Relato corto: La primera mano de su vida

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¿Cuánto has perdido en una apuesta?, yo he visto a muchos ludópatas perder miles y millones. He visto sobre la mesa de juego un Himalaya hecho de dinero. A veces no sólo hay billetes, en ocasiones se pueden ver anillos de boda, escrituras de bienes raíces. Incluso, una vez un tipo apostó su mano izquierda en una carrera de caballos. ¿Cuánto has perdido en una apuesta?, ¿podrías apostar tu propia vida si crees que la suerte está de tu lado?,  o mejor aún; ¿podrías apostar algo que valga más que tu propia vida?…

Damián Tylor había sido invitado a jugar una partida de póker Texas hold’em no-limit en el sótano de un casino no tan conocido ubicado en el Strip de las Vegas. Aquella mesa estaba conformada por los peces gordos del casino, el dueño del casino, y claro; Damián Tylor. Hasta la fecha no sé cómo es que Damián terminó allí, si me lo preguntases sólo te podría decir que era un tipo con suerte, pero, el concepto de suerte que tenemos tú y yo es muy distinto.

Si tiras dos dados sobre la mesa toda tu apuesta sería por un siete, por otra parte; yo no apostaría por un siete. Apostaría a que esos dados mostrarían un número entre el dos y el doce. Pero, en las Vegas… todo es diferente. Hay veces en la que alguien tira los dados y sale un trece.

La partida había empezado, Damián tenía en efectivo cien mil dólares. La apuesta pequeña era de tres mil dólares, la grande de seis mil.

Damián era un experto apostando en todo tipo de juegos, algunos clientes recurrentes en las mesas de otros casinos lo llamaban de cariño «Lucky». El hombre sabía cuándo retirarse, cuando subir la apuesta, cuando jugar en las máquinas y qué día apostar en los caballos. Hay quienes cuentan que incluso revisaba las fichas médicas de los veterinarios asignados para ver el estado de salud  de los equinos. Te lo digo: Una maldita máquina de apuestas. Era tanta su afición que por esa misma razón su esposa lo había abandonado, al menos eso es lo que él contaba cada vez que coqueteaba con alguna  mujer en las mesas de los casinos.

En la mesa de aquél sótano estaban seis hombres y un crupier que vestía un chaleco negro, una camisa muy bien planchada y una corbata. Entre las sombras se podía observar una multitud de guardaespaldas, todos armados. Esa mesa era para hombres de negocios serios y Damián.

El crupier empezó a barajear el mazo con una prestidigitación increíble. Los jugadores expectantes miraban de vez en cuando los ojos de los otros jugadores, nadie traía gafas oscuras. Los hombres de aquella mesa no creían en la suerte, Dios o demonio alguno. En especial Damián, en las falanges de los cuatro dedos de la mano izquierda (a excepción del pulgar), se observaban los tatuajes de las cuatro figuras de una baraja inglesa:

♥  ♦  ♣  ♠

El crupier terminó y repartió. Damián era la apuesta grande, tuvo que poner seis mil dólares en la mesa.

—Vaya, al parecer ganaré el juego en la primera mano —dijo Damián después de ver las dos cartas que le había repartido el crupier: [A♦][A♠]. Damián tenía la mejor mano inicial en una mesa de Póker, él lo sabía, así como también sabía que podía sacar de la partida a cualquier jugador incauto. Los demás jugadores mostraban su cara de póker, excepto el anfitrión. Aquél dueño del casino no había llegado a la cima creyéndose cualquier farol. ¿Lo interesante?, Damián no era de los que faroleaban.

—Mi estimado Damián, creo que ya somos dos —dijo el anfitrión después de ver su mano.

Los demás en la mesa permanecían en silencio, de vez en cuando se podía escuchar toser a propósito a algún guardaespaldas para aclararse la garganta. El humo de los cigarrillos en el ambiente era denso.

Todos los jugadores pagaron la apuesta para entrar al juego.

—Está bien, juguemos caballeros, pongo otros doce mil —dijo Damián a la vez que le lanzaba dos fajos grandes de dinero al crupier.

Todos los jugadores tiraron sus cartas exceptuando al anfitrión,  el cual sonreía con un exceso de confianza.

—Pago tus doce mil —dijo el anfitrión mientras extendía su mano para darle el dinero al crupier.

Después de eso el crupier mostró el flop sobre la mesa:

[K♠] [8♠] [A♣]

El corazón de Damián casi le explota en el pecho, quería tragar saliva pero los años de experiencia le habían enseñado que nunca hay que mostrar el rostro delator al tener una jugada tan buena como lo eran los tres ases.

