegué a esta situación?, y más importante aún: ¿Debería soplar la vela?

* * *

Siempre fui mal estudiante y la única forma que tuve para abrirme camino en esta vida fue la de chuparles la verga a todos mis profesores. No, no lo digo en un sentido figurado, no estoy hablando de esos malditos lame botas que proliferan en las aulas, esas personas de palabras vacías, promesas falsas y adulaciones a diestra y siniestra. No, ese no era yo. Yo realmente les comía toda la verga.

¿Cálculo diferencial?, el profesor Domínguez, una polla de 10 centímetros, eyaculador precoz. Una tarea demasiado sencilla, ¿calificación final?, 90 de 100.

¿Química general?, el doctor Rosales, el rabo más grande con el que me he enfrentado en toda mi carrera profesional, se necesitaban casi cuatro manos para cubrirlo en su totalidad. Por suerte yo solo se las chupo, si hubiese dejado que me la metiera pude haber terminado inválido el resto de mis días, ¿para qué habría de terminar la universidad si iba a estar anclado toda mi vida a una silla de ruedas?, aunque en su momento pensé que si aceptaba y me dejaba inválido, podría vivir el resto de mi vida a través de apoyos y programas del gobierno. Pero no, ese es el camino fácil, el camino de los cobardes y los pusilánimes: Las víctimas de la vida.

Esa fue mi historia universitaria, solo tomaba clases con hombres. El varón es fácil de seducir, mucho más que la mujer. Solo una vez en todo mi trayecto lo intenté con una mujer y terminé rechazado, incluso amenazó con informar al comité estudiantil sobre mi «propuesta indecorosa». Estuve a casi nada de liarla de forma seria, muy cerca de la expulsión.

Entre mis compañeros y profesores ya se escuchaba el rumor de que yo chupaba vergas para tener buenas notas. Nunca supe qué profesor estuvo presumiendo por toda la escuela que un estudiante le estaba puliendo el rabo. Digo, es algo demasiado homosexual. En mi escuela eran unos conservadores, ¿por qué habrías de arriesgar tu prestigio de catedrático?

Pero si lo piensas a fondo también es algo demasiado lógico, era pésimo estudiante: No hacía la tarea, no iba a clases y no estudiaba para los exámenes. No había explicación para que un estudiante de mi calaña tuviera un promedio de 98.7, y por si fuera poco: becado.

Todo iba relativamente bien gracias a mis hazañas, luego, cuando mi carrera universitaria ya estaba por concluir… Todo empezó a ir relativamente mal.

Tuve que tomar un curso de química orgánica avanzada con el profesor Antonio. Creo que el profesor ya conocía mi reputación y estaba de acuerdo con ella. Siempre me saludaba antes de entrar al salón de clases y me acariciaba el hombro, pero con una delicadeza extraña, yo ya sabía que ese hombre quería algo más, para mí no había ningún problema. Cuando el profesor se sentaba, yo solo le miraba la entrepierna y veía lo que me iba a tener que comer. No se veía muy grande, así que durante todo el curso no me preocupé por una posible dislocación en la quijada.

El examen final era sobre dibujar figuras, lo mismo que había hecho en las otras clases de química orgánica: Cuadros, triángulos, octágonos, etcétera. No sé, a los del departamento de química orgánica siempre les ha gustado jugar mucho con la geometría.

Dado que no quise entregar el examen en blanco, decidí dibujar figuras de todo tipo, incluso dibujé el rostro de un sujeto basándome solo en figuras ¡Estaba hecho un Picasso!

Al final de las evaluaciones el profesor me citó a su oficina. Se sentó en el escritorio y empezó su diatriba en mi contra. Que si la responsabilidad, que si el empeño…, puras estupideces, al final se me acercó y me acarició el hombro y la espalda.

—¿Cómo piensas arreglar tu situación?, ya estás a nada de graduarte —dijo, mientras seguía acariciándome el hombro.
—No lo sé profesor Antonio, ¿cómo quiere que arreglemos esto? —le dije.
Siempre que les digo eso me gusta mirarlos a los ojos e intentar poner una cara de lástima, siempre funciona. Tengo unos ojos fenomenales para este tipo de cosas, te lo digo en serio, si me vieras estos ojos llenos de ternura, a ti también se te antojaría una mamada mía.
—Bueno, no lo sé, tú dime, ¿crees tener lo necesario para presentar el examen extraordinario?, de una vez te digo que no es nada fácil —me dijo mientras ahora me acariciaba la oreja.

