Galletas de animalitos.

Cereales animalitos 1 Kg. – Click Abasto

Yo de niño tenía una obsesión, me gustaba jugar con las galletas de animalitos y la sopa de letras. Con la sopa me gustaba formar palabras ─claro, lo raro sería que fuese con las galletas─ y darme cuenta que la puta marca de sopa me había estafado, no venía la «ñ» y había algunas poco comunes ─como si se tratara de cartas de Yu-Gi-Oh─, una de esas era la «z», que podías conseguir rotando una «n» noventa grados en levógiro o dextrógiro.

Mi mamá siempre ha sido de esas doñas que saben ahorrar a la hora de hacer compras y que no le importa agarrar el producto de la calidad más baja siempre y cuando se pueda ahorrar algunos pesos ─que a la larga sí tiene un impacto en la economía familiar, digo, pude ir a la escuela─. Las galletas de animalitos que compraba eran tan baratas que por veinte pesos podías comprar un costal. Si abrías la bolsa de galletas un lunes para el fin de semana ya estaban petrificados los pobres animales (y mi mamá no compraba más hasta que se acabaran), ya eran fósiles las culeras, ya eran tan duras que la única forma de comerlas era ahogando a todos esos animales en el vaso de leche, y bueno, eso es precisamente lo que hacía.

Con mis exagerados y muy adelantados conocimientos en religión, me gustaba hacer un performance de el arca de Noé ─yo era Noé─, la tarea era buscar en la bolsa de animales las parejas, dos galletas idénticas y salvarlas de la gran inundación que se venía por la ira de un Dios al que no conocíamos del todo en aquella edad (pero que evidentemente odiaríamos con el paso del tiempo).

Lo difícil de este juego es que las galletas era tan pero tan de pésima calidad que era prácticamente imposible encontrar dos galletas iguales, de hecho, parecía que de la fábrica al supermercado las transportaban pateándolas todo el camino, como cuando eres niño y vas pateando una piedra con la que recién te encariñaste ─yo todavía lo hago─. Total, todos los pobres animalitos estaban hechos mierda, más que una arca de Noé parecía que estaba tratando con un hospital de amputados de la segunda guerra mundial, se podía respirar la miseria del reino galleto-animal, era un aroma de dolor, un aroma de azúcar y de vainilla.

Juntar parejas de galletas era un juego de ingenio, cuando una marca es tan mala todas las galletas salen diferentes (aparte de amputadas), entonces tienes que utilizar la imaginación para saber cuales galletas son las correctas, además, todos sabemos que esos animales no existen, nunca en mi vida conocí ni he conocido alguno de los animales que manejaba aquella marca de galletas, eran animales misteriosos, algo derivado de la criptozoología ─una seudociencia que estudia a los animales raros─, parecían los animales que salen en la saga de Animales Fantásticos de Harry Potter.

Al final, cuando ya había juntado a las parejas, las envolvía en una servilleta y las deslizaba por la mesa, simulando que era el arca, luego imaginaba que había un iceberg (a lo titanic) y que chocábamos, haciendo que todos los animales se ahogaran en mi vaso de leche, demostrando que Dios era un maldito que de una u otra forma quería eliminar a todos los animales a pesar de que me había ordenado juntar parejas y salvarlas.

Ya cuando las galletas estaban medio gelatinosas, me gustaba jugar a que yo era uno de esos sujetos que salen al final de la película de titanic en una barca y que andan rescatando a los sobrevivientes entre los miles de cadáveres. Las sacaba con la cuchara y luego me las comía, demostrando que al igual que Dios soy un maldito mentiroso.

Recogía las migajas de la mesa ─o mi mamá se emputaba─ y devolvía las que no me había tragado a la bolsa. Luego, la poca leche que había sobrado en mi vaso, me la llevaba mi laboratorio de química mi alegría para comprobar si bañar galletas en leche podía cambiar los niveles de pH y por ende el color del papel tornasol de mi juego de química (spoiler: no, al menos no en esas cantidades).

Hoy ya de adulto y con pelícanos en los huevos, a veces cuando salgo con amigos, familia o conocidos a lugares para comer, veo los saleros y las cosas que ponen en la mesa y me dan unas ganas endemoniadas de ponerme a jugar (también tengo juegos con saleros). No lo hago porque sé que la gente me vería raro, así que sólo me limito a «tener conversaciones de adultos» ─las cuales por cierto raras veces están a mi nivel pero me gusta hacerles creer a ellos que sí─.

No voy a decir algo dramático tipo «me gustaría volver a ser niño», porque lo cierto es que yo nunca he dejado de serlo… digo, escribo esto mientras como cereal y me suelto a carcajadas porque la marca de leche «nutrileche» (mi mamá no ha cambiado) dice en la portada: «versión coleccionable», ¡sí pinche marca culera!, ¡voy a ponerme a juntar cajas a lo pendejo!, ¡miren amigos, tengo la caja de nutrileche versión pandemia!, ¡la del 2020!

En fin, dedico este texto a todos las galletas de animalitos caídas en mi infancia y a todas esas piedras que he pateado en las calles y que nunca traje a casa conmigo, hoy tendría una colección inmensa, tanto de piedras como de cocas de piña.

Allá donde estén todas ustedes, gracias por darme los mejores años de mi vida…

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