El crupier miró a Damián a los ojos para darle a entender que era su turno de seguir con las  apuestas. Damián tenía que buscar la forma de sacar el mayor provecho de su mano pero sin delatar que ya estaba ganado el juego.

—Vaya… al parecer ya gané este juego —dijo Damián.
—¡Ja, ja, ja!, tus miserias de dinero contra mi casino, perderás por el simple hecho de no tener el mismo dinero que yo —dijo el anfitrión.

A Damián le molestó el comentario del sujeto, empezó a notar que era cierto. La cantidad de dinero que poseía aquél sujeto era tan grande como para poder farolear. Y tal vez… esa era su debilidad.

—Van veinticuatro mil más —dijo Damián mientras arrojaba los billetes al centro de la mesa.
—¿Veinticuatro?, esperaba más de ti. Voy con todo —dijo el anfitrión mientras con tono burlón aventaba un portafolio que con facilidad tenía un millón de dólares en billetes de alta denominación.

El anfitrión no paraba de reír, los demás en la mesa miraban atónitos, sabían que aquél era el final de Damián, la primera mano de la noche y el hombre ya lo había perdido todo.

Damián estaba en un problema. Podía tirar sus cartas perdiendo sólo 42 mil dólares, o podía pagar la apuesta del anfitrión, ¿el problema?, si aquél hombre no estaba faroleando Damián habría perdido el juego. Pero… ¿qué les hace pensar a ustedes que en realidad Damián iba a perder esa mano?, por algo Damián había sido bautizado como Lucky.

Pasaron varios minutos, el corazón de Damián ya estaba en la garganta, a punto de salir por su boca. Las gotas de sudor se veían recorrer toda su frente hasta llegar a la nariz y sus mejillas, hace tiempo que su cara de póker se había desvanecido más rápido que el dinero con el que había llegado. Damián estaba acorralado, no sabía cómo salir del problema en el que se había metido por ambición, incluso al crupier le latía el corazón, nunca había visto tanto dinero sobre una mesa, nunca había  visto a alguien perder tanto dinero en tan poco tiempo.

Aquellas palabras  que resonaron por todo el sótano jamás iban a ser olvidadas en toda la historia de las Vegas:

—¿Cuánto hay en ese maletín? —dijo Damián.
—¡Ja, ja, ja!, ¡más del que tendrás en toda tu vida, amigo!, ¡más del que gastarás en toda tu maldita vida! —dijo el anfitrión mientras reía con un tono que molestó más a Damián.
—¿Cuánto? —dijo Damián.

El anfitrión miró con sospecha a Damián, ¿acaso tenía más dinero? El hombre tronó los dedos y le hizo un gesto al crupier. El crupier abrió el maletín y se puso a contar el dinero, pasados unos minutos terminó:

—1.5 millones, caballeros —le dijo el crupier a los presentes.
—¿Puedes pagar eso?, 1.5 millones no es nada para mí —dijo el dueño del casino.

Damián veía fijamente el maletín con todo el dinero, hace ya varios minutos había tomado su decisión. Extendió su mano y sacó su cartera, la abrió y sacó un pequeño cuadro de papel, lo arrojó al centro de la mesa.

—Esa es mi apuesta —dijo Damián mientras observaba los ojos del anfitrión. Los demás hombres echaron una mirada a lo que había dejado Damián en la mesa, todos estaban riendo, todos habían recordado la razón por la cual amaban tanto a «la ciudad del pecado».

El hombre levantó el pequeño cuadro que había dejado Damián sobre las mesas y lo miró detenidamente por varios minutos.

—Definamos los términos Damián, si gano… ¿Me la puedo quedar? —preguntó aquél hombre.
—No, sólo por hoy —dijo Damián.

El hombre miró al crupier, tenía sus dudas, eran un 1.5 millones lo que podía perder,  pero en el fondo sabía que aquello no se veía todos los días sobre la mesa.

—¡Está bien!, se me está haciendo agua la boca amigo. Te lo juro, no fue tan mala idea invitar al legendario apostador del que tanto se habla en las mesas —dijo el hombre mientras se tocaba la barbilla —, acepto la apuesta.

