Relato: Amor ciego

Miraba el fuego con detenimiento, me preguntaba a mí mismo si la vida que llevaba realmente se podía considerar una historia feliz. Siempre hay un momento de la vida en el que hacemos ese viaje de introspección, intentamos buscar respuestas a preguntas que ni siquiera conocemos, ¿es esta la vida que realmente había soñado?

La llama se iba extinguiendo poco a poco y la oscuridad volvía a reinar en cada esquina del comedor, en el fondo escuchaba su voz cantar: Feliz cumpleaños a ti, feliz cumpleaños a ti, feliz cumpleaños queri… ¿Qué significado tienen todas estas cosas para las personas?, ¿cómo llegué a esta situación?, y más importante aún: ¿Debería soplar la vela?

* * *

Siempre fui mal estudiante y la única forma que tuve para abrirme camino en esta vida fue la de chuparles la verga a todos mis profesores. No, no lo digo en un sentido figurado, no estoy hablando de esos malditos lame botas que proliferan en las aulas, esas personas de palabras vacías, promesas falsas y adulaciones a diestra y siniestra. No, ese no era yo. Yo realmente les comía toda la verga.

¿Cálculo diferencial?, el profesor Domínguez, una polla de 10 centímetros, eyaculador precoz. Una tarea demasiado sencilla, ¿calificación final?, 90 de 100.

¿Química general?, el doctor Rosales, el rabo más grande con el que me he enfrentado en toda mi carrera profesional, se necesitaban casi cuatro manos para cubrirlo en su totalidad. Por suerte yo solo se las chupo, si hubiese dejado que me la metiera pude haber terminado inválido el resto de mis días, ¿para qué habría de terminar la universidad si iba a estar anclado toda mi vida a una silla de ruedas?, aunque en su momento pensé que si aceptaba y me dejaba inválido, podría vivir el resto de mi vida a través de apoyos y programas del gobierno. Pero no, ese es el camino fácil, el camino de los cobardes y los pusilánimes: Las víctimas de la vida.

Esa fue mi historia universitaria, solo tomaba clases con hombres. El varón es fácil de seducir, mucho más que la mujer. Solo una vez en todo mi trayecto lo intenté con una mujer y terminé rechazado, incluso amenazó con informar al comité estudiantil sobre mi «propuesta indecorosa». Estuve a casi nada de liarla de forma seria, muy cerca de la expulsión.

Entre mis compañeros y profesores ya se escuchaba el rumor de que yo chupaba vergas para tener buenas notas. Nunca supe qué profesor estuvo presumiendo por toda la escuela que un estudiante le estaba puliendo el rabo. Digo, es algo demasiado homosexual. En mi escuela eran unos conservadores, ¿por qué habrías de arriesgar tu prestigio de catedrático?

Pero si lo piensas a fondo también es algo demasiado lógico, era pésimo estudiante: No hacía la tarea, no iba a clases y no estudiaba para los exámenes. No había explicación para que un estudiante de mi calaña tuviera un promedio de 98.7, y por si fuera poco: becado.

Todo iba relativamente bien gracias a mis hazañas, luego, cuando mi carrera universitaria ya estaba por concluir… Todo empezó a ir relativamente mal.

Tuve que tomar un curso de química orgánica avanzada con el profesor Antonio. Creo que el profesor ya conocía mi reputación y estaba de acuerdo con ella. Siempre me saludaba antes de entrar al salón de clases y me acariciaba el hombro, pero con una delicadeza extraña, yo ya sabía que ese hombre quería algo más, para mí no había ningún problema. Cuando el profesor se sentaba, yo solo le miraba la entrepierna y veía lo que me iba a tener que comer. No se veía muy grande, así que durante todo el curso no me preocupé por una posible dislocación en la quijada.

El examen final era sobre dibujar figuras, lo mismo que había hecho en las otras clases de química orgánica: Cuadros, triángulos, octágonos, etcétera. No sé, a los del departamento de química orgánica siempre les ha gustado jugar mucho con la geometría.

Dado que no quise entregar el examen en blanco, decidí dibujar figuras de todo tipo, incluso dibujé el rostro de un sujeto basándome solo en figuras ¡Estaba hecho un Picasso!

Al final de las evaluaciones el profesor me citó a su oficina. Se sentó en el escritorio y empezó su diatriba en mi contra. Que si la responsabilidad, que si el empeño…, puras estupideces, al final se me acercó y me acarició el hombro y la espalda.

