Relato corto: Su primer hijo

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Título: Su primer hijo.
Por: Efraín Puentes.

Una tarde de un fin de semana, Kate estaba en su cama tomando una siesta cuando un fuerte dolor en su vientre la despertó, al parecer ese día daría a luz a su primer hijo. El dolor la hizo dar un alarido tan impetuoso que se pudo escuchar en toda la cuadra. Su marido, que aquél día descansaba del trabajo, se encontraba en la sala viendo un partido de fútbol en la televisión. Después de escuchar el grito corrió asustado a la habitación para ver lo que sucedía.

—¡Es hoy, es hoy! —le gritó Kate.
—¡Oh por Dios! —respondió el marido. Corrió hacia ella y la cargó en brazos, la metió al auto y piso fuerte el acelerador para llevarla al hospital. El hombre estaba emocionado, ese día conocería a su primer hijo. La emoción combinada con el miedo lo hizo brincarse todos los semáforos rojos de la avenida principal.

Después de varias horas de labor de parto, sangre y lágrimas, el llanto del recién nacido pudo escucharse en la sala de parto. El médico cortó el cordón umbilical y puso  al recién nacido en los brazos de Kate.

—Felicidades, es un varón —dijo el médico.

Kate tenía de nuevo lágrimas en los ojos, pero esta vez eran de felicidad. Su marido se arrimó a Kate y la besó en la frente, luego besó a su hijo y lo acarició en el rostro. Kate y su marido se sonrieron mutuamente. Dios les había regalado un hijo para alegrar sus vidas.

Dos días después Kate ya había sido dada de alta y su marido la había llevado a aquella casa que ahora era diferente, ahora era un hogar que albergaría a la nueva familia. La sonrisa de Kate se dibujaba en la cara mientras cruzaban la puerta de aquella casa,  «gracias a Dios», pensó.

Aquella noche mientras dormían el llanto del bebé despertó a ambos, Kate se despertó esa madrugada para ir a la habitación del bebé. Kate lo cargó en los brazos mientras le cantaba una canción para que el niño lograra conciliar el sueño. Kate tardó casi dos horas para que el niño pudiera dormir. Al final, ya cuando el niño logró cerrar los ojos, lo puso en la cuna y ella volvió a la cama.

La madre novicia empezó a experimentar aquellos desvelos que un primer hijo siempre le da a la madre en sus primeros años de vida. Conforme pasaban los días, las oscuras ojeras empezaban a sombrear todos los ojos de la madre, aunque estaba cansada, ella en el fondo podía sentir una gran felicidad, ella había deseado ser madre desde hace ya varios años, y aquél niño… «Es un regalo de Dios», pensaba.

Aquella madrugada el niño la levantó de nuevo. Kate se despertó y fue a la habitación del niño, tuvo que cambiar sus pañales, cantarle una canción, incluso le contó una historia de un bebé que viajaba a la luna, aunque el niño no entendía eso, en el fondo reconfortaba el corazón de Kate.

Cuando la luz del alba volvía a bañar toda la habitación, el niño por fin pudo volver a dormir. En la habitación de Kate se escuchó la alarma que tenía el marido para levantarse temprano. Kate fue a la cocina y le preparó el desayuno. Una hora después el marido fue al cuarto para besar la frente del niño, luego besó a Kate en la boca.

—Te amo, te veo más tarde —le dijo a su esposa.
—Está bien, te amo —le respondió Kate.
—No hagas comida, de regreso intentaré comprar algo, tú descansa, te lo mereces —le dijo el marido.
—Sí, está bien.

El marido subió al auto y se fue al trabajo.

Kate fue a su cama a intentar dormir unas horas. Sentía como las pestañas se volvían la parte más pesada del cuerpo, cuando estaba a punto de cerrar los ojos… el  niño empezó a llorar de nuevo. Kate se levantó y fue a la habitación del bebé.

—¿Qué pasa amor?, ¿qué tienes? —le dijo al niño mientras lo cargaba en brazos.

Kate empezó a bailar con él mientras le cantaba canciones de cuna. El niño seguía llorando. Kate fue a su habitación, se sentó en la cama y empezó a hablar con él.

—¿Qué pasa, hermoso?, ¿qué le molesta a mi niño? —le dijo.

Kate recordó que la noche anterior, el niño no había sido amamantado.

—¡Ya sé lo que tiene mi niño!, ¿quiere comer,  mi amor? —le dijo.

Kate sacó su seno y lo arrimó a la boca del niño, el infante empezó a mamar de la teta de la mujer, Kate sonreía, se levantó y encendió el televisor. Volvió a la cama mientras todavía seguía amamantando al niño.

En la televisión estaba un aburrido infomercial, de aquellos que duran horas. El presentador anunciaba una crema para adelgazar y quitar estrías. Kate sonrió, «vaya, voy a necesitar una tonelada de esa crema», pensó.