Estiré mi mano y empecé a acariciarle el paquete. Le bajé la cremallera y le saqué la verga, la tenía igual que yo, sentí algo de simpatía. Me la metí toda a la boca, empecé a succionar como un poseso mientras yo hacía unos gemidos para excitarlo más y que se viniera rápido.

Escuchamos unos ruidos en la oficina de enseguida, al parecer otro profesor fue a recoger algunas de sus cosas.

—No, espera, lo mejor será que lo hagamos en otro lugar más seguro, mira, esta es mi dirección —me dijo mientras escribía en una pequeño papel —Intenta llegar a las seis de la tarde, tenemos dos horas, mi esposa llega a las ocho, ¿vale?
—Sí, claro, allí estaré —le dije mientras le sonreía desde el marco de la puerta. Cerré la puerta y partí.

Ya estaba oscureciendo, iba rumbo a la casa del profesor. No podía creer que el hombre se haya podido comprar una casa en uno de los mejores barrios de la ciudad. Te lo digo, aquellas casas eran increíbles. Tenían un lindo jardín y unos ornamentos exteriores de lujo, todas lucían nuevas. Sin duda alguna el hombre estaba forrado.

Una vez que llegué a la dirección, abrí la reja, era jodidamente ruidosa. Caminé unos metros y toqué el timbre, me recibió mi profesor en trusa y con una cerveza en la mano.

—Pasa —me dijo.
—Muchas gracias — Me aseguré de sonreírle, yo podría ser un chupa vergas en serie, pero siempre procuré ser lo más profesional posible.

Mientras nos dirigíamos a la sala, el hombre empezó con una perorata que no tenía ningún sentido para mí, hablaba sobre el béisbol y de cómo Boston sería el equipo campeón de este año.

—¿Te gustaría un bocadillo?, sobre la mesa de la sala tengo un poco de carne seca —me dijo.
—No, muchas gracias, ya comí.

Yo miraba las fotografías en la pared. El hombre estaba casado con una especie mitad mujer, mitad manatí, aquella criatura rondaba los 150 o 200 kilogramos. Era enorme, sentí pena por él, tal vez por eso aceptaba el hecho de que yo le sacara brillo a su rifle. De hecho, tal vez por eso era tan fácil seducir a esos hombres, todos estaban casados con harpías obesas y viejas, pobres desgraciados, sentí mucha pena por ellos.

Mientras el hombre hablaba sentado en el sillón y mirando la televisión, yo me senté en sus piernas. De inmediato me empezó a acariciar el culo y me pude dar cuenta que me tenía unas ganas increíbles, monstruosas, como si hubiese estado esperando todo el ciclo escolar para este momento. Me empezó a besar y en un santiamén me empujó hacia su entrepierna.

Le bajé la trusa, no tuve que hacer mucho trabajo previo para provocarle una erección en la polla, ya estaba tan dura que parecía adolescente.

Empecé a succionar y a acariciarle la pierna y el abdomen. El hombre me empujó con fuerza hacía él, como si intentara asesinarme, me quería asfixiar en su éxtasis.

Ya llevábamos diez minutos, el hijo de puta gemía a gritos, como nadie nunca antes lo había hecho gritar, parecía que lo estaban matando. Era lógico, no es por presumir, pero siempre fui muy bueno en ello. Mientras seguía en la odisea, me causaba gracia mirarle el rostro, los ojos completamente en blanco, sentía que aquél hombre era la niña del exorcista y yo era el vicario de Dios encargado de sacarle todo el demonio a través de la verga.

Yo ya estaba concentrado, esa polla y yo ya éramos uno mismo. Estaba pasándomela genial, de hecho, hasta yo me había empezado a excitar. Todo iba relativamente bien, hasta que todo empezó a ir relativamente mal…

Ambos escuchamos el sonido de la reja de la casa, al parecer alguien venía:

—¡No!, mi esposa, seguro salió temprano de su grupo de apoyo —me dijo, luego me empujó a un lado —, ¡rápido, escóndete!
—¿¡Dónde!?
—No importa, donde sea, mi… —me dijo mientras se levantó con rapidez, pero el idiota olvidó que todavía tenía la trusa en los tobillos, tropezó y golpeó con una fuerza tremenda su cabeza contra el filo de la mesa de la sala. El hombre perdió el conocimiento de inmediato.

Me quedé impactado mirándolo mientras veía como salía de su sien un río color carmín. El hombre había muerto en el acto, al parecer el filo de la mesa le había roto una vena o alguna de esas cosas que tiene la cabeza, no había forma de salvarlo, mucho menos en esas condiciones.