—¿Cómo piensas arreglar tu situación?, ya estás a nada de graduarte —dijo, mientras seguía acariciándome el hombro.
—No lo sé profesor Antonio, ¿cómo quiere que arreglemos esto? —le dije.
Siempre que les digo eso me gusta mirarlos a los ojos e intentar poner una cara de lástima, siempre funciona. Tengo unos ojos fenomenales para este tipo de cosas, te lo digo en serio, si me vieras estos ojos llenos de ternura, a ti también se te antojaría una mamada mía.
—Bueno, no lo sé, tú dime, ¿crees tener lo necesario para presentar el examen extraordinario?, de una vez te digo que no es nada fácil —me dijo mientras ahora me acariciaba la oreja.

Estiré mi mano y empecé a acariciarle el paquete. Le bajé la cremallera y le saqué la verga, la tenía igual que yo, sentí algo de simpatía. Me la metí toda a la boca, empecé a succionar como un poseso mientras yo hacía unos gemidos para excitarlo más y que se viniera rápido.

Escuchamos unos ruidos en la oficina de enseguida, al parecer otro profesor fue a recoger algunas de sus cosas.

—No, espera, lo mejor será que lo hagamos en otro lugar más seguro, mira, esta es mi dirección —me dijo mientras escribía en una pequeño papel —Intenta llegar a las seis de la tarde, tenemos dos horas, mi esposa llega a las ocho, ¿vale?
—Sí, claro, allí estaré —le dije mientras le sonreía desde el marco de la puerta. Cerré la puerta y partí.

Ya estaba oscureciendo, iba rumbo a la casa del profesor. No podía creer que el hombre se haya podido comprar una casa en uno de los mejores barrios de la ciudad. Te lo digo, aquellas casas eran increíbles. Tenían un lindo jardín y unos ornamentos exteriores de lujo, todas lucían nuevas. Sin duda alguna el hombre estaba forrado.

Una vez que llegué a la dirección, abrí la reja, era jodidamente ruidosa. Caminé unos metros y toqué el timbre, me recibió mi profesor en trusa y con una cerveza en la mano.

—Pasa —me dijo.
—Muchas gracias — Me aseguré de sonreírle, yo podría ser un chupa vergas en serie, pero siempre procuré ser lo más profesional posible.

Mientras nos dirigíamos a la sala, el hombre empezó con una perorata que no tenía ningún sentido para mí, hablaba sobre el béisbol y de cómo Boston sería el equipo campeón de este año.

—¿Te gustaría un bocadillo?, sobre la mesa de la sala tengo un poco de carne seca —me dijo.
—No, muchas gracias, ya comí.

Yo miraba las fotografías en la pared. El hombre estaba casado con una especie mitad mujer, mitad manatí, aquella criatura rondaba los 150 o 200 kilogramos. Era enorme, sentí pena por él, tal vez por eso aceptaba el hecho de que yo le sacara brillo a su rifle. De hecho, tal vez por eso era tan fácil seducir a esos hombres, todos estaban casados con harpías obesas y viejas, pobres desgraciados, sentí mucha pena por ellos.

Mientras el hombre hablaba sentado en el sillón y mirando la televisión, yo me senté en sus piernas. De inmediato me empezó a acariciar el culo y me pude dar cuenta que me tenía unas ganas increíbles, monstruosas, como si hubiese estado esperando todo el ciclo escolar para este momento. Me empezó a besar y en un santiamén me empujó hacia su entrepierna.

Le bajé la trusa, no tuve que hacer mucho trabajo previo para provocarle una erección en la polla, ya estaba tan dura que parecía adolescente.

Empecé a succionar y a acariciarle la pierna y el abdomen. El hombre me empujó con fuerza hacía él, como si intentara asesinarme, me quería asfixiar en su éxtasis.

Ya llevábamos diez minutos, el hijo de puta gemía a gritos, como nadie nunca antes lo había hecho gritar, parecía que lo estaban matando. Era lógico, no es por presumir, pero siempre fui muy bueno en ello. Mientras seguía en la odisea, me causaba gracia mirarle el rostro, los ojos completamente en blanco, sentía que aquél hombre era la niña del exorcista y yo era el vicario de Dios encargado de sacarle todo el demonio a través de la verga.

