Rumbo a los cien años de Asimov[1]: Niño prodigio.

Nací en Rusia el 1 de enero de 1920[1], pero mis padres emigraron a Estados Unidos, lugar al que llegaron el 23 de de febrero de 1923. Esto quiere decir que he sido estadounidense por ambiente (la nacionalidad la obtuve cinco años después, septiembre 1928) desde que tenía tres años.

No recuerdo nada de mis primeros años en Rusia: no hablo ruso y no conozco (más de lo que cualquier estadounidense inteligente pueda conocer) la cultura rusa. Soy completamente norteamericano, tanto en educación como en sentimientos.

Pero si ahora intento hablar de mí cuando tenía tres años y de los años posteriores (que sí recuerdo), voy a tener que hacer afirmaciones que después llevan a algunas personas a acusarme de ser «egoísta», «vanidoso» o «ególatra». O en el caso de que sean más dramáticos, dicen que tengo «un ego del tamaño del Empire State».

¿Qué puedo hacer? No hay duda que mis palabras y afirmaciones parecen indicar que tengo una gran opinión de mí mismo, pero claro, sólo respecto a cualidades que, en mi opinión, merecen admiración. También tengo muchas carencias y defectos que admito sin reparos, pero nadie parece darse cuenta de ello, sólo de lo otro.

En todo caso, cuando afirmo algo que yo creo realmente cierto, me niego a admitir la acusación de vanidad hasta que se pueda probar que lo que digo no es verdad.

Así que, después de respirar profundamente: Diré que fui un niño prodigio.

Que yo sepa, no hay una buena definición de niño prodigio[2]. El diccionario de Oxford lo describe como «un niño de genialidad precoz». Pero, ¿qué tan precoz?, ¿qué tan genial?

Había oído hablar de niños que leen a los dos años, aprenden latín a los cuatro o ingresan a Harvard a los doce. Supongo que todos ellos son, sin duda alguna, niños prodigio, aunque yo no lo fui de esta manera.

Supongo que si mi padre hubiera sido un intelectual norteamericano, rico y con importantes conocimientos clásicos o científicos, y además hubiese descubierto en mí un posible candidato a prodigio, entonces podría haberme orientado y habría conseguido algo así de mí. Lo único que me queda es dar las gracias al destino que ha guiado mi vida y que impidió que esto ocurriera.

Un niño obligado a aprender, forzado sin un descaso al límite de su capacidad, podría derrumbarse sometido a toda esa tensión. Pero mi padre era un pequeño vendedor sin ningún conocimiento de la cultura americana, sin tiempo para orientarme por ningún camino y sin la capacidad para ello (aunque hubiese tenido tiempo). Lo único que podía hacer era animarme a que sacara buenas calificaciones, lo que, de todas maneras, yo ya estaba dispuesto a hacer[3].

En otras palabras, las circunstancias se aliaron para permitirme encontrar mi propio nivel de satisfacción, que resultó ser bastante prodigioso a todos los efectos, y mantuvieron la presión a un nivel bastante razonable, permitiéndome avanzar con rapidez sin ninguna sensación de esfuerzo. Así es como he mantenido mi «prodigiosidad» durante toda mi vida.

De hecho, cuando me preguntan si he sido un niño prodigio (y que obviamente lo hacen con una frecuencia asombrosa), me he acostumbrado a responder: «Sí, y en realidad… Sigo siéndolo».

Aprendí a leer antes de ir a la primaria. Incitado por el descubrimiento de que mis padres todavía no sabían leer inglés, me dediqué a pedir a los niños mayores del vecindario que me enseñaran el alfabeto y cómo se pronunciaba cada letra. Después empecé a pronunciar todas las palabras que encontraba en los carteles y en cualquier otra parte y así aprendí a leer casi sin ayuda de nadie.

Cuando mi padre descubrió que su hijo podía leer antes de llegar a la primaria y que, además, el aprendizaje había sido por su propia iniciativa, se quedó asombrado. Esta debió ser la primera vez que empezó a sospechar que yo era poco común (lo pensó toda su vida, aunque evitó criticarme por mis errores). Al darme cuenta de que él pensaba que yo era poco común (y fue muy claro respecto a eso), yo mismo empecé a sospechar que lo era.

Supongo que debe haber muchos niños que aprendieron a leer antes de ir a la primaria. Yo enseñé a mi hermana a leer antes de que fuera a la escuela, pero fui yo quien le enseñé. A mí no me motivó nadie a aprender.

Cuando por fin inicié el primer grado en septiembre de 1925, me asombrara de que los otros niños tuvieran problemas con la lectura. Todavía me asombraba más el que, después de que les explicaran algo, lo olvidaran y necesitaran que se lo volvieran a explicar una y otra vez.

Creo que muy pronto observé que yo sólo necesitaba que me lo dijeran una vez. No me percaté de que mi memoria era extraordinaria hasta que descubrí que la de mis compañeros de clase… no lo era. Debo rechazar totalmente que tenga una «memoria fotográfica». Los que me admiran más de lo que merezco me acusan de ello, pero siempre digo que «sólo tengo una memoria casi fotográfica».