¿Qué podía hacer?, escuchaba como la señora intentaba abrir la puerta, se estaba tardando un siglo. Por un momento pensé en ponerle un seguro o atrancarla, pero fue demasiado tarde… La mujer entró junto con su perro.

—Ya llegué cariño, ¿cómo estás? —preguntó.

Yo me quedé viéndola y ella me miró fijamente, su gesto estaba paralizado, como impactada. El corazón me latía con fuerza y solo estaba esperando a que gritara cuando viera el cadáver de su marido en el suelo.

—¿Mi amor?, ¿estás en casa? —volvió a preguntar.

En ese momento pude entenderlo, ¡la mujer estaba completamente ciega!

El perro, que al parecer era un lazarillo, caminó rápido hacia mí, no ladró ni nada por el estilo, no me prestó importancia. Supongo que le parecí una persona confiable, o tal vez yo todavía estaba impregnado de todos los fluidos de su ya occiso amo. El perro empezó a lamer el charco de sangre que rodeaba a mi profesor. No tuve más opción que dejarme llevar por la situación:

—Lo siento amor, no te escuché, estaba en el baño, ¿cómo estás? —le dije. Al mismo que intentaba engrosar un poco la voz.
—Antonio, ¿eres tú?, ¿qué te pasó en la voz?
—Hoy en la escuela le grité mucho a los alumnos, creo que me hizo daño en las cuerdas bucales. Fui con el médico y me recetó un antiinflamatorio, pero dice que voy a estar así algunas semanas. Pero no importa, nada grave, ¿cómo te fue en tu grupo?
—Muy bien, hoy Sofía, ¿la recuerdas? —me preguntó.
—Sí, claro.
—Bueno, ella nos contó que en la biblioteca no tienen ningún ejemplar escrito en braille, le pareció una ofensa, debatimos el tema y redactamos una petición para que la biblioteca consiga algunos. Apenas terminamos el asunto nos despedimos, por eso llegué temprano.

La mujer hablaba mientras iba camino a la cocina, yo aproveché para mover el cadáver fuera del camino, el perro ya había acabado con casi toda la sangre, ¡maldito animal enfermo!

Me disponía a salir corriendo de la casa, pero en eso se apareció frente a mí ese horrible monumento de obesidad mórbida.

—Mira amor, traje tu helado favorito, ¡Napolitano!
—¡Mmmm, qué rico! —dije, al instante pensé que fue algo estúpido, la voz le ayudó a localizarme de nuevo. Era como intentar escapar de un murciélago, un elefante con un radar de última generación integrado.

Empezó a caminar hacia mí de forma rápida, estaba emocionada. Apenas se topó conmigo me tomó del brazo y me tiró al sillón. Empezó a hablar de cosas sin sentido alguno para mí, me tomaba con mucha fuerza del brazo mientras se metía cucharones de helado a la boca y de vez en cuando me daba una a mí, debo admitir que estaba jodidamente bueno, no era mi favorito, pero nunca cae mal un helado.

—Amor, sería buena idea salir de vacaciones. Desde que nos casamos no hemos salido de esta casa, ¿no crees? —me dijo.
—Sí amor, sería bueno. Ya nos hace falta relajarnos un poco —le dije.

Su expresión dibujó un júbilo tremendo, mi respuesta le había agradado. Puso el bote de helado en el suelo y el perro corrió a lamer lo que quedaba. La mujer se abalanzó contra mí y me empezó a besar toda la cara, apenas encontró mi boca metió su lengua (todavía llena de helado) hasta el fondo. La mujer empezó a gemir, estaba muy caliente, la gorda, yo temía de ser lo siguiente en el menú.

—Ven, vamos a la habitación —me dijo.
Me tomó del brazo y me llevó a un cuarto donde me empujó a la cama. Cerró la puerta de golpe.
—No quiero que el perro entre —dijo.

Yo no podía ver muy bien, solo había poca luz que entraba desde una ventana que daba al patio. La mujer se empezó a quitar toda la ropa, era una abominación, el solo ver como la luz de luna contorneaba ese intento de figura hizo que me diera escalofríos. Era como la mascota de los neumáticos Michelin pero en más gorda.

Cuando terminó brincó encima de mí, para ser ciega era muy certera en sus movimientos, deduje que tantos años de vivir allí habían hecho que memorizara la casa hasta en el más mínimo detalle.

Me siguió besando mientras me quitaba la ropa, yo no podía quitar al tremendo animal que tenía encima, era como ser aplastado por las ruinas de un edificio después de un terremoto, incluso sentía como se me iba la respiración, ¿eso era lo que sentían las mujeres cuando un hombre las hace suyas?, no lo sé, pero era horrible.

