Relato: Amor Italoamericano

Nunca me imaginé lo mucho que me encantaría masturbarme con la pizza de un cliente. Cualquier persona que se deja seducir solo por los placeres gastronómicos que ofrece una pizza, está desperdiciando su tiempo. Ese tipo de personas no han probado toda la gama de matices y sensaciones que puede ofrecer una pizza con orillas rellenas de queso, las texturas de una pizza queso y peperoni, o la lujuria que se esconde detrás de una hawaiana con chorizo.

Sentir como el aceite caliente va acariciándote cada nervio de la punta del glande mientras escurre lentamente hasta tus bolas, sentir como el queso te abraza y te hace suyo. Empujar la pizza hacia ti con todas tus fuerzas, como si quieras atragantar a la muy perra con tu miembro. En el fondo sabes que le gusta, incluso si no sabes a ciencia cierta quién lo está disfrutando más, si ella o tú, eso no importa, al final del día esos son los verdaderos placeres que hay detrás de la pizza.

Muchos dicen que aman la pizza, muchos dicen que podrían vivir toda su vida comiendo pizza, no lo creo, la única persona que realmente ha llegado amar las pizzas soy yo. Y habría seguido haciéndolo, habría seguido entregándome en cuerpo y alma a su descubrimiento, pero las cosas que fácil llegan… fácil se van

. . .

Era un martes cualquiera, yo estaba haciendo horas extra en la pizzería en la que trabajaba, La Pizzerízima. Ya llevaba trabajando poco más de dos años, el restaurante era muy conocido, había salido en un reportaje en la televisión donde el comentarista y expertos de la cocina italoamericana elogiaban las habilidades del chef, Don Roberto Mancini.

Para ser sincero, Mancini era un completo hijo de puta. Desde su estúpido acento italiano hasta las órdenes sin sentido que daba, él llevaba años sin tocar la cocina, pero al final del día fue él quien había soltado la pasta para levantar el pequeño restaurante, así como también fue él quien se encargó de darle el prestigio que tenía.

En fin, era un martes aburrido, teníamos pocos clientes, no sentía que aquél día fuera a tener algo más interesante, al menos no hasta que fuera la hora de comida de mis compañeras, Stephanie y Arabela, es en ese momento cuando empezaba la verdadera diversión.

No me malinterpretes, tanto Stpeh como Ara eran increíbles personas. Habían tenido la oportunidad de acostarme con ambas, siempre fui del agrado de las dos, los tres éramos como una especie de familia, ¿incestuosa?, sí, pero familia.

A pesar de que podía tirarme a cualquiera de las dos en el momento que me diera la gana, no sentía ninguna atracción, no sentía aquello que sentía cuando veía a una pizza salir del horno. No se me hacía agua la boca, no sentía nada moverse en mis pantalones cuando les veía el culo mientras se agachaban para buscar los botes de aceitunas, simplemente no existía ese vínculo tan profundo y especial como el que yo sentía por la pizza.

El principal problema era que yo siempre he sido el encargado de la caja, mientras yo estoy tocando los asquerosos billetes y moneadas, mis amigas están siempre acariciando la masa, dándole besos franceses a la salsa de tomate, fingereando la cazuela del parmesano, ¡malditas suertudas!, ¿y yo qué diversión tenía?, ninguna. Todas las tardes me la pasaba cobrando, apenas tenía oportunidad me iba a la bodega de los ingredientes, me encantaba probar el queso, los champiñones y algunos caramelos que se solían regalar para el aliento. Ese era mi ritual de todos los días.

Pero claro, todo cambiaba cuando mis amigas salían a comer una hora y yo me quedaba a cargo de la cocina. Es allí donde sucedía la verdadera magia, cuando iniciaba nuestra cita.

Me cercioré de que cada cliente estuviera ocupado en lo suyo, y apenas salieron mis amigas del establecimiento tuve la idea de aventurarme a la cocina. Pero antes de eso una señora se arrimó a la caja:

—Disculpe joven, hace casi cuarenta minutos que pedí una hawaiana con aceitunas y no me han traído nada —dijo la señora.
—Perdón señora, mis amigas recién han salido, lo más probable es que hayan dejado su orden en la cocina, permítame un momento, se la traigo enseguida —le contesté para tranquilizarla un poco.

Rápido me alejé de la caja, di la vuelta por el pasillo en dirección a la cocina. Apenas abrí la puerta y a vi allí postrada, sentí aquello en el pecho, el corazón me latía, estoy seguro que las pupilas se me dilataron, sentía en el pantalón como algo empezaba a crecer, era mi polla llenándose de sangre, estaba a punto de reventar.