La succión del niño y su aroma le dieron una paz increíble, su corazón había bajado el ritmo, en aquél momento sonrió y por fin entendió aquella felicidad tan secreta y exclusiva en las mujeres que significaba ser madre, sus ojos le empezaron a pesar, el aburrido anuncio seguía, y, cuando menos se dio cuenta, Kate cometió el mayor error que puede cometer una madre novicia… Se había quedado dormida con el niño.

Unas horas más tarde Kate despertó, el alarido de Kate casi rompe los cristales de la casa, aquél grito era aún más fuerte que el que había dado no hace mucho tiempo por el alumbramiento, aquél grito era el de una madre que perdía a su primer hijo.

Sobre las sábanas estaba el cuerpo pálido y azulado de su bebé,  sin darse cuenta Kate lo había aplastado y lo asfixió hasta asesinarlo.

Los mares colgaban de sus pestañas, el nudo en la garganta más que ahogarla parecía que la ahorcaba, se abalanzó sobre él, lo besó y lo abrazó con fuerza, Kate no volvería a ser la misma después de aquél día, los gritos y el llanto siguieron escuchándose en aquella casa el resto de la tarde.

Unos días después Kate y su marido volvían del funeral de su bebé. Kate jamás pudo imaginar que en su vida tendría que ver un féretro tan pequeño. Los días siguiente Kate lloraba y gritaba, había caído víctima de una depresión profunda. El médico de cabecera tuvo que ir a la casa a sedarla en varias ocasiones, incluso le recomendó al padre que compara la suficiente valeriana para poder dársela en té a su esposa y así tranquilizarla.

Los medicamentos y el tiempo parecían no surtir efecto en la mujer, la mitad de su corazón (si es que no completo) habían sido sepultados en aquél féretro pequeño.

Las dos semanas de luto que le habían dado al marido en su trabajo, ya habían transcurrido, tuvo que volver al trabajo con la angustia de no poder seguir acompañando a su esposa en su dolor.

—Tengo que volver a trabajar amor, por favor, dime que intentarás estar bien —le dijo su marido.

Kate no contestó, estaba acostada desde la cama viendo la ventana. Su marido marchó.

Ese tarde Kate siguió llorando y empezó a maldecir a los cielos y a todo lo que habitaba en ellos.

—¡¿Por qué yo?!, ¡¿por qué yo, Dios?!, devuélvemelo, por favor, ¡devuélvemelo!, mi hijo… ya no quiero vivir,  no quiero vivir sin mi hijo, ¡devuélvemelo! —le gritó Kate al techo.

Aquella réplica de dolor pudo haber sido escuchada en todo el universo, por todos los dioses, por todo lo divino, Kate seguía maldiciendo cuando de repente… Algo sonó en la ventana, eran unas manos oscuras con unos dedos gigantes, de unos treinta centímetros cada uno, las manos apenas tenían músculo, cualquiera pensaría que era sólo la piel forrando el hueso.

Las manos empezaron a levantar la ventana lentamente, luego sostuvieron el marco de la ventana para impulsarse. A través de ella entró una criatura de unos tres metros de alto, aquella cosa tuvo incluso que ladear la cabeza para no topar con el  techo. Kate soltó un grito, el pánico se había apoderado de ella.

—Buenas tardes señorita, ¡no se asuste!, no soy un monstruo. No se deje engañar por mi apariencia, preocupase más de que la engañe con mi palabras —sonrió la criatura que tenía afilados colmillos y unos ojos que parecían de gato.
—¿Q-q-quién e-es usted? —preguntó Kate con dificultad mientras aún balbuceaba por el miedo.
—Oh pues… Soy una «persona» —dijo mientras movía sus dedos para simular las comillas —que escuchó sus lamentos. ¿Sabe?, nunca había escuchado a una madre gritar y llorar tanto, por eso he decidido venir e intentar ayudarla. Le voy a ser honesto, no soy un ángel ni nada por el estilo, de hecho… vengo a proponerle un juego, y si me gana, bueno, podrá recuperar a su hijo. Sin embargo, si  yo gano, su alma me pertenecerá. Me es obligado señalar, que yo debo advertirle que está prohibido jugar conmigo, son reglas de lo que ustedes los humanos llaman «Dios». Pero, si acepta, usted se estará comprometiendo a jugar conmigo y asumir las consecuencias de cualquiera que fuese el resultado, es decir; una vez que diga «acepto», no habrá marcha atrás.

La mujer no podía creer lo que estaba viendo, ¿se había vuelto loca?