Me sacó la polla y empezó a chuparla con un empeño que me hizo dudar de mi profesionalismo en aquella habilidad tan indispensable para abrirme puertas en esta vida. Por un momento sentí envidia, pero bueno, es normal en las gordas. Un amigo alguna vez me dijo que las gordas son las mejores mamándola porque no saben cuándo tendrán la oportunidad de tener una polla de nuevo en sus bocas. Supongo que esto lo aprendió antes del matrimonio, ¡era una profesional, no es broma!

Después de unos minutos se sentó en mi polla y empezó a brincar, o a intentar brincar, no pude definir el movimiento que estaba haciendo. Sólo sé que se movía de una forma graciosa mientras todos los pliegues de carne subían y bajan. Era una fuerza descomunal la que impactaba en mi entrepierna, debo tener una pelvis de acero o algo por el estilo, no sé cómo resistí tanto.

Esa fuerza sobrehumana ayudó a que me viniera rápido, unos momentos antes de ello, la costumbre me hizo avisarle:

—Oye, ya me voy a venir, deja me salgo —dije. Era obvio que tenía que pedir permiso, yo no podía salir por mi propia cuenta, no sin un equipo de rescate.
—¿De-de qu-e-e habl-a-as amo-r-r? —me dijo a la par que gemía.
—No estoy usando condón amor, déjame salir.

Cambió su gesto y se paró de golpe, miró a donde ella asumió que estaba mi cabeza y sonrió.

—Ja, ja. Amor, no creo que hacer bromas sobre tu esterilidad sea sano para tu salud mental. Hace unos años llorabas y hacías un drama, y mírate, ahora bromeando —me dijo. Luego siguió brincando sobre mi pelvis, esa maldita pelvis a prueba de balas.

Aumentó la velocidad, era como si dejaras caer una tonelada de masa por un acantilado, así se veían sus carnes. No podía distinguir si su piel cambiaba de color, estaba muy oscuro, pero lo más probable es que estuviera roja, el logo de Michelin color Elmo. Sentía a aquella mujer muy caliente, por uno momento pensé que iba a explotar.

El sudor de ella me caía en el pecho y en toda la cara. Era como si algún tipo de perro se estuviera sacudiendo el agua encima de mí. Estoy seguro que la cama ya estaba empapada. Me intenté contener pero no pude, gemí, grité, el trabajo estaba hecho. Había dejado a esa mujer más rellena que un pavo de navidad. Ella ni cuenta se había dado, estaba cegada por la lujuria.

Cuando intenté quitarla no pude, al parecer quería dos asaltos seguidos, estaba en modo animal. Eso de dos asaltos es algo que no es muy común en la naturaleza del hombre. Para mí desgracia sí era común en mí.

Después de 15 minutos terminó, me dijo que me amaba y me abrazó. Yo solo miraba el techo, estaba asustado, tenía miedo y debía buscar la forma de salir de allí.

Ya estaba entrada la noche, ese animal había empezado a roncar pero había dejado la mitad de sus carnes encima, las quité lentamente y me hice a un lado. Una cobija se enredó en mi pie y cuando intenté caminar sentí como perdí el equilibrio al mismo tiempo que escuché un chasquido en la rodilla. Empecé a gritar del dolor.

—¡Qué pasa amor! —me dijo, mientras se levantaba rápido. La había despertado.
—Mi rodilla, no sé qué pasó, creo que me la rompí o algo.
—A ver, deja la veo —me dijo. Sonreí, me hizo mucha gracia el comentario.
—No, no siento que esté rota, tal vez sea alguna luxación, deja voy por una pomada.

La mujer se levantó, era mi oportunidad para correr pero no pude, el dolor era demasiado. A los minutos volvió y me untó de la pomada, me puso una venda, o al menos lo intentó, luego me acostó en la cama y me puso las cobijas, empecé a sentir ternura, y con ello, mucha más lástima.

Estuvimos así varios días mientras me recuperaba, cada noche me hacía el amor. En las mañanas y tardes yo me sentaba en el sillón y miraba los partidos de béisbol, no me gusta el béisbol, pero hasta cierto punto intentaba simular que realmente estaba metido en el papel de mi difunto profesor.

A los siete días pude mover la rodilla con mayor facilidad, aún tenía algunas incomodidades. Pero hice el esfuerzo. No tanto porque tuviese prisa de irme, realmente me daban muchos cuidados, sino porque tenía que sacar el cadáver de mi profesor de la sala, ya tenía algunas larvas y empezaba a oler extraño. El frío ayudó a que no se apestara tan rápido.

