Libros que tienes que leer: Manual de pintura y caligrafía de Saramago. Reseña de un viaje a través de los más profundos miedos de los escritores y los pintores, un ensayo filosófico de la moralidad del artista.

La pintura y el dibujo son una mierda, la literatura los supera por mucho, la escritura es de Dioses, pintar cualquier pendejo puede. Algo así es la premisa con la que Saramago inicia su libro «manual de pintura y caligrafía». Que ardan todos los cielos por semejante aseveración que peca de apócrifa, no canon, no saramaguiense, ¿saramagueña?, sara…

Antes que nada, perdón, yo sé que tengo esta serie abandonada bastantes meses, me gustaría decir que voy a ser constante pero, serían promesas vacías. He estado muy liado los últimos meses, esto de hacer reseñas de libros es algo que requiere concentración y algo de tiempo. No por el hecho de repasar el libro otra vez, sino porque opinar de los grandes siempre puede ser un acto impío, un sacrilegio de los que nada escribimos pero mucho opinamos de los que sí, y peor aún; de los difuntos, el profano deporte de cagarse en la obra de todos los muertos.

En fin, ya que nosotros los feligreses ya estamos condenados, es mejor darle a lo que hoy concierne:

Manual de pintura y caligrafía es una novela de poco más de 300 páginas que algunos la engloban dentro de «novela filosófica», es la tercera novela de Saramago, eso quiere decir que el hombre todavía no descubría su propia voz de escritor, aquella voz que sería la que lo volvería leyenda. Su novela es un mar de confusión para el lector que no va armado con una buena exégesis de lo que Saramago intenta plasmar en sus líneas y entre ellas.

El libro no es otra cosa que un personaje llamado H. que es un pintor mediocre de retratos, pero, en sus ratos de ocio decide meterse a un arte que hasta entonces había sido ajeno para él… la escritura.

Vaya sorpresa que se dio, H. no tenía idea de lo que era escribir. Sí, había leído mucho, pero no había escrito nada, y poco ayuda leer mucho al escritor que nunca escribe. Es como coleccionar armas y nunca haber practicado el tiro. Cuando escribes te das cuenta que los recursos no son tan fáciles de usar, las palabras no vienen, no encajan en el orden correcto. Y mejor no hablemos del infierno que representa plasmar miles de ellas.

H. sabe esto, aprovecha su nuevo pasatiempo para indagar sobe la concepción moral de la pintura, la escritura y el papel del artista en la sociedad, y lo que personalmente más resalto: El desafío tanto del pintor como del escritor para enfrentarse al bloqueo. Por una parte el lienzo en el caballete, por otra, el horrible vacío de una hoja en blanco. No hay nada que abrume más al artista que el vacío, el miedo de no poder decir nada, de no poder pintar nada.

Peor aún, una vez iniciada la obra, Saramago en su piel de H. divaga con un bello pensamiento para todo aquél que se ha enfrentado a la creación de arte: Tanto en la pintura como en la escritura, desde la primera palabra o el primer trazo, sabemos de antemano que hemos optado por el camino equivocado. La inseguridad de saber que aquello que hace no es para nada bueno. La inconformidad del artista.

Todo texto cuando inicia es un certificado de recién nacido por ser llenado, y que horrible para su creador saber que su hijo está condenado a ser la peor abominación entre todos los hijos que andan por allí pululando con elegancia. ¿Qué puede ser peor que eso?, pues que tu hijo ni siquiera llegue a ser conocido, que muera perdido con tus otros borradores, en alguna carpeta en tu escritorio, en las páginas finales de un cuaderno que cada día se sepulta más en polvo.

Entre más escribe el pintor, más se da cuenta de lo limitada que ha sido su profesión. Es cierto, la pintura tiene algo que nos conmueve, más si aquella mano que la hace pertenece a una persona que sepa hacer arte de verdad. Pero, entre más escribe más se va perdiendo, más se va dando cuenta que en el mundo de las palabras no estamos tan limitados como en la pintura. Esto último lo deja claro con la siguiente frase:

“Pintar tiene sus limitaciones, un trazo más puede arruinar una pintura, pero, las palabras solo saben apuntar a la infinidad”.

Dado que el personaje es un pintor de retratos, su profesión está limitada a no ser lo que él quiere, sino lo que los otros esperan que sea, su expresión artística ha sido secuestrada por la moralidad de cumplir con los contratos y la expectativa social.

Pero, cuando escribe lo hace para él, no para alguien más. Se va perdiendo en esa infinidad, y aunque perdido, no deja de darse cuenta que como muchos escritores, solo cuando escribe es realmente libre. Un lugar donde no hay barreras, no hay reglas, un lugar que sobrepasa por mucho lo que los dogmas sociales han establecido.

Manual de pintura y caligrafía dará un enorme paseo por esas reflexiones a la par del progreso de la vida de H. El hombre conocerá el amor y lo perderá, la novela (como de costumbre de Saramago) estará ambientada en la Lisboa bajo el régimen del salazarismo. Esto no es nada nuevo, si leíste la segunda parte de esta serie sabrás que el Estado Novo es algo muy personal en la vida de Saramago. Por eso le concedieron el premio Nobel, ¿qué esperabas?

La novela también estará llena de ejercicios de autobiografía, distintos lugares de Europa adornados de palabras, mera escritura ornamental que más que hilvanar la trama solo demuestra lo lego que era Saramago en la escritura.

Como conclusión: El libro vale la pena, no es fácil, es un libro que viene de un premio Nobel cuando la academia premiaba a escritores de verdad, así que no es apto para todas las mentes incautas que se la han pasado leyendo novela juvenil, incluso podrá ser aburrido para algunos que pregonan ser expertos. Pero, en lo personal lo amo, y lo volvería a leer en unos años, es de los pocos que con su final te hacen soltar aquella efímera lágrima de empatía.

En mi opinión y sin hacer spoilers:

Entre más se escribe, más egoísmo e intimidad se tiene con lo escrito. No se trata de ver si eres bueno o malo, sino de ese imperioso sentimiento de pertenencia, de que parte de lo que eres se va con cada texto, que nadie te merece en tu estado más puro.

El personaje de la novela, entre más avanza la misma, más se le revelan sus inseguridades como escritor novato, más ridícula se le hace la idea de que a alguien en verdad le vaya a interesar lo que ha escrito.

Al final de la caída del Estado Novo, H. tiene un diálogo con su nueva pareja que deja en claro el punto que ha alcanzado, el momento en que se ha dado cuenta que ahora es escritor:



─Un día te daré unos papeles que tengo ahí guardados para que los leas.
─¿Secretos? ─preguntó ella, sonriendo.
─No. Papeles. Cosas escritas…

¡Booooooooooooom! La elegancia del maestro. En fin, espero y te haya gustado esta reseña/recomendación. En la siguiente entrada no sé si hablar sobre memorial del convento o el año de la muerte de Ricardo, no me gustaría tomar el orden cronológico, igual los borradores de las veintitantas novelas de Saramago ya los tengo escritos en mi cabeza desde hace años, solo será saber cuál encaja mejor para hacer que otros descubran al escritor de forma amena.

Como sea, ¡nos vemos en la cuarta parte de esta serie!

Besitos.

#PeaceOut.

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