Ambos hombres se levantaron de la mesa y mostraron sus cartas, si bien uno de ellos no tenía que hacerlo, la emoción se había apoderado de ambos:

Damián: [A♦][A♠].
Anfitrión: [2♠][7♠].
En la mesa: [K♠] [8♠] [A♣]

El crupier reveló las dos cartas ocultas sobre la mesa:

[Q♠][2♣] + [K♠] [8♠] [A♣]

Damián palideció, había perdido la partida. Una tercia de ases contra cinco cartas del mismo palo. Se sentó lentamente de nuevo, no podía creer lo que estaba viendo.

—¿Dónde? —preguntó el anfitrión.

Damián sacó de su cartera su identificación y la puso sobre la mesa. El anfitrión chiscó los dedos y al instante cuatro hombres salieron de entre las sombras, miraron el documento y se marcharon del lugar.

Damián tenía un nudo en la garganta, estaba pálido, sólo podía ver la sonrisa del anfitrión, sus manos bañadas en joyas, ¿por qué la suerte había estado en su contra?, ¿por qué los dados habían mostrado un 13?, como les dije al inicio… En las Vegas todo podía suceder, y Damián lo sabía.

Media hora más tarde los cuatro hombres bajaban las escaleras del sótano. Con la poca luz que había en el lugar cualquiera pensaría que era un costal lo que estaban cargando en sus brazos.

Los hombres se arrimaron y dejaron caer a la pequeña Diana Tylor de nueve años sobre la mesa. Se veían lo ríos salados escapar de los ojos de la niña, su boca estaba completamente amordazada. El anfitrión se levantó de la mesa y empezó a acariciar a la niña en sus mejillas, los otros hombres sólo reían, se podían ver varios dientes de oro en algunas dentaduras.

Damián no podía creer de lo que había sido capaz. Su hija lo miraba a los ojos mientras los gritos se ofuscaban en aquella mordaza. Diana no sabía qué estaba pasando, aún era muy pequeña para entenderlo. ¿Por qué su padre no la estaba ayudando?, ¿Por qué todo estaba tan oscuro?

El anfitrión levantó la falda de la pequeña Diana y después le rompió las bragas. El hombre empezó a meter los dedos en su vagina mientras lo que salía de su boca eran más los sonidos de un cerdo que los de un hombre.

A Damián se le revolvió el estómago e intentó salir corriendo del lugar.

—¡Deténganlo! —Gritó el anfitrión mientras los guardaespaldas lo sometían —quiero  que lo veas todo Damián, quiero que aprendas una lección.

Todos en la mesa de juego reían. Diana seguía llorando y miraba como estaba acostada sobre cientos de billetes, entre ellos pudo ver una foto suya, a pesar de eso aún no entendía lo que estaba pasando.

El anfitrión se bajó los pantalones e intentó introducir su verga en la vagina de Diana. Su enorme miembro no cabía en la vagina de una niña de nueve años. Se pudo observar como la tomó de las caderas y la jaló hacia él con una fuerza increíble. Diana nunca había sentido un dolor tan fuerte como aquél, sentía como si un monstruo la estuviera destrozando y le quisiera devorar las entrañas.

El hombre jadeaba con intensidad, los demás apostadores en la mesa sólo reían. Damián seguía observando toda la escena. La luz del único foco sobre la mesa se reflejaba sobre el chorro de sangre que nacía en la verga del anfitrión y recorría toda la pierna hasta llegar a las rodillas.

Después de cuarenta minutos el hombre terminó y se subió los pantalones.

—Muchas gracias Damián, te puedes largar —le dijo el hombre a Damián.

Los guardaespaldas soltaron a Damián, luego le quitaron la mordaza a Diana. La niña estaba llorando con gran intensidad, se levantó de la mesa y salió corriendo para abrazar a su padre. El anfitrión extendió su mano hasta alcanzar la sangre que había quedado en el tapete verde de la mesa, se embarró el dedo índice y luego se lo metió a la boca para degustar.

—Y no olvides que siempre serás bienvenido si quieres volver a jugar —dijo mientras hacia un gesto a sus guardaespaldas para que sacaran a los dos por la puerta trasera del casino.

Una vez en la calle Diana seguía llorando, su padre se puso de rodillas y la besó en la frente mientras con sus dedos limpiaba sus mejillas. Las luces rojas de los grandes espectaculares pintaban toda la cara de Diana.

—Oye, no pasa nada. Te juro que esos hombres pagarán —le dijo a Diana. Ella aún lloraba y todavía seguía sin entender.

El hombre se paró y tomó a Diana de la mano mientras se iban perdiendo en la profundidad del Strip de las Vegas. Damián se retiraba de la mesa de juego con las manos