Lo envolví en unas bolsas negras y salí al patio trasero a enterrarlo. No es fácil enterrar un cadáver, en las películas se ve sencillo, pero puedes tardar muchas horas, sobre todo si eres malo cavando (como era mi caso).

Ya era muy tarde, me metí a la casa y ya me iba a ir cuando en eso llegó la mujer. Estaba llorando.

—¿Qué te pasa? —le dije. Entre sollozos me intentó explicar lo que pasaba.
—Hace dos días fui a una cita con el oftalmólogo. Me pidió unos análisis de sangre y me recetó unas gotas que se supone ayudarían a que no se me irritaran tanto, hoy fui por los resultados del análisis. Amor, es un milagro… ¡Estoy embarazada!

No podía creer lo que estaba escuchando, ¡iba a ser padre!, la alegría invadió mi corazón, ella corrió (o rodó) hacia mí, me besó con fuerza.

—Amor, ¡es un milagro! —repitió.
—Sí amor… es un milagro.

* * *

Recuerdo todavía aquél comercial de la televisión local antes de que empezara el juego de Boston contra los piratas de Pittsburgh. El anuncio hablaba sobre un chico de 22 años de la facultad de ciencias, llevaba varios meses desaparecido, nadie había podido dar con él.

Yo veía a aquella mujer feliz con su embarazo, todas las noches me hacía el amor y me contaba de los ultrasonidos, incluso un día me trajo un archivo de vídeo que le había dado el médico para que yo lo pudiera ver y le contara a detalle cómo era nuestro hijo.

Pasaron los meses, ella dio a luz, nunca nos faltó el dinero. Con el tiempo descubrí que ella era la que estaba forrada, al parecer había heredado una gran fortuna cuando fallecieron sus padres en un accidente, siempre había estado sola y la depresión fue la que la hizo engordar, al menos esas fueron mis conclusiones.

No pude salir nunca de la casa porque no quería que la policía me encontrara hasta por lo menos conocer a mi hijo, así que no pude estar en el hospital el día que ella dio a luz, no lo vi hasta que lo trajo a casa. Con el tiempo lo sentí parte de mí, porque de hecho ese hijo era parte de mí. También con el tiempo me di cuenta que terminar la carrera tal vez no lo era todo en la vida. Ya no recordaba cuanto tiempo llevaba sin llevarme una polla a la boca. Antes un chupa vergas serial, hoy un padre de familia.

Mi hijo creo que le devolvió el rumbo a mi vida, aquél que para ser sincero nunca había tenido.

Llevo encerrado en esta casa ya casi dos años, nunca he salido, me siento como la princesa Rapunzel. La mujer, para ser ciega, sabe arreglárselas sola.

Hoy mi hijo cumple su primer año. Mi esposa le ha comprado un pequeño pastel y le ha puesto una vela, ha empezado a cantar: Feliz cumpleaños a ti, feliz cumpleaños a ti, feliz cumpleaños querido Antonio, feliz cumpleaños a ti.

Veo la llama en la vela y como se va extinguiendo poco a poco, ¿debería soplar la vela?, miro el reflejo de la llama en los ojos ciegos de la mujer, miro el reflejo de la llama en los ojos de mi hijo, parece sonreír.

Soplo, la oscuridad vuelve a reinarlo todo…

Querido diario: Gracias a la química inventé el pastel de licuado.

Mi dentista, la muy desgraciada, se fue de «vacaciones» a Alemania para la boda de su hija. Vale, muy lindo el amor y demás, pero se olvidó que me tenía de su pendejo aquí esperándola para que me hiciera el ajuste mensual de mis hermosos y muy dolorosos brackets.

Como sea, creí que podía aguantar un mes sin ella, pero resulta que el canino derecho ha experimentado cierto movimiento con el tratamiento, lo cual es bueno, eran los únicos dos dientes que me interesaba arreglar, los demás estaban perfectos. El problema es que este movimiento deja más expuesta y sensible la encía, lo que genera un doloroso efecto al que los dentistas llaman «diente destemplado». Que como podrán imaginar, el frío es algo que te llega desde la encía hasta el cerebro y te mueres siempre que comes algo a una temperatura menor a un millón de grados Celsius.

También he de decir que yo soy una persona que toma decisiones demasiado estúpidas, el mejor ejemplo es que para mitigar el dolor he estado poniéndome en un elevado y muy cuestionable estado de ebriedad, no por ser alcohólico, para nada, sino con fines clínicos.

