Rumbo a los cien años de Asimov [24]: Robert Anson Heinlein.

En mis primeros dos años con John Campbell, conocí a una serie de personas que con el tiempo se convertirían en estrellas de primera magnitud de la ciencia ficción. Las amistades creadas de esta manera, como todas las que hice dentro de la comunidad de la ciencia ficción, duraron toda la vida.

El motivo es que todos nos sentíamos parte de un minúsculo grupo denostado y calumniado por la gran mayoría, que no llegaba a comprendernos. Así que nos unimos en busca de seguridad y calor y formamos una hermandad que nunca falló. Tampoco nos convirtió en enemigos la competencia por las ventas. Se podía ganar tan poco dinero en el campo de la ciencia ficción que no valía la pena competir por ello. En realidad escribíamos por amor al arte. En la actualidad me temo que es diferente. El número de escritores de ciencia ficción se ha multiplicado por diez desde 1939 y las cantidades de dinero que se obtienen en concepto de adelantos, ventas de películas, etc., a veces son astronómicas. Me parece que en estas condiciones el viejo sentimiento de hermandad no puede existir.

En algunos aspectos, mi amigo más importante fue Robert Anson Heinlein. Era un hombre muy guapo, con un bigote perfectamente recortado, una sonrisa amable y tan cortés que siempre me hacía sentir especialmente tosco cuando estaba con él. Yo hacía el papel de campesino y él, de aristócrata. Heinlein había servido en la marina de Estados Unidos, pero en 1934 fue licenciado por invalidez debido a su tuberculosis. En 1939, cuando tenía treinta y dos años (un poco tarde para un escritor), se dedicó a la ciencia ficción y su primer relato, Lifeline (ASF, agosto de 1939), se publicó un mes después de uno mío titulado Trends. Desde el momento de su aparición, el mundo de la ciencia ficción, atónito, lo aceptó como su mejor escritor, y mantuvo este privilegio durante toda su vida. Desde luego, yo estaba impresionado. Fui de los primeros en escribir cartas de elogio para él en las revistas.

De inmediato se convirtió en el pilar principal de ASF y él y Campbell se hicieron amigos íntimos, aunque parece que Heinlein impuso para esa amistad la condición de que Campbell nunca rechazara ninguna de sus narraciones. Heinlein jamás superó su licenciamiento de la marina. Al conocer la noticia de Pearl Harbor, intentó alistarse, pero le rechazaron. Por tanto, se trasladó al Este para poder ayudar en su condición de civil. Se las arregló para situarse en la Naval Air Experimental Station (NAES) y buscó a otros científicos e ingenieros brillantes que pudieran unirse a él. Reclutó a Sprague de Camp (del que hablaré extensamente más adelante) y también a mí me ofreció un trabajo. Al final, después de muchas dudas, que describiré más tarde, acepté.

Mi amistad con Heinlein, dicho sea de paso, no mantuvo el mismo curso uniforme y sin altibajos que siguieron todas mis relaciones de la ciencia ficción. Que esto iba a ser así se vio de inmediato en cuanto trabajamos juntos en la NAES. Nunca discutí abiertamente con él (trato de no hacerlo con nadie) y nunca le volví la espalda. Hasta que Heinlein murió, no dejamos de saludarnos calurosamente siempre que nos encontramos.

Sin embargo, en nuestra amistad ha habido una cierta reserva. Heinlein no era un individuo complaciente y tolerante como los demás escritores de ciencia ficción que conocía y que me gustaban. No era partidario del vivir y deja vivir. Tenía el convencimiento de que él sabía más y se empeñaba en enseñarte para que estuvieras de acuerdo con él. Campbell hacía lo mismo, pero a este no le preocupaba que al final siguieras estando en desacuerdo con él, mientras que Heinlein, en semejantes circunstancias, se volvía hostil. No me llevo bien con la gente que está convencida de que sabe más que yo y que me acosa por eso, así que empecé a evitarle.

Además, aunque durante la guerra fue un liberal convencido, nada más finalizar esta se convirtió en un conservador reaccionario e inamovible. Eso sucedió en el mismo momento en que sustituyó a una esposa liberal, Leslyn, por otra conservadora y reaccionaria, Virginia. Ronald Reagan hizo lo mismo cuando cambió a su mujer, Jane Wyman, liberal, por Nancy, ultra conservadora, pero siempre he pensado que Ronald Reagan es un descerebrado que repite las opiniones de cualquiera que esté cerca de él.

