Rumbo a los cien años de Asimov [10]: La escuela.

Me gustaba el colegio. Nada de lo que me enseñaron en la escuela primaria y en la secundaria me pareció formidable. Todo era muy sencillo y yo destacaba, y me encanta destacar. Tenía problemas, desde luego. Siempre hay problemas. No era popular entre mis compañeros, ni tampoco entre la mayoría de mis profesores. Aunque era inevitablemente el más inteligente de la clase, también estaba entre los que peor se portaban. Cuando digo esto, se debe entender que las normas de «mal comportamiento» de hace sesenta años eran totalmente diferentes de las de ahora.

En la sociedad actual los alumnos de las escuelas están sometidos a las drogas, llevan armas a clase, se golpean y, a veces, violan a sus profesores. Comportamientos de este tipo serían inimaginables en las escuelas de mi época. Me portaba mal porque hablaba mucho en clase. Siempre tenía un comentario sarcástico sobre lo que estaba sucediendo y ni el peor castigo podría haber evitado que dijera algo en un comentario a cualquiera que se sentara a mi lado.

Mi víctima solía reírse y eso atraía la atención del profesor. Puesto que quien se reía siempre estaba sentado a mi lado, la deducción era obvia y me lanzaban una severa mirada. Nunca pude evitarlo. ¿Por qué lo hacía? ¿Por qué no me comportaba mejor? No lo sé. A lo mejor era una reacción instintiva, en absoluto consciente. Es algo que he hecho durante toda mi vida, aunque cada vez con menos frecuencia. A veces, incluso ahora, se me ocurre algo divertido pero del todo inadecuado y lo suelto sin darme cuenta.

Así, un día, estaba en el vestíbulo de un teatro durante el descanso de una obra de Gilbert y Sullivan (una de mis pasiones), y una mujer se me acercó y me pidió un autógrafo. La complací (nunca me niego a firmar un autógrafo) y me dijo:

—Es usted la segunda persona en mi vida a la que pido un autógrafo.
—¿Quién fue la otra? —pregunté por preguntar.
—Lawrence Olivier[1]— respondió.
—Qué honrado se sentiría Olivier si lo supiera —me oí decir a mí mismo, horrorizado.

Lo dije en broma, por supuesto, pero ella se marchó titubeante y estoy seguro de que ha dicho a todo el mundo que soy un monstruo vanidoso y arrogante. Y no sólo digo cosas, también las hago. En esa misma ocasión, una mujer mayor (por aquella época puede suponerse que yo también lo era) me dijo:

—Fui a la escuela contigo.
—¿De verdad? —le pregunté, porque no la recordaba en absoluto.
—En PS 202
Mi interés aumentó. Era verdad que entre 1928 y 1930 había estado en PS 202.

Siguió hablando:
—Te recuerdo porque una vez la profesora dijo algo, no se qué, y afirmaste que estaba equivocada. Ella insistió en que tenía razón y durante la hora del almuerzo corriste hacia tu casa, volviste con un libro enorme y demostraste que estaba equivocada. ¿Te acuerdas?
—No —respondí—, pero es muy propio de mí. No existe ningún otro alumno que se tome tanto trabajo para humillar a una profesora y se convierta en odioso sólo para demostrar que tenía razón.

Así es, siempre tuve problemas con mis profesores, desde la escuela hasta mis estudios de doctorado. Además, he tenido problemas con cualquiera que estuviera jerárquicamente por encima de mí, siempre fui enemigo de la autoridad. Nunca encontré la verdadera paz hasta que trabajé por mi cuenta. No estaba hecho para ser un empleado.

Por eso mismo, estoy convencido de que tampoco sirvo para empresario. Al menos, nunca he sentido la necesidad de tener una secretaria o ayudante. Mi instinto me dice que el trabajar con colaboradores me haría ir más despacio. Es mejor ser un individualista. Es en lo que me convertí, y lo sigo siendo.

A veces me preguntan si no hubo algún profesor que me inspirara y si así fue, me piden que dé algún detalle. En realidad, prácticamente no recuerdo a ninguno de mis profesores, no porque fueran especialmente poco memorables sino porque soy muy egocéntrico. Sin embargo, hay tres que destacan en mis recuerdos.

Tuve una profesora durante un mes en primer grado que era corpulenta, cariñosa y agradable (y negra, la única profesora negra que tuve). Me animaba, y cuando me obligaron a cambiar de clase, lloré y le dije que la quería, me acarició y afirmó que tenía que irme. Cuando al día siguiente traté de colarme de nuevo en su clase, me cogió de la mano y me llevó afuera.

En quinto había una señorita Martin a la que (a diferencia de la mayoría de los profesores) yo le gustaba y que era amable conmigo. Fue un gran alivio para mí. En sexto tuve a la señorita Growney, que tenía fama de “estricta” y a quien los alumnos le tenían terror. Los reñía y gritaba y, de vez en cuando, a mí también. Por lo menos, yo estaba acostumbrado y lo soportaba imperturbable. Creo que yo también le gustaba a ella, a lo mejor porque era evidente que no le tenía ningún miedo.

Descubrí muy pronto que cuando eres de los chicos más inteligentes de las clases, a veces puede cometer crímenes impunemente…


[1] Para los amantes y curiosos del séptimo arte: Oliver es un director y actor. Es famoso por interpretar el papel de Craso en la película de Espartaco (Stanley Kubrick, 1960). Dirigió y actuó como Hamlet en la versión de 1948, hizo el papel de Heathcliff en la famosa obra de Emily Brontë y es el mismo que interpretaba a Jesús de Nazaret en la versión de las películas que ponían (y ponen) en semana Santa en la televisión mexicana y latinoamericana en general. Era, por mucho, uno de los actores más famosos desde la década de los 30’s hasta los 80’s.


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