Esto me ha generado gastritis, esa horrible sensación de que todo te duele cuando tragas o que sientes la boca del estómago en llamas, era de esperarse, ya tantos años tomando y ahora subiéndole la cantidad… ¿A mi edad?, yo ya soy anciano, no puedo estar jugándole al vergas sin que mi salud sea la principal afectada.

Lo más inteligente sería ir con el médico para que me recetara algo, pero:

1.- No me gusta ir al médico (los considero estúpidos).

2.- Si me llega a recetar algo irá a acompañado de su consejo de vida: «ya deja de tomar».

3.- Me va a cobrar por algo cuya cura la puedo sacar yo con mis poderosos conocimientos de química.

Y el punto clave es el tercero: La maravillosa química que nunca me ha decepcionado.

Busqué en mi alacena y refrigerador por algún alimento y/o condimento alcalino, algo que no encontré pues al parecer mi familia decidió volverse devota de la inanición, ergo, yo me voy al carajo junto con ellos.

Mientras creía que la acidez estomacal iba a terminar conmigo, encontré al fondo de la alacena un hermoso paquete de polvo para hornear, y grité: ¡Eureka! (bueno, no grité, pero lo pensé lo cual es lo mismo).

Para los que no sepan, el polvo para hornear está mayormente conformado por bicarbonato de sodio (NaHCO3). Una sal alcalina que se usa en muchos platillos donde se ve involucrada la masa. Esto es porque cuando el bicarbonato se ve expuesto al calor o entra en contacto con otros componentes, tarde o temprano experimenta una reacción de descomposición en la que libera CO2, y eso hace que la masa sea esponjosa y chingona. Pero como dije, el bicarbonato también es conocido por ser alcalino. Y como bien sabrán: Alcalino es lo mismo que básico, es decir; el antagonista por antonomasia del ácido.

El problema es que yo no tengo los huevos para comerme una cucharada de polvo para hornear, así que decidí buscar algo con que diluirlo que no fuera agua. En mi búsqueda terminé encontrando leche y también encontré una bolsa como de dos kilos de fresas congeladas… La conclusión era sencilla: Un licuado de fresas y luego echarle el polvo para hornear.

Puse la leche en la licuadora y saqué las fresas del congelador, se las iba a poner cuando entonces tuve una epifanía de las viejas clases de química analítica que tuve en la universidad, en la cual en una de ellas teníamos que sacar el pH de determinadas sustancias, y claro, una de ellas era la leche, la cual al final obtuvo un valor por debajo de 7, es decir: ácida.

Eso me hizo entrar en una crisis existencial, porque también recordé que la leche adquiere esa desviación de pH debido al ácido láctico que contiene, la pregunta era: ¿Cuánto de ácido láctico contiene la leche?, y es súper importante por esta sencilla razón:

Si mi idea es tragar polvo para hornear con la idea de que neutralice el ácido estomacal, ¿qué me asegura que la relación estequiométrica de polvo no es otra cosa que la necesaria sólo para neutralizar el ácido láctico en la leche?, ¡booom!, ¡blow mind!

Corrí rápido a mi cuarto en busca de mi celular para hacer las búsquedas de la concentración promedio de ácido láctico en la leche, el dato rondaba en 1.4 g/L, pero pues no toda la leche es igual, dado que no tenía fenolftaleína para hacer la titulación del ácido en la leche, decidí recordar y hacer unos cálculos mentales:

En teoría se supone que el proceso en alimentos para la titulación del ácido láctico suele ser con hidróxido de sodio (NaOH) y la relación estequiométrica es 1:1, es decir, un mol de ácido láctico sale a bailar con un mol de hidróxido de sodio. Sin embargo, para el bicarbonato no tiene qué ser así, pero hice una homóloga entre el ácido clorhídrico del estómago y el bicarbonato, y esa sí es muy sencilla:

HCl + NaHCO3 → NaCl + H2O + CO2

El razonamiento me llevó a la conclusión de que también es 1:1, ergo, sólo necesitaba el volumen de leche. Me apuré, porque ya llevaba como media hora haciendo cálculos y estimaciones, la leche se estaba calentando y el estómago me estaba matando.

Medio litro de leche era equivalente a 0.7g de ácido láctico, sólo necesitaba el peso molecular (90.08 g/mol) para saber que los moles que le correspondían eran algo así como 0.00777 moles de ácido láctico, ergo, la misma cantidad de moles en bicarbonato, y claro, una cantidad extra basándome en la cantidad de ácido clorhídrico que debía neutralizar en mi estómago, es decir:

0.00777 + x = n moles de NaHCO3

Además había que considerar lo siguiente:

Yo no conozco la relación peso/peso entre el bicarbonato y el polvo para hornear, dicho de otra forma: Ese polvito blanco tiene un determinado porcentaje de bicarbonato, ¿cuánto es ese porcentaje?