No puedo explicar el caso de Heinlein de la misma manera, ya que no creo que siga las opiniones de sus esposas a ciegas. Solía pensar en ello perplejo (por supuesto, nunca se me habría ocurrido preguntar a Heinlein; estoy seguro de que no me hubiera respondido, y habría demostrado la mayor hostilidad), y llegué a una conclusión: nunca me casaría con alguien que no estuviera de acuerdo, en términos generales, con mis opiniones políticas, sociales y filosóficas.

Casarse con alguien con opiniones completamente diferentes sobre estos principios básicos supondría buscarse una existencia llena de discusiones y controversias, o bien (cosa en cierto modo peor) llegar al acuerdo tácito de no discutir nunca de estos temas. Pero no creo que haya ninguna posibilidad de llegar a un acuerdo. Desde luego yo no mudaría de opinión sólo por mantener la paz del hogar y no querría una mujer tan poco firme en sus convicciones que fuera capaz de hacerlo. No, yo quería una esposa compatible con mis ideas, y debo decir que esto ha sido así en el caso de mis dos mujeres.

Otra cuestión acerca de Heinlein es que no era de esos escritores que, tras encontrar un estilo determinado, siguen siendo fieles a él durante toda su vida, a pesa de que las modas cambien. Ya he dicho que E. E. Smith era de esos y debo admitir que yo también. Las novelas que he escrito últimamente son del mismo tipo de las que escribí en los años cincuenta. (Muchos críticos me han censurado por ello, pero les haré caso el día que el cielo se desplome sobre nuestras cabezas). Heinlein intentó evolucionar con los tiempos, así que sus últimas novelas no desentonaron por lo que se refiere a las modas literarias posteriores a los sesenta. Digo que «intentó» porque pienso que no lo logró. No soy quién para juzgar la obra de otros escritores (ni siquiera la mía) y no me gusta hacer afirmaciones subjetivas sobre ellos, pero me veo obligado a admitir que siempre deseé que Heinlein hubiera mantenido el estilo de relatos como Solution Unsatisfactory (ASF, octubre de 1941), que escribió bajo el seudónimo de Anson McDonald, y de novelas como Double Star (Estrella doble), publicada en 1956, que para mí es su mejor obra.

Destacó también más allá del mundo limitado de las revistas de ciencia ficción. Fue el primero de nuestro grupo en abrirse paso en las revistas «satinadas», al publicar The Green Hills of Earth en The Saturday Evening Post. Durante algún tiempo le tuve bastante envidia, hasta que me convencí de que él estaba llevando adelante la causa de la ciencia ficción y facilitándonos el camino a todos los demás. Heinlein estuvo también metido en una de las primeras películas que intentaban ser al mismo tiempo inteligentes y de ciencia ficción: Con destino a la luna. Cuando los Escritores de Ciencia Ficción de América empezaron a entregar sus premios Gran Maestro en 1975, Heinlein recibió el primero por aclamación general.

Murió el 8 de mayo de 1988 a la edad de ochenta años. Su fallecimiento fue muy sentido incluso en ámbitos ajenos a la ciencia ficción. Se mantuvo firme en el primer puesto como el más grande escritor de este género. En 1989, se publicó a título póstumo su libro Grumbles from the Grave. Se trata de un epistolario formado por cartas que escribió a los directores y, sobre todo, a su agente. Lo leí y negué con la cabeza, deseé que no se hubiese publicado, ya que Heinlein (al menos me lo parecía a mí) revelaba en esas cartas una mezquindad de espíritu que había visto en él en la época de la NAES y que no debió ser revelada al público en general.


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Rumbo a los cien años de Asimov [23]: John Wood Campbell, Jr.

John Wood Campbell, Jr., nacido en 1910, tenía sólo nueve años y medio más que yo, aunque cuando le vi por primera vez pensé que no tenía edad. Era un hombre alto y grande, con el pelo claro, la nariz ganchuda, la cara ancha, los labios delgados y un cigarrillo en una boquilla permanentemente encajada entre los dientes.

