Hombre estúpido y hombre sabio

Los antiguos griegos veneraban el deporte, la fuerza y el vigor de la juventud. Querían ver a todos sus jóvenes convertidos en pequeños Atlas. Es una formidable postura, fomenta el ejercicio y la salud que tiene arraigada dicha actividad física. Incluso podríamos considerar a esta idea como «visionaria» si se tienen en consideración los conocimientos médicos de la época.

Pero así como ser un hombre fuerte y hábil con las armas era algo respetado, mucho más lo era ser un sabio o aspirar a serlo. El milagro griego —incluyendo sofistas y filósofos— tenía arraigado un fuerte espíritu por la búsqueda del conocimiento, tanto del entendimiento humano como un «ser», como el entendimiento del mundo que nos rodea. El humano en la sociedad debía aspirar a desempeñarse bien en ambos bandos: El intelectual y el físico.

Entender la naturaleza fue una de las principales corrientes de pensamiento presocrático, por otra parte, la corriente socrática se enfocaba más en el entendimiento del hombre en este mundo, su posición, su comportamiento y todos los matices morales inherentes a la condición humana.

Aspirar a sabio era leer, estudiar, aprender de los mayores y maestros; y nunca, bajo ninguna circunstancia, dejar de cuestionarse. Aquellos hombres cuyas ideas sobresalían por encima del vulgo eran respetados, los conocimientos científicos eran elogiados, cada sabio u hombre inteligente tenía su posición en la sociedad. Los hombres que enseñaban a los demás eran vanagloriados,  sus conocimientos no eran menospreciados y nunca hubo la «filosofía» —si es que así se le puede llamar— de motivar la ignorancia o aplaudir un espíritu que no buscase innovarse a sí mismo.

Entonces mi pregunta es: ¿En qué parte de la historia la cagamos tanto para que el presente esté tan jodido?

En la actualidad un hombre inteligente se tiene que esconder. Mientras las personas elogian a los grandes deportistas y sus músculos, ser más inteligente puede hacer que te cuelguen en la plaza pública solo por el hecho de pensar diferente.

La sociedad no tolera que alguien sepa más, y mucho menos que enseñe lo que sabe. Porque claro, si dices lo que  sabes o intentas educar, entonces no eres un maestro, eres un pretencioso arrogante que debe ser erradicado antes de que siembre más mal o enseñe a otra persona las mismas manías.

Las personas miran a los deportistas y se ven allí: les gustaría ser igual de grandes y fuertes. Correr a grandes velocidades, atrapar un balón y hacer la anotación que le otorga a su equipo el triunfo. Salir a los vestidores y bañarse en una botella de champán mientras una porrista les deja brillando el rabo. Eso es lo que sueñan, todos aman a los deportistas, pero… el papel del hombre inteligente o sabio ya no tiene lugar en pleno siglo XXI.

Nadie quiere a las personas que enseñan, en esta sociedad saber menos que otra persona o ser menos inteligente, se considera un crimen. Las personas que saben menos tienen miedo de verse como «retrasados mentales», así que antes de aceptar la condición de ignorancia y hacer algo al respecto, prefieren amedrentar a los inteligentes o a los sabios, condenándolos y haciéndoles sentir culpa de ser diferentes y de decir lo que piensan.

Mientras todos acarician los músculos del deportista y le aplauden sus logros, los inteligentes y sabios tienen que vérselas para lidiar con toda las barreras que impone la misma sociedad, y claro, intentar destruir esas barreras sin ofender a nadie en el camino. Porque entre más inteligencia poseas, más daño hacen las palabras y más penitencia reciben quienes las profieren.

Las personas más inteligentes o más sabias no deberían estar calladas, no deberían estar escondiéndose en la sombra de los ignorantes o de los musculosos. No deberían estar todos y cada uno de sus días pensando en lo que van a decir por miedo a morir o ser estigmatizados por las pugnas sociales de los que prefieren al deportista que al hombre intelectual del siglo XXI.

No es justo y no llevará a la humanidad a ningún lado si seguimos haciendo que las personas inteligentes se sientan acosadas y en peligro.

No sé en qué momento de la historia hicimos que ser más inteligente sea un tipo de discapacidad mental y que ser un estúpido sea algo digno de elogios.

Pero bueno, esto solo es un pensamiento de alguien que no es nada ni nadie, de esos efímeros atisbos de luz que vienen en un segundo y escriben otro.

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