Además, ¿cuánto del ácido clorhídrico debo neutralizar?, ¿es sano si dejo mi estómago hecho pura agua con sal? (resultados de una reacción de neutralización).

Total, los problemas habían aumentado el doble, y lo peor es que no tengo muchos instrumentos de laboratorio en mi casa (les prometo que los tendré algún día, y ese día mi vida en la cocina será mucho más sencilla).

En fin, revisé la información del producto y la única pista que me daban era que el total de peso eran 100 gramos, pero, 20 gramos correspondían al peso de sodio puro. Obvio ese sodio no sólo formaba parte del bicarbonato (recordar que el bicarbonato sólo tiene un átomo), sino que también formaba parte del cloruro de sodio (sal, NaCl).

¿Cómo iba a salir de esta?, fácil, tenía un sistema de ecuaciones de 2×2, también faltaba saber cómo medir gramos de una forma sencilla.

Conozco el peso atómico del cloro, del sodio, del carbono, oxígeno e hidrógeno, si 20 gramos son de puro sodio, 10 corresponden a la sal y 10 al bicarbonato, cada uno de esos compuestos no van solos, uno tiene el cloro, y bueno, el bicarbonato tiene lo que ya dije.

Si convierto 20 gramos de sodio en átomos y divido entre dos, tengo las dos ecuaciones, juntas suman un tanto que corresponde a la masa de ambas moléculas n veces. Sólo tendría que extraer de allí el peso del bicarbonato (la mitad) y dividir entre la masa total del bote (100 gramos).

Ahora sólo tenía el problema del ácido clorhídrico estomacal (para integrarlo a la ecuación general), y claro, tenía el hecho de que no tenía nada para pesar con exactitud el bicarbonato.

Lo del ácido lo resolví buscando un libro llamado «Fisiología de los sistemas endocrino y digestivo», pero estaba en el celular, y la descarga se veía pesada y además no podía leer bien, así que fui por mi computadora, mi calculadora científica y mi cuaderno.

Estaba haciendo los cálculos a toda velocidad cuando sentí como cayó una gota de sudor en mi cuaderno, ¡la leche también se estaba calentando!

La toqué y ya estaba a temperatura ambiente, esto iba a cambiar más las cosas, es obvio que si existe algún crecimiento bacteriano dentro de la leche va a aumentar su acidez y eso iba a mermar mis cálculos, debí haberla dejado en el refrigerador, pero tampoco sabía que el problema iba a estar tan apasionante.

No me importó la ciencia ni la exactitud, eché medio bote de polvo para hornear y luego metí las fresas, pero las pendejas ya estaban semi descongeladas, así que cuando incliné la bolsa se me fueron un millón de ellas hasta que se llenó la licuadora, eché muchas cucharadas de azúcar y empecé a licuar.

Tanta fresa sin nada de líquido formo una pasta rosada con la misma textura que el puré de papás de KFC, además burbujeaba… Parecía que tenía vida.

Lo serví en un plato porque ya no se podía beber, y allí estaba yo, viendo como el CO2 salía de la mezcla y formaba burbujas, «no puede estar tan malo», pensé. Me metí una cucharada y ¡oh por dios!, sabía a pura sal, además de que me empezó a doler el diente y se me congeló este inútil y bueno para nada cerebro.

Me lo tragué más a fuerzas que con ganas, más que nada porque igual aquí no se tira la comida y si me ven tirando algo me matan.

Y así quedó, ahora estaba asqueado, me dolía el diente y me fui a acostar mientras ya me llegaban mensajes para salir otra vez a tomar, tuve que decir que no.

Me acosté y me puse a leer un libro, en eso vino mi mamá al cuarto, le dije que tenía gastritis y me dijo que me tomara una ranitidina.

– ¿Qué es eso?

– Es un medicamento que inhibe la producción de ácido estomacal.

– Oh… ¿Y tenemos de eso?

– Sí, como 20 cajas, si no quieres igual te tomas un sal de uvas.

¿Sal de uvas?… alka seltzer… burbujas… efervescencia… ¡Puta madre!, la sal de uvas es también bicarbonato de sodio.

Ay no, muero, soy tan imbécil, debí ir a la tienda a comprarme uno. Debo quitarme esta mañana de intentar reinventar mi propia versión de la farmacología y la medicina general.