Era locuaz, terco, inconstante y despótico. Hablar con él significaba escuchar un monólogo. Algunos escritores no lo podían aguantar y le evitaban, pero me recordaba a mi padre, así que yo le escuchaba todo lo que fuera necesario. Como tantas personalidades brillantes de la ciencia ficción, tuvo una infancia desgraciada. Nunca supe los detalles porque nunca me dijo nada, y si alguien no me lo cuenta, yo no pregunto. Por un lado, no se me da bien curiosear y por otro, prefiero hablar de mí antes que de los demás.

Campbell asistió al MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts) pero nunca terminó sus estudios. Según creo, no pudo con el alemán. Se trasladó a la Universidad Duke de Carolina del Norte, muy conocida en mi juventud por el trabajo de Joseph B. Rhine sobre la percepción extrasensorial y que posiblemente influyó en las ideas posteriores de Campbell sobre el tema.

Su primer relato publicado fue When the Atoms Failed, en el número de enero de 1930 de Amazing. En aquella época el escritor más famoso de ciencia ficción era Edward Elmer Doc Smith, quien relataba «historias de superciencia». Smith fue el primero que escribió sobre viajes interestelares en Skylark o Space (Amazing, agosto septiembre y octubre de 1928) y Campbell quería imitar con sus cuentos de héroes superhombres que recorrían sin descanso estrellas y planetas. Con Piracy Preferred (Amazing, junio de 1930) empezó su famosa serie Wade, Arcot y Morey, que le situó casi al nivel de Smith.

Smith continuó escribiendo sus relatos de superciencia hasta que murió en 1965, a los setenta y cinco años. Fue uno de los escritores de ciencia ficción más queridos, pero no pasó de ahí. Sus primeros relatos estaban diez años adelantados a su tiempo, y sus últimos, diez años retrasados, aunque Campbell siguió publicándolos fielmente en Astounding.

Por otro lado, Campbell se cansó de la superciencia y buscó otros temas. En 1936 y 1937 escribió para Astounding un relato en dieciocho entregas que trataba de los últimos avances científicos sobre el Sistema Solar. Fue una de las primeras incursiones de un escritor de ciencia ficción en el campo de la ciencia real.

Más importante fue el cambio que imprimió al estilo de sus obras. En vez de superciencia, empezó a escribir relatos de humor; eran tan radicalmente diferentes de sus primeros relatos que tuvo que utilizar un seudónimo para evitar la ira de los lectores que los compraban pensando que serían superciencia. Su seudónimo era Don A. Stuart, una variación del nombre de soltera de su primera mujer, Dona Stuart. El primer relato escrito bajo este seudónimo fue Twilight (Astounding, noviembre de 1934), todo un clásico.

Abandonó sus relatos de Campbell y continuó con la línea de Stuart hasta que publicó Who Goes There? (Astounding, agosto de 1938). Puede que éste sea el mejor relato de ciencia ficción de todos los tiempos. Para entonces ya había descubierto su verdadera vocación. En 1938 se convirtió en director de Astounding y lo siguió siendo durante el resto de su vida. Enseguida cambió el nombre de Astounding Stories por el de Astounding Science Fiction (por lo general citada como ASF).

Fue la mayor autoridad en el género que haya existido nunca, y durante su primera década como director mantuvo el dominio absoluto de este campo. En 1939 creó Unknown, una revista dedicada a la fantasía para adultos que era única y maravillosa, pero la escasez de papel de la Segunda Guerra Mundial acabó con ella.

Durante aquella maravillosa década descubrió y promovió a una docena de escritores de ciencia ficción de primer nivel, incluido yo mismo. Parecía imposible que aquel gigante se hundiera en el ocaso, pero lo hizo. Su éxito, que proporcionó a la ciencia ficción una nueva respetabilidad al contar relatos de científicos e ingenieros en vez de versar sobre aventureros y superhéroes, provocó la aparición de la competencia. En 1949, The Magazine of Fantasy and Science Fiction (F & SF) salió a la calle bajo la dirección de Anthony Boucher y J. Francis McComas, y fue todo un éxito. En 1950, Galaxy Science Fiction, dirigida por Horace L. Gold, apareció en el mercado y también evolucionó favorablemente. Campbell, a la sombra de ambas, inició el declive.