En la mesa estaba aquella hermosa señorita, una hermosa pizza hawaiana con aceitunas y bañada en distintos tipos de queso, aceitosa, jugosa, simplemente perfecta.

Tal vez para ti esto no tenga ningún sentido, pero imagina que entras a una habitación y ves a la mujer de tus sueños, abierta de piernas, sin bragas y arriba de una mesa, tocándose la entrepierna y diciendo tu nombre para que la penetres salvajemente. Esto es lo más parecido a lo que yo sentí apenas entré a la cocina.

Esa hermosa señorita aceitosa me la ponía como brazo de marinero, empecé a sudar y si hubiese tenido que decir algo estoy seguro que la voz se habría cortado ipso facto. Me arrimé lentamente a ella y con una mano temblorosa cerré la caja que la contenía, estoy seguro que el equivalente sería que tú hubieras tenido que subir las bragas de aquella mujer sobre la mesa.

Apenas la levanté de la mesa se me hizo un nudo en la garganta, empecé a escuchar su voz:

—Por favor, no lo hagas, no me entregues, hazme tuya mi amor, siempre he sido tuya. No nací para aquella gorda hija de puta, yo nací para que me hicieras tuya —dijo la pizza con una voz sensual.
—No-no-no p-pu-pu-edo —le respondí tartamudeando, tímido. Con la voz quebrada de aquel que está perdiendo la oportunidad de su vida.
—¿Es esto lo que quieres para nosotros?, entiende que nacimos para estar juntos, ser uno mismo, la unión de la pizza y el hombre. ¿Quieres arrojar por la borda todo lo que podemos llegar a ser?—dijo la pizza.
—No, pe-pe-ro tengo que en-en-tregarte, lo siento —le dije, mientras mi corazón cada vez se hacía más pequeño.

En el fondo escuché un grito, era aquella vieja harpía asquerosa apurándome desde las mesas para que le llevara su pizza. Mi amor se volvió a dirigir a mí:

—¿Es realidad quieres que me vaya con aquella estúpida? —decía mi amor — ¿crees que ella pueda valorarme?, ¿crees que ella pueda hacerme sentir lo que realmente valgo?
—No mi amor, tú eres única. Solo una persona como yo podría hacerte sentir como la princesa que eres, solo yo podría dedicarle toda la vida a admirarte —le dije.
—¡Dónde está mi pizzaaaa! —gritó la asquerosa mujer desde las mesas.
—Nos queda poco tiempo amor, lo siento mucho —le decía mientras sentía como nacían las lágrimas en mis ojos y morían con lentitud en la comisura de mis labios.
—¿Sabes?, dime a los ojos que no me amas, luego bésame. Si después de eso puedes despedirte de mí, está bien, te dejaré ir, me entregas y te aseguro que no miraré atrás, serás libre de mí. No te guardaré ningún tipo de rencor —me dijo.

Me arrimé lentamente a ella, pude sentir su cálido aliento sabor a queso acariciándome todo el rostro. El corazón sentía que quería salirse del pecho, cuando menos me di cuenta mis labios ya habían hecho aquél mágico contacto.

Movía mis labios con pasión y amor, entregándolo todo. Si hay un Dios en el cielo, estoy seguro que el mismo habría estado mirándome, orgulloso de mí.

En eso pude sentir como ella me metió lentamente una rodaja de peperoni en la boca, era su versión de beso francés, o mejor dicho: de un beso italiano. Eso que hizo simplemente me hizo perder la cabeza, ¿el corazón?, ¡pff!, el corazón ya se había muerto de tanto latir, ya no podía sentir mis latidos, ya no podía sentir nada, había entrado en un estado de éxtasis donde nada importaba.

—Hazme tuya, hazme tuya aquí y ahora. Hagámoslo rapidito, antes de que me tengas que entregar, sí tenemos tiempo, ¡vamos, vamos! —me dijo.

La tiré violentamente contra el suelo. Me desabroché el cinto y bajé rápidamente los pantalones y mi ropa interior. Se veía tan bella tirada en el suelo, sencillamente se veía bella desde cualquier ángulo.

Me puse encima de ella y la penetré con gentileza, como se penetra a una dama, empecé despacio, saboreando cada segundo del momento.

—¡Con fuerza! —me gritó.