—¡Ah!, y para motivarla y así sepa usted de que soy un completo tramposo, he decidido traer el premio por adelantado —dijo la criatura. Apenas terminó sus palabras se empezó a escuchar el llanto de un bebé. La criatura sacó sus manos por la ventana y metió una canasta con el hijo de Kate envuelto en unas cobijas, los ojos de Kate se llenaron de lágrimas e ilusión, extendió sus brazos para recibir a su hijo, pero en eso…
—¡Un momento pequeña tramposa!,  aún no hemos jugado, para tener al niño de regreso usted debe aceptar este juego —dijo la criatura.
—¿Cuál juego? —preguntó la mujer.
—Bueno, el juego es demasiado sencillo, a mí me gusta llamarlo «daría mi vida para volver a ver a mi hijo», las reglas no se las podré explicar hasta que acepte. Pero, déjeme decirle que son demasiado sencillas,  algunas madres pierden, otras ganan, la decisión queda en usted.

La madre se veía confusa, no sabía si aquella decisión era la más adecuada, el miedo la consumía, pero no podía dejar de ver a su hijo en aquella canasta, llorando, no podía dejarlo allí…

—Acepto —dijo la mujer.
—¡Está bien! —gritó aquél ser. Se puso en cuatro patas y empezó a hacer sonidos  extraños, algo parecía moverse entre sus entrañas, abrió la boca y regurgitó un corazón y un marcador.
—Dentro de este corazón he escrito el nombre de quién yo creo es el nombre de la persona que más amas. Toma el marcador  y escribe el nombre de esa persona en tu brazo, una vez que lo hagas abriremos el corazón. Si yo adiviné, entonces yo gano, si no es así, bueno, puedes quedarte al  niño por toda la eternidad —dijo la criatura.

La criatura tomó el marcador y se lo extendió a la mujer.

—¡Ah!, y para que sepas que no hago trampa, me voltearé y cubriré mis ojos —dijo aquél ser.

Kate se quedó pensando, ¿qué nombre debía poner?, en el fondo de su corazón sabía que la persona a la que más amaba era a su hijo, pero, ¿realmente era el nombre correcto?, aquella criatura lo sabía, ¿podría engañarla?

Kate decidió escribir otro nombre, alguien que no fuera el nombre de su hijo, decidió poner el nombre de su marido.

—Listo —dijo Kate.
—¡Vale! —dijo la criatura—. Quitó las manos de sus ojos y volteó. Tomó el corazón de suelo y lo desgarró para ver el papel que estaba en su interior.
Abrió el papel y se lo mostró a Kate, era el nombre de su hijo.
—Muéstrame el nombre que escribiste en tu brazo —dijo la criatura.
Kate le mostró el brazo y la criatura pudo ver el nombre de su marido.
—Vaya, has perdido —dijo la criatura.
—Pero, no adivinaste el nombre —dijo Kate.
—Está bien. No te preocupes, soy más indulgente que aquello que tú llamas «Dios», yo no podría dejar que una madre pierda a su hijo, yo no podría dejar que vivas sin él. Tómalo —la criatura tomó la canasta y se la dio a Kate —, espero y él te traiga la felicidad que tanto anhelabas.

La criatura se levantó del suelo y salió por la ventana.

—Fue un gusto señorita —le dijo la criatura mientras se despedía para nunca volver a ser vista.

Kate besó la frente de su hijo, de sus ojos volvían a salir las lágrimas de felicidad por el reencuentro.

Se sentó en la cama y empezó a sentir como de nuevo la invadía el sueño, estaba muy cansada, y cuando menos se dio cuenta, había quedado dormida…

Unas horas más tarde, el marido de Kate bajó del auto y abrió la puerta de la casa.

—¡Amor, ya llegué!, compré una pizza —dijo mientras dejaba sus llaves en la mesa.

Se dirigió al cuarto, pasó a través del umbral de la puerta y no pudo creer lo que estaba viendo. Aquél grito también se escuchó por todo el vecindario.

En la cama yacía el cuerpo sin vida de Kate, al parecer se había cortado las venas de un brazo, la cama estaba llena de sangre, en su cara pálida aún aparecía dibujada aquella sonrisa.

.   .   .

Hay veces en las que bajo al infierno y veo todas esas almas que por alguna u otra razón han terminado aquí abajo. Hay cosas que he visto que no me gustaría contarte porque no me las creerías.  Pero, si tuviera que contarte del lugar que más melancolía emana, sin duda alguna sería la sala de maternidad.

Cuando entras puedes ver miles de madres hasta donde alcanza la vista, todas sonriendo, acostadas en la cama y amamantado lo que parecen grandes pedazos de carbón.

Hay quienes pensarían que es injusto, yo no escribí las reglas de lo que algunos llaman «Dios» ni tampoco las del infierno. Sólo sé que allí estarán por toda la eternidad las mujeres cuyo corazón fue cegado por el amor, y que, aquellos secretos y devoción que sólo una madre conoce, fueron los mismo que las impulsó a perder aquél juego desde el momento en que dijeron «acepto»…

FIN

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