En realidad poseo una memoria normal para las cosas que no me parecen especialmente interesantes, incluso puedo ser culpable de errores llamativos cuando la abstracción se apodera de mí. (Sí, soy capaz de abstraerme en mis pensamientos por completo). En cierta ocasión, me quedé mirando a mi hija Robyn, sin reconocerla, porque no esperaba verla allí y sólo me daba cuenta de que su cara me resultaba vagamente familiar. Robyn no se sintió dolida en absoluto, ni siquiera se sorprendió, se volvió hacia una amiga que estaba a su lado y le dijo:

– Ves, te dije que si me quedaba aquí sin decir nada, no me reconocería.

Para las cosas que me interesan (y son muchas), tengo una memoria prácticamente instantánea. En cierta ocasión en que me hallaba fuera de la ciudad, mi primera mujer, Gertrude, y su hermano, John, estaban discutiendo y mandaron a la pequeña Robyn (que tenía unos diez años), a mi despacho a buscar el volumen de la enciclopedia Británica para hallar la solución al problema que discutían. Robyn fue a buscarlo mientras dijo:

–Ojalá papá estuviera en casa. Sólo tendrían que preguntárselo.

Sin embargo, todo tiene sus pros y sus contras. Fui agraciado con esta maravillosa memoria y una comprensión rápida desde pequeño, pero no se me dotó de mucha experiencia ni de una profunda visión de la naturaleza humana. No me di cuenta que otros niños no iban a apreciar que yo supiera más, fuera más inteligente y que pudiera aprender con mucha mayor rapidez que ellos.

Me pregunto por qué quien demuestra una capacidad atlética superior es admirado por sus compañeros de clase, mientras quien demuestra una capacidad intelectual superior es odiado. ¿Hay algún convencimiento de que es el cerebro y no los músculos lo que define al ser humano y de que los niños que no son buenos en deporte: simplemente no son buenos. Mientras que los que no son inteligentes se sienten infrahumanos? No lo se…

El problema era que yo no intentaba ocultar mi inteligencia. La demostraba todos los días en clase y nunca, ¡nunca jamás! pensé en ser «humilde» respecto a ella. En todo momento hacía alarde de mi brillantez con júbilo y ya puede usted adivinar cual fue el resultado.

Las consecuencias fueron inevitables puesto que yo era bajo y débil para mi edad, y más joven que cualquiera de la clase. Me convertí en el objeto de todas las burlas, desde luego que sí.

Con el tiempo me acostumbré y lo entendí, pero me costó varios años aceptarlo, no podía soportar ocultar mi increíble inteligencia a los ojos de los demás. En realidad, fui objeto de burlas, con una intensidad cada vez menor, hasta después de los veinte.

Pero no lo convierte en algo peor de lo que fue realmente, nunca fui agredido físicamente, simplemente se burlaban de mí, me ridiculizaban y era excluido de su círculo. Todo ello se podía soportar con razonable serenidad.

Sin embargo, con el tiempo aprendí. No se puede ocultar el hecho de que soy fuera de lo común, y menos si se tiene en cuenta el gran número de libros que he leído, escrito y publicado, y claro, la enorme cantidad de temas que he tratado en estos textos: pero he aprendido a evitar presumir (en mi día a día). He aprendido a «desconectar» y a bajarme a la altura de los demás.

Gracias a ello tengo muchos amigos que me tratan con afecto y por los que siento también un gran cariño.

Ojalá al menos un niño prodigio pudiera ser prodigioso en la comprensión de la naturaleza humana y no sólo en memoria y rapidez mental. Pero no todo es de nacimiento. Los aspectos más importantes de la vida se desarrollan poco a poco, con la experiencia, y quienes los aprenden más rápido y con facilidad que yo, pueden considerarse unos completos afortunados…


[↻1] Esto es un error del maestro, tanto en cálculos como en el deterioro de su prodigiosa memoria (estaba en el hospital mientras escribía). Para empezar, en aquella época en Rusia no se usaba el calendario gregoriano, no fue hasta 1929 que se uso el calendario soviético, que era una especie de calendario gregoriano (al menos estaba dividido en doce meses), las conversiones con estos calendarios aunados a la migración, pudieron afectar a la estimación de su nacimiento. También cabe destacar que en In Memory Yet Green, la fecha que él mismo dice es 2 de enero de 1920. Sean peras o sean manzanas, dado que el maestro nunca fue de sentimentalismos, el día es lo de menos, sin embargo, mundialmente el convenio queda en 2 de enero. Fin de la historia.

[↻2] Si dejamos de lado todas las cosas salidas de la pluma de Howard Gardner (el tipo de las inteligencias múltiples), la única estimación de la inteligencia que es mundialmente «aceptada» es la de cociente intelectual (I.Q. por sus siglas en inglés). Para ser un niño prodigio, en la actualidad debes tener un cociente que va desde los 130 hasta los 160 puntos, todo depende de la escala que se esté usando para medir dicho valor: Stanford-Binet, Wechsler, etcétera.

[↻3] Sólo en la educación primaria, entrando a la universidad dejó de ser el chico listo (como se verá más adelante).


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2 comentarios en “Rumbo a los cien años de Asimov[1]: Niño prodigio.

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