El ocaso de Campbell fue acelerado por sus propios cambios de orientación. Le gustaba moverse por los límites de la ciencia y deslizarse más allá de la pseudociencia. Parecía tomarse en serio los platillos volantes, las facultades «psiónicas» como la percepción extrasensorial (la influencia de Rhine) e incluso insensateces como el «mecanismo de Dean» o la «máquina de Hieronymus». Sobre todo, abanderó la «dianética», una especie de tratamiento mental nada convencional inventado por el escritor de ciencia ficción L. Ron Hubbard. Sus principios fueron publicados por primera vez en un artículo titulado Dianetics (ASF, mayo de 1950).

Todo esto influyó en el tipo de relatos que Campbell compraba y, en mi opinión, hizo que la revista empeorara. Varios autores escribían artículos pseudocientíficos para asegurar sus ventas a Campbell, pero los mejores abandonaron, yo entre ellos. No dejé de escribir del todo para él, ni nuestra amistad se rompió, pero hubo un cierto distanciamiento, ya que yo no aceptaba sus extrañas opiniones y se lo decía.

Escribí un relato titulado Belief (ASF, octubre de 1953) que hablaba de las facultades «psiónicas» a mi manera. Después de muchas discusiones acepté cambiar el final por él, pero nunca se lo perdoné. Campbell continuó editando ASF, cuyo nombre cambió por el de Analog a principios de los sesenta, hasta su muerte, el 11 de julio de 1971 a la edad de sesenta y un años. Sin embargo, durante los últimos veinte años de su vida, no fue más que una sombra de lo que había sido.


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Rumbo a los cien años de Asimov [22]: Mis primeras ventas.

Hasta que no tuve diecisiete años no se me ocurrió que debía crear narraciones con un final definido en vez de inventar cosas al azar. Empecé un relato de esos en mayo de 1937; se llamaba Cosmic Corkscrew; avanzaba a rachas, y a veces permanecía relegado en el cajón de mi escritorio durante meses. Pero a principios de 1938 Astounding cambió su fecha de aparición sin avisar y no llegó en el día esperado. Temí que hubiese dejado de publicarse, llamé a Street & Smith y descubrí que se iba a publicar otro día. El pánico momentáneo que me había producido el pensar que la revista había desaparecido me hizo sacar del cajón Cosmic Corkscrew y terminarlo. Quería presentar la narración mientras siguiera habiendo algún lugar donde poder hacerlo. La terminé en junio de 1938.

¿Por qué esta prisa repentina por enviarla? Para 1938 estaba harto de todos los folletines menos de los de ciencia ficción. Leía exclusivamente este género y sus escritores estaban empezando a parecerme semidioses. Yo también quería ser un semidiós. Además, si vendía alguno de mis relatos, podría ganar algo de dinero y deseaba ardientemente poder pagar parte de la enseñanza universitaria sin recurrir a mi padre.

Durante el verano de 1935 había tenido un trabajo temporal, pero fue insoportable y prefería mucho más ganar dinero con la máquina de escribir. Pero una vez terminado el relato, ¿cómo presentarlo? Mi padre, con menos mundo que yo todavía, sugirió que fuera a ver en persona al director y le entregara el manuscrito. Le dije que estaría demasiado asustado para hacer algo así. (Me imaginaba al director expulsándome de la oficina con frases ofensivas). Mi padre dijo:

—¿De qué hay que tener miedo? —Claro, él no iba a ir.

Para mí, obedecer a mi padre era una costumbre arraigada desde hacía mucho tiempo, así que fui en metro hasta Street & Smith y pedí ver al señor Campbell. No me lo podía creer cuando la recepcionista le llamó y después me dijo que el director me recibiría. Esto fue posible gracias a que yo no era un desconocido para él. Había estado recibiendo y publicando mis cartas, así que sabía que yo era un gran aficionado a la ciencia ficción. Además, como descubrí después, era un conversador incansable que necesitaba audiencia y en ese momento pensó que yo le escucharía sin chistar.