Yo ya estaba concentrado, esa polla y yo ya éramos uno mismo. Estaba pasándomela genial, de hecho, hasta yo me había empezado a excitar. Todo iba relativamente bien, hasta que todo empezó a ir relativamente mal…

Ambos escuchamos el sonido de la reja de la casa, al parecer alguien venía:

—¡No!, mi esposa, seguro salió temprano de su grupo de apoyo —me dijo, luego me empujó a un lado —, ¡rápido, escóndete!
—¿¡Dónde!?
—No importa, donde sea, mi… —me dijo mientras se levantó con rapidez, pero el idiota olvidó que todavía tenía la trusa en los tobillos, tropezó y golpeó con una fuerza tremenda su cabeza contra el filo de la mesa de la sala. El hombre perdió el conocimiento de inmediato.

Me quedé impactado mirándolo mientras veía como salía de su sien un río color carmín. El hombre había muerto en el acto, al parecer el filo de la mesa le había roto una vena o alguna de esas cosas que tiene la cabeza, no había forma de salvarlo, mucho menos en esas condiciones.

¿Qué podía hacer?, escuchaba como la señora intentaba abrir la puerta, se estaba tardando un siglo. Por un momento pensé en ponerle un seguro o atrancarla, pero fue demasiado tarde… La mujer entró junto con su perro.

—Ya llegué cariño, ¿cómo estás? —preguntó.

Yo me quedé viéndola y ella me miró fijamente, su gesto estaba paralizado, como impactada. El corazón me latía con fuerza y solo estaba esperando a que gritara cuando viera el cadáver de su marido en el suelo.

—¿Mi amor?, ¿estás en casa? —volvió a preguntar.

En ese momento pude entenderlo, ¡la mujer estaba completamente ciega!

El perro, que al parecer era un lazarillo, caminó rápido hacia mí, no ladró ni nada por el estilo, no me prestó importancia. Supongo que le parecí una persona confiable, o tal vez yo todavía estaba impregnado de todos los fluidos de su ya occiso amo. El perro empezó a lamer el charco de sangre que rodeaba a mi profesor. No tuve más opción que dejarme llevar por la situación:

—Lo siento amor, no te escuché, estaba en el baño, ¿cómo estás? —le dije. Al mismo que intentaba engrosar un poco la voz.
—Antonio, ¿eres tú?, ¿qué te pasó en la voz?
—Hoy en la escuela le grité mucho a los alumnos, creo que me hizo daño en las cuerdas bucales. Fui con el médico y me recetó un antiinflamatorio, pero dice que voy a estar así algunas semanas. Pero no importa, nada grave, ¿cómo te fue en tu grupo?
—Muy bien, hoy Sofía, ¿la recuerdas? —me preguntó.
—Sí, claro.
—Bueno, ella nos contó que en la biblioteca no tienen ningún ejemplar escrito en braille, le pareció una ofensa, debatimos el tema y redactamos una petición para que la biblioteca consiga algunos. Apenas terminamos el asunto nos despedimos, por eso llegué temprano.

La mujer hablaba mientras iba camino a la cocina, yo aproveché para mover el cadáver fuera del camino, el perro ya había acabado con casi toda la sangre, ¡maldito animal enfermo!

Me disponía a salir corriendo de la casa, pero en eso se apareció frente a mí ese horrible monumento de obesidad mórbida.

—Mira amor, traje tu helado favorito, ¡Napolitano!
—¡Mmmm, qué rico! —dije, al instante pensé que fue algo estúpido, la voz le ayudó a localizarme de nuevo. Era como intentar escapar de un murciélago, un elefante con un radar de última generación integrado.

Empezó a caminar hacia mí de forma rápida, estaba emocionada. Apenas se topó conmigo me tomó del brazo y me tiró al sillón. Empezó a hablar de cosas sin sentido alguno para mí, me tomaba con mucha fuerza del brazo mientras se metía cucharones de helado a la boca y de vez en cuando me daba una a mí, debo admitir que estaba jodidamente bueno, no era mi favorito, pero nunca cae mal un helado.

—Amor, sería buena idea salir de vacaciones. Desde que nos casamos no hemos salido de esta casa, ¿no crees? —me dijo.
—Sí amor, sería bueno. Ya nos hace falta relajarnos un poco —le dije.

Su expresión dibujó un júbilo tremendo, mi respuesta le había agradado. Puso el bote de helado en el suelo y el perro corrió a lamer lo que quedaba. La mujer se abalanzó contra mí y me empezó a besar toda la cara, apenas encontró mi boca metió su lengua (todavía llena de helado) hasta el fondo. La mujer empezó a gemir, estaba muy caliente, la gorda, yo temía de ser lo siguiente en el menú.