Aumenté la velocidad, ahora sabía cómo le gustaba, era mi tarea hacerla rebozar de placer, hacerle sentir nuevas emociones, hacerla tocar el cielo a través de mis salvajes embestidas animales.

—Déjame arriba, déjame cabalgarte —me dijo.

Rápido me giré y cuando menos me di cuenta ya la tenía encima. Podía sentir como escurría todo su queso y su aceite, podía sentir su calor. Me levanté la parte baja de la camisa para llenarme más de ella, llenarme más de su amor y de todos sus fluidos.

Sentía aquella sensación muy dentro de mi entrepierna, como se iba agitando una especie de avispero, un panal de abejas que quería salir a través de mi pene, era yo llegando al orgasmo:

—Me-me-me voy a venir amor, me voy a venir, ¿qué hago?—le dije.
—¡Yo también, yo también!, ¡vamos a venirnos juntos! —me dijo con fuerza.

Se me empezaba a ir la respiración, era yo ahogándome para que no me escuchara gemir. Pero a ella no le importaba, sus gemidos eran tan deliciosos, como una buena obra de música clásica. Dejó de importarme, nuestros gemidos se convirtieron en uno solo, me dejé llevar… Me dejé ir para poder venirme.

Pude sentir como los chorros de blanco esperma se combinaban con el queso, el peperoni, el jamón, los champiñones, las piñas y las aceitunas. La bañé toda, parecía como si un litro de semen hubiese salido de mi entre pierna. Era la primera vez en mi vida que veía tanto, al día siguiente seguro que habría tenido resaca por perder tanto líquido.

—Te amo —le dije. Al mismo tiempo que le di el beso más tierno que pude en la frente.
—Yo también te amo —me dijo.

La veía a los ojos, cuando subí la mirada me congelé y toda la piel se me estremeció. En la ventanilla circular pude notar como la señora a la que le pertenecía estaba impactada y grabándonos con la cámara de su teléfono celular.

Me subí la ropa interior y los pantalones lo más rápido que pude, me incorporé, la señora empezó a gritar.

—¡Eres un maldito cerdo!, ¡cerdo asqueroso hijo de puta!, ¡voy a hablar con la policía!, ¡vas a pasar toda tu vida en prisión!, ¡deja que se entere el mundo! —gritaba con locura.
—Amor, rápido, cierra la puerta —me dijo mi pizza mientras se escondía detrás de mí.

Rápido fui a la puerta y le puse seguro.

—¡Atráncala amor, atráncala! —me dijo.

En la mesa estaba una espátula gruesa, así que la puse entre las dos manijas interiores que servían para abrir la puerta.

—Va a venir la policía —le dije a mi pizza.
—No importa amor, no te preocupes, abrázame, lo importante es que estemos juntos —me dijo.

A la hora ya habían vuelto mis amigas, me decían que por favor saliera, que todo iba a estar bien. Una hora después llegó la policía, intentaban forzar la puerta. En el fondo todavía se podían escuchar los gritos de la señora y cómo me llamaba cerdo por el hecho de haber descubierto el amor verdadero.

Empecé a pensar en mi familia, en lo que pensarían de mí en la universidad, nada volvería a ser lo mismo. Se me hizo un nudo en la garganta y empecé a llorar.

—¡Tarde o temprano tienes que salir, hijo, vamos a llamar a los bomberos para que tumben esta maldita puerta —dijo el policía que ya había llegado al lugar de los hechos.
—No, no salgas amor, solo nos quieren separar —me dijo la pizza.

Pude notar que ella también lloraba y temblaba, estaba tan asustada como yo. La pobre todavía tenía un poco de semen en su cara, la intenté limpiar pero estaba muy impregnado en todos sus ingredientes.

—¿Crees que si nos entregamos nos dejen pasar la condena juntos? —le pregunté.
—No creo, las personas que nunca han conocido el amor son precisamente el tipo de personas que no dejarían que tú y yo estemos juntos —me dijo.
—¿Qué hago?, ¿Qué se supone que debo hacer? —le dije. Ya con algo de desesperación.

Pasaron unos segundos de silencio.