Me trató con el mayor respeto, cogió mi manuscrito, prometió que lo leería con rapidez y mantuvo su promesa. Me lo devolvió casi a vuelta de correo, pero su carta de rechazo era tan amable que empecé a escribir otro relato de inmediato, se llamó The Callistan Menace. Sólo me costó un mes escribirlo. A partir de entonces, escribí uno al mes, y lo enviaba a Campbell. Él lo leía y me lo devolvía con comentarios muy útiles. Hasta el 21 de octubre de 1938, exactamente cuatro meses después de mi primera visita a Campbell, no logré vender mi tercer relato, Marooned off Vesta, pero no a Campbell, que lo había rechazado. Lo vendí a Amazing Stories, cuyo nuevo dueño, Ziff-Davis, decidió publicar relatos de acción y, al bajar la calidad, incrementó la tirada.

Amazing Stories estaba dirigida por Raymond A. Palmer, un jorobado de 1,20 metros con una mente muy viva y muy poco ortodoxa. Años después creó, casi sin ayuda, la locura de los platillos volantes y se dedicó a la publicación de revistas de seudociencia. Murió en 1977 a los sesenta y siete años. Nunca lo conocí en persona, pero fue el primer director que compró una de mis narraciones, y andando el tiempo él lo contaba con orgullo.

Cobré 64 dólares por ella y apareció en el número de marzo de Amazing. La revista llegó a los quioscos el 9 de enero de 1939, una semana después de mi decimonoveno cumpleaños. Mi padre envió pomposas cartas a todos sus amigos (yo no me enteré de que lo había hecho) y parecía dispuesto a seguir haciéndolo con cada relato que lograra vender. Me costó mucho conseguir que dejara de hacerlo. Después, vendí mi segundo relato, Callistan Menace, a Fred Pohl y apareció en el número de abril de 1940 de Astonishing. Nunca vendí mi primera narración Cosmic Corkscrew ni cualquier otro de mis primeros siete relatos. Ninguno de ellos existe ya.

Sospecho que cuando me fui de la ciudad en 1942 (por razones que diré después), mi madre, ignorando lo que tenía, los tiró. Desde el punto de vista literario no era ninguna pérdida, más bien el mundo ganó con su desaparición. Pero, históricamente, fue una pena. Siempre existe un cierto interés por las obras juveniles. La primera narración que vendí a John Campbell se llamaba Trends y apareció en Astounding en julio de 1939. Para entonces Amazing ya había publicado otro de mis relatos, uno bastante malo llamado The Weapon Too Dreadful to Use (Amazing, mayo de 1939), así que mi primer relato de Astounding era el tercero publicado.

Nunca me gustó mucho. Siempre he rechazado estas dos primeras historias porque nunca me gustó la Amazing de Ziff-Davis y me daba vergüenza que mis relatos estuvieran en tan mala compañía. Yo quería aparecer en Astounding y en mi corazón intento considerar Trends mi primera obra publicada. Sin embargo, estoy equivocado al hacerlo, ya que estas dos narraciones quizá me salvaron de un destino peor que la muerte. John Campbell era un partidario acérrimo de los nombres cortos y simples para sus escritores y estoy seguro de que me habría pedido que utilizara un seudónimo del tipo de John Smith, yo me habría negado categóricamente a hacerlo y quizás habría abortado mi carrera como escritor.

Sin embargo, estas dos primeras narraciones aparecieron en Amazing con mi nombre real, Isaac Asimov. A Palmer esto no le preocupaba en absoluto, Dios le bendiga, y a lo mejor como era un hecho consumado y mi nombre, mi verdadero nombre, había aparecido en las páginas de las revistas de ciencia ficción, Campbell no dijo ni palabra. Así, mi verdadero nombre apareció en las respetadas páginas de Astounding.

En total, en mi último año en Columbia gané 197 dólares. No era mucho, aunque en 1939 se trataba de una cantidad más importante de lo que es ahora, pero marcó un comienzo. No sólo pude empezar a pagar mis gastos de enseñanza, sino que también fue el principio de mi libertad, de mi capacidad para mantenerme solo. Todo ello representaba mucho más que eso para mí, ya que había una cosa que yo ansiaba más que el dinero. Lo que yo quería, lo que yo soñaba, era ver mi nombre en el índice y, en letras todavía mayores, en la primera página de la publicación.

Lo he logrado, y eso me entusiasma.


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