Dedicado a mi amado profesor: Oscar Bernal, gracias por haberme enseñado que no todos son iguales.

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Cuando estaba en preparatoria todos los profes me odiaban, se juntaban para hablar mierda de mí y decir que yo manipulaba a todo el grupo para hacer desmadre, buscaban formas de expulsarme y de evitar que yo terminara de corromper a la susodicha preparatoria, una escuela que para ser honestos yo siempre he pensado que era afortunada de tenerme.

Entre todo ese grupo de pendejos que querían lo peor para mí, estaba el profesor Oscar Bernal que me dio las clases de química. Nunca me gustó ser de los estudiantes que destacaran a pesar de que prácticamente si me sale de los huevos puedo convertir cualquier campo de estudios en puros pinches calificaciones perfectas, no sé, simplemente no me sale, creo que clavarse mucho en esos números no refleja nada de lo que es el conocimiento de verdad, prefiero gastar mis horas de clase en el desmadre, tomando caguamas con los compas, besándome con morrillas de las que luego me arrepentiré, fumando a escondidas, etcétera, siempre fui de los malos, pero pues prefiero contar esas malas historias que decir «lo único que logré en la vida fue sacar dieces».

A pesar de estar ahuevado a ser de los malos, Oscar Bernal en una ocasión puso un examen donde me dijo: «yo sé que usted sabe, así que quiero que elabore más la última respuesta». La pregunta prácticamente era «Explique todo el orden de composición de la materia, desde lo más pequeño hasta lo más grande».

Dado que yo lo vi como una señal de reto, pues me aseguré de pasarme de verga, no sólo me aseguré de que el examen fuera un 10 perfecto, sino que todavía escribí 3 hojas de cuaderno por los dos lados en esa última pregunta.

Oscar Bernal quedó impresionado y desde entonces se aseguró de que yo estuviera en algo llamado «El mundo de los materiales», donde otros profes se aseguraron de que yo terminara ganando una beca para entrar a una estadía de verano en el CIMAV por haberle partido su madre a todas las escuelillas en un concurso para diseñar un material que se disolviera en los tiempos adecuados para liberar medicamento y otro para lograr la mejor combinación de cemento y la estructura necesaria para soportar X cantidad de peso.

A partir de ese momento, mi estadía en la preparatoria fue enfocada mucho a participar en esas cosillas de ciencia y posteriormente a participar en la olimpiada de física donde también repartí verga, una invitación que por cierto tuve por parte de otra maestra a la que le decíamos «La Perra Aguayo» (pues la señora se parecía al susodicho peleador).

A pesar de todo el apoyo nunca me vi interesado en «rectificar» el camino y hasta hoy en día sigo siendo el mismo perro desmadre. Sin embargo, el interés del profesor en querer buscar en mí algo donde hace tiempo todos los demás profesores ya habían dicho que era un caso perdido, fue algo que me dejó marcado y lo sigo recordando incluso ya después de todos estos años.

Después de la preparatoria yo conseguí trabajo ayudando a un narcotraficante a lavar dinero a través de la venta de puertas (no entré a la universidad porque juraba que sólo iba a encontrar puro pendejo y que me amargaría la vida [tan errado no estaba]).

Dado que obvio nunca vendía nada en mi lugar de venta, tenía mucho tiempo libre, así que me compré libros de química y física para leer en mis tiempos libres, y así, si algún día entraba a la universidad, pues no sería un completo pendejo (spoiler: fue tiempo tirado a la basura, la facultad de química te la pasas con los ojos tapados, no se requiere inteligencia para escalar ni académicamente ni socialmente en dicho lugar).

Muchas veces me desanimé y entraba en crisis con preguntas tipo: «¿Qué vergas estoy haciendo con mi vida?», lo de siempre, lo que le pasa a todo morrito de 17 años.

Sea el destino o no, mi trabajo quedaba en el camino que tomaba el profesor para ir a la preparatoria, cuando un día me vio allí en una esquina cachando vergas y leyendo libros de química, se agüitó y se bajó del carro para preguntar qué había sido de mi vida. Me animó a que no me rindiera a seguir con mis estudios, que tenía mucho futuro y que algún día «saldría en los periódicos por lograr algo grande» (lol, si supiera).

Como sea, a partir de ese momento cada día que podía se paraba y platicaba un rato conmigo, me recomendaba libros y me preguntaba: «¿qué estás aprendiendo ahora?», al parecer le fascinaba que siempre estuviera aprendiendo algo nuevo.

No puedo culpar al profesor Bernal por creen en mí, la verdad si yo fuera profesor y viera a alguien como yo no dudaría en intentar ayudarlo, pero sencillamente hay personas que en verdad somos caso perdido y que es mejor no ayudar, yo soy de esos, y no me molesta en absoluto decirlo, hace tiempo ya acepté que las mayores de mis virtudes también son los mayores de mis defectos.

Sin embargo, a pesar de todo lo malo que he hecho en la vida y todos los enemigos de gratis que me he ganado por ser la persona que soy, el nombre del profesor Oscar Bernal siempre resonará en lo más profundo de mis recovecos por haber sido uno de los pocos que extendieron la mano para intentar sacarme del agujero que yo mismo estaba cavando y no como los otros que sólo intentaban echar más tierra para que me pudriera en el pozo y en el sino infecto que hace tiempo yo había escogido.

Creo que el recuerdo de Bernal vivirá en mí, así como el reacio modus vivendi que hace tiempo ya he labrado sobre el epitafio de las lápidas en memoria del recuerdo de mi persona que hoy vive en las cabezas de quienes por azares del destino en mi camino se han cruzado.

─¿Y qué vas a hacer cuando entres a química?, ¿vas a seguir haciendo el mismo desmadre? ─me dijo.

─Eith ─le contesté, se rió y me ayudó a recoger las puertas que nunca en mi vida iba a vender pues estaba a punto de empezar a llover.

No estoy llorando por su muerte, tal vez… como siempre: son recuerdos de cuando antes todavía llovía.

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