—No falta mucho para que vengan los bomberos, te voy a hacer una pregunta y quiero que me respondas con honestidad —me dijo, luego prosiguió — ¿crees en Dios?
—No estoy seguro, no soy religioso, no sé qué creer.
—Bueno, ¿crees en la vida después de la muerte? —me preguntó.
—No, no sé, no estoy seguro.
—Bueno, deja te digo que la vida después de la muerte si existe. Tal vez no creas en ella, pero tarde o temprano el tiempo me dará la razón. Quiero que por favor te entregues y salgas adelante sin mí. Yo no creo poder vivir sin ti, no aguantaría estar lejos de ti. Por favor, entrégate y antes de hacerlo méteme en el horno.
—¡No, por favor, no así! —le dije. No podía creer lo que me estaba diciendo.
—Por eso te pido que creas, para que no te mate la desesperanza. No va a pasarme nada, ¿sufriré?, sí, un poco. Pero tarde o temprano nos volveremos a ver, lo que yo no podría aguantar es una vida sin verte. Prefiero morir hoy que tener que pasar una eternidad en la que no estás a mi lado —me dijo mientras ya empezaba a llorar.

Se escuchó un fuerte golpe, era el bombero que con un hacha empezaba a destruir la puerta.

—No nos queda nada de tiempo, por favor, ¡hazlo por mí! —me rogó.

Los golpes eran cada vez más fuertes, pude ver como cayó un pedazo de puerta y cómo el bombero metía la mano para intentar alcanzar la espátula con la que había atrancado la puerta.

Me levanté rápido, la abracé con fuerza, luego la besé en los labios, no me importó que aún tuviera mucho de mi semen. La arrojé rápido al fuego del horno, pero para ser sincero… No fue una pizza lo que arrojé aquél día…, fue mi corazón.

Antes de los últimos golpes del bombero me di cuenta que yo tampoco quería vivir una vida lejos de ella, sus gritos de dolor en el horno me hicieron tomar la decisión: yo la habría de alcanzar en la otra vida.

Me incliné hacia la mesa y tomé el cuchillo más grande. Mis ojos nublados, bañados en lágrimas. Podía escuchar los gritos de las personas diciéndome que no lo hiciera. Podía ver como el bombero apresuraba la marcha.

—Te amo —susurré mientras miraba el horno. Los gritos de mi amada ya se habían ofuscado.

Tomé el cuchillo y con todas mis fuerzas lo pasé por debajo de mi cuello, de orilla a orilla. Pude escuchar el sonido de los chorros de sangre que salían a presión y en todas direcciones. También pude sentir un crujido fuerte en el momento en que la hoja de metal pasó por mi garganta.

No sé en qué momento caí al suelo, pero recuerdo bien que la luz al final del túnel no era otra cosa que las luces de la cocina, los gritos y golpes cada vez se escuchaban más graves pero también más flojos.

Sonreí mientras el único recuerdo feliz de mi vida era el momento en que hice a esa pizza mía. Pude sentir las lágrimas resbalando hacia los lados. Seguía sonriendo, la luz cada vez brillaba menos, un color gris inundó mi mirada, y de un momento a otro…, una eterna oscuridad lo cubrió todo.

. . .

Me desperté unos días después en la cama de un hospital, en aquél entonces no recordaba nada. En la televisión todavía estaban los vídeos, entrevistas y demás evidencias de aquel siniestro espectáculo que se había llevado a cabo en La Pizzerízima.

En las noticias pude ver como ese mismo día habían ido policías para arrestar a Don Mancino, al parecer los estudios toxicológicos de mi sangre habían arrojado una grave intoxicación por psilocibina, un fuerte alucinógeno que proviene de los hongos.

La investigación arrojó que Don Mancino, para ahorrarse algo de dinero, había comprado un lote completo de hongos alucinógenos como sustituto de champiñones a un mercader que las autoridades todavía están investigando. Eran los mismos champiñones que yo había comido en la bodega aquella tarde.

La sobredosis de aquella sustancia (aseguran los profesionales) fue la causa de que yo me entregara con lujuria y pasión a los placeres que esconde la pizza. Caso cerrado, no se presentaron cargos porque nunca se pudo vincular que alguna pizza con la que yo haya tenido relaciones haya tenido contacto con algún cliente. Por suerte aquél caso fue algo efímero, algo que rápido sería olvidado.

Unas semanas más tarde ya me habían dado de alta del hospital, saludé a mis padres los cuales me miraron sin rencores, solo algo preocupados por los efectos que aquello haya podido tener en mi cabeza.

Cenamos, me despedí de ellos y fui a mi habitación, cerré la puerta y puse el seguro.

Entré a internet y puse un vídeo del top 10 de las mejores pizzas en el mundo, me bajé los pantalones y empecé a masturbarme.

—Sí claro, los hongos —susurré.

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