#PeaceOut.

Vegano de clóset: Geoduck, curiosidades y más.

No me gustan las alitas, no me gusta la carne asada, de hecho, cualquiera pensaría que soy vegano, y la verdad yo sí me considero vegano de clóset, sólo como carne en hamburguesa – no puedo evitarlo –, como pollito si y sólo si no está en piezas, si me lo das en piezas no me lo voy a comer – excepto si es KFC, perdón, no puedo evitarlo, víctima de la mercadotecnia y del puré de papas –. El pescado sólo lo como en filete, si me haces tocar una espina me haces recordar que es un ser vivo y me pongo paranoico, además soy gordo, no mastico, me puedo ahogar con una espina de pescado. Los camarones sin problemas, allí sí soy un maldito asesino sádico, con limón, clamato, ¡ufff, papi! – gusto culposo –.

Siempre he sentido un cariño por los animales, sí los he asesinado y así, pero en general no ando por las calles matando animales por diversión, todos los que he matado fue para aprender o por venganza, se me hace un acto burdo andar matando animalitos para comer, y más si los matas para comerlos en un platillo asqueroso – como la carne asada –, ¿te gustaría ser asesinado para terminar en la parrilla de unos buchones o en un platillo súper bien preparado por las manos de Gordon Ramsay en la final de masterchef?, coherencia señores, coherencia y dignidad a los animalitos.

Siento una repulsión muy fuerte por la gente que come animales bonitos o que tienen mucha ingeniería detrás. Por ejemplo los putos chilangos y su gusto por los chapulines, ¿qué carajos les pasa?, yo creo que la anatomía y la biofísica del chapulín es mucho más compleja que la de un ser humano, ¿cómo vergas vas a guisarlos y echarles chile con limón?, no seas pendejo, cómete la mano, puto chilango prieto, enano y sucio.

Total, menciono todo esto porque estaba en facebook y me topé un vídeo de una mujer asiática comiéndose una cosa que se movía, para ser honesto no sabía qué era, pero tenía forma de pene y soltaba mucho líquido – como los penes –, era prieto – como los penes – y se veía venudo y apetitoso – como un delicioso pene –.

Me puse a estudiar el animal algunos días – justo terminé hoy en la mañana – y sólo puedo decir que estoy muy, pero muy encabronado, lo que le sigue.

El animal se podría decir que es una almeja, de hecho, aquí en México se llama «almeja chiluda» – cuz fucking mexicans –, aunque el nombre oficial es «Geoduck» (Panopea generosa). No, no es la combinación de Geo (tierra) y Duck (pato) – lo menciono porque todos piensan eso – , proviene de una etimología asiática que no vale la pena mencionar.

El animal no es cualquier cosa, al parecer es un «alimento de temporada» y es un manjar para los asiáticos, pagan mucho dinero por una libra de ese animal. En MarxFoods.com están valuados en 168 dólares la pieza de dos libras.

Pero independientemente del sabor – el cual dicen que es muy ligero –, lo que me molesta es que es un animalito que sólo por la caza furtiva, el movimiento clandestino y otros detalles, ya la tienen entrado como especie en riesgo.

La anatomía del animal es bonita, vi mucha mecánica de fluidos muy interesante en su cuerpo. Además de que es uno de los animales más longevos de la tierra. Se ha detectado que algunos han llegado a vivir 168 años, ¡mucho!

¿Cómo te vas a meter a la boca una obra de ingeniería de mecánica de fluidos de casi 200 años?, es como cagarte en la Gioconda.

Estoy muy triste y de mal humor. Además me enteré que para «sanar» el problema ahora lo que se hace es hacer que los animalitos crezcan en una granja y luego ya los venden para ser brutalmente asesinados.

En fin, ya me voy a tomar limonada y comer un panecito, no quiero saber nada de ustedes y sus putos gustos asquerosos.

Si quieren saber más les recomiendo el documental que vi llamado: «3 Feet Under – About Geoducks Clams». También pueden leer los artículos llamados: «Pacific Geduck resilence to natural pH variation» y «Juvenile Geoduck, predator protection with tubes: Asessing effects of tube diameter, length, and mesh size on growth and survivorship». Y bueno, el más interesante en cuanto al tema de mercado: «From cannery to culinary luxury: The evolution of the global geoduck market».

Y otro libro que dejé como a la mitad: «Shell games: Rogues, Smugglers, and the Hunt for Nature’s Bounty».

Y para ver el lado más duro: «The Structure and Behaviour of Hiatella gallicana (Lamarck) and H. arctica (L.), with special reference to the Boring Habit».