—Ven, vamos a la habitación —me dijo.
Me tomó del brazo y me llevó a un cuarto donde me empujó a la cama. Cerró la puerta de golpe.
—No quiero que el perro entre —dijo.

Yo no podía ver muy bien, solo había poca luz que entraba desde una ventana que daba al patio. La mujer se empezó a quitar toda la ropa, era una abominación, el solo ver como la luz de luna contorneaba ese intento de figura hizo que me diera escalofríos. Era como la mascota de los neumáticos Michelin pero en más gorda.

Cuando terminó brincó encima de mí, para ser ciega era muy certera en sus movimientos, deduje que tantos años de vivir allí habían hecho que memorizara la casa hasta en el más mínimo detalle.

Me siguió besando mientras me quitaba la ropa, yo no podía quitar al tremendo animal que tenía encima, era como ser aplastado por las ruinas de un edificio después de un terremoto, incluso sentía como se me iba la respiración, ¿eso era lo que sentían las mujeres cuando un hombre las hace suyas?, no lo sé, pero era horrible.

Me sacó la polla y empezó a chuparla con un empeño que me hizo dudar de mi profesionalismo en aquella habilidad tan indispensable para abrirme puertas en esta vida. Por un momento sentí envidia, pero bueno, es normal en las gordas. Un amigo alguna vez me dijo que las gordas son las mejores mamándola porque no saben cuándo tendrán la oportunidad de tener una polla de nuevo en sus bocas. Supongo que esto lo aprendió antes del matrimonio, ¡era una profesional, no es broma!

Después de unos minutos se sentó en mi polla y empezó a brincar, o a intentar brincar, no pude definir el movimiento que estaba haciendo. Sólo sé que se movía de una forma graciosa mientras todos los pliegues de carne subían y bajan. Era una fuerza descomunal la que impactaba en mi entrepierna, debo tener una pelvis de acero o algo por el estilo, no sé cómo resistí tanto.

Esa fuerza sobrehumana ayudó a que me viniera rápido, unos momentos antes de ello, la costumbre me hizo avisarle:

—Oye, ya me voy a venir, deja me salgo —dije. Era obvio que tenía que pedir permiso, yo no podía salir por mi propia cuenta, no sin un equipo de rescate.
—¿De-de qu-e-e habl-a-as amo-r-r? —me dijo a la par que gemía.
—No estoy usando condón amor, déjame salir.

Cambió su gesto y se paró de golpe, miró a donde ella asumió que estaba mi cabeza y sonrió.

—Ja, ja. Amor, no creo que hacer bromas sobre tu esterilidad sea sano para tu salud mental. Hace unos años llorabas y hacías un drama, y mírate, ahora bromeando —me dijo. Luego siguió brincando sobre mi pelvis, esa maldita pelvis a prueba de balas.

Aumentó la velocidad, era como si dejaras caer una tonelada de masa por un acantilado, así se veían sus carnes. No podía distinguir si su piel cambiaba de color, estaba muy oscuro, pero lo más probable es que estuviera roja, el logo de Michelin color Elmo. Sentía a aquella mujer muy caliente, por uno momento pensé que iba a explotar.

El sudor de ella me caía en el pecho y en toda la cara. Era como si algún tipo de perro se estuviera sacudiendo el agua encima de mí. Estoy seguro que la cama ya estaba empapada. Me intenté contener pero no pude, gemí, grité, el trabajo estaba hecho. Había dejado a esa mujer más rellena que un pavo de navidad. Ella ni cuenta se había dado, estaba cegada por la lujuria.

Cuando intenté quitarla no pude, al parecer quería dos asaltos seguidos, estaba en modo animal. Eso de dos asaltos es algo que no es muy común en la naturaleza del hombre. Para mí desgracia sí era común en mí.

Después de 15 minutos terminó, me dijo que me amaba y me abrazó. Yo solo miraba el techo, estaba asustado, tenía miedo y debía buscar la forma de salir de allí.

Ya estaba entrada la noche, ese animal había empezado a roncar pero había dejado la mitad de sus carnes encima, las quité lentamente y me hice a un lado. Una cobija se enredó en mi pie y cuando intenté caminar sentí como perdí el equilibrio al mismo tiempo que escuché un chasquido en la rodilla. Empecé a gritar del dolor.

—¡Qué pasa amor! —me dijo, mientras se levantaba rápido. La había despertado.
—Mi rodilla, no sé qué pasó, creo que me la rompí o algo.
—A ver, deja la veo —me dijo. Sonreí, me hizo mucha gracia el comentario.
—No, no siento que esté rota, tal vez sea alguna luxación, deja voy por una pomada.

La mujer se levantó, era mi oportunidad para correr pero no pude, el dolor era demasiado. A los minutos volvió y me untó de la pomada, me puso una venda, o al menos lo intentó, luego me acostó en la cama y me puso las cobijas, empecé a sentir ternura, y con ello, mucha más lástima.

Estuvimos así varios días mientras me recuperaba, cada noche me hacía el amor. En las mañanas y tardes yo me sentaba en el sillón y miraba los partidos de béisbol, no me gusta el béisbol, pero hasta cierto punto intentaba simular que realmente estaba metido en el papel de mi difunto profesor.

A los siete días pude mover la rodilla con mayor facilidad, aún tenía algunas incomodidades. Pero hice el esfuerzo. No tanto porque tuviese prisa de irme, realmente me daban muchos cuidados, sino porque tenía que sacar el cadáver de mi profesor de la sala, ya tenía algunas larvas y empezaba a oler extraño. El frío ayudó a que no se apestara tan rápido.

Lo envolví en unas bolsas negras y salí al patio trasero a enterrarlo. No es fácil enterrar un cadáver, en las películas se ve sencillo, pero puedes tardar muchas horas, sobre todo si eres malo cavando (como era mi caso).

Ya era muy tarde, me metí a la casa y ya me iba a ir cuando en eso llegó la mujer. Estaba llorando.

—¿Qué te pasa? —le dije. Entre sollozos me intentó explicar lo que pasaba.
—Hace dos días fui a una cita con el oftalmólogo. Me pidió unos análisis de sangre y me recetó unas gotas que se supone ayudarían a que no se me irritaran tanto, hoy fui por los resultados del análisis. Amor, es un milagro… ¡Estoy embarazada!

No podía creer lo que estaba escuchando, ¡iba a ser padre!, la alegría invadió mi corazón, ella corrió (o rodó) hacia mí, me besó con fuerza.

—Amor, ¡es un milagro! —repitió.
—Sí amor… es un milagro.

* * *

Recuerdo todavía aquél comercial de la televisión local antes de que empezara el juego de Boston contra los piratas de Pittsburgh. El anuncio hablaba sobre un chico de 22 años de la facultad de ciencias, llevaba varios meses desaparecido, nadie había podido dar con él.

Yo veía a aquella mujer feliz con su embarazo, todas las noches me hacía el amor y me contaba de los ultrasonidos, incluso un día me trajo un archivo de vídeo que le había dado el médico para que yo lo pudiera ver y le contara a detalle cómo era nuestro hijo.

Pasaron los meses, ella dio a luz, nunca nos faltó el dinero. Con el tiempo descubrí que ella era la que estaba forrada, al parecer había heredado una gran fortuna cuando fallecieron sus padres en un accidente, siempre había estado sola y la depresión fue la que la hizo engordar, al menos esas fueron mis conclusiones.

No pude salir nunca de la casa porque no quería que la policía me encontrara hasta por lo menos conocer a mi hijo, así que no pude estar en el hospital el día que ella dio a luz, no lo vi hasta que lo trajo a casa. Con el tiempo lo sentí parte de mí, porque de hecho ese hijo era parte de mí. También con el tiempo me di cuenta que terminar la carrera tal vez no lo era todo en la vida. Ya no recordaba cuanto tiempo llevaba sin llevarme una polla a la boca. Antes un chupa vergas serial, hoy un padre de familia.

Mi hijo creo que le devolvió el rumbo a mi vida, aquél que para ser sincero nunca había tenido.

Llevo encerrado en esta casa ya casi dos años, nunca he salido, me siento como la princesa Rapunzel. La mujer, para ser ciega, sabe arreglárselas sola.

Hoy mi hijo cumple su primer año. Mi esposa le ha comprado un pequeño pastel y le ha puesto una vela, ha empezado a cantar: Feliz cumpleaños a ti, feliz cumpleaños a ti, feliz cumpleaños querido Antonio, feliz cumpleaños a ti.

Veo la llama en la vela y como se va extinguiendo poco a poco, ¿debería soplar la vela?, miro el reflejo de la llama en los ojos ciegos de la mujer, miro el reflejo de la llama en los ojos de mi hijo, parece sonreír.

Soplo, la oscuridad vuelve a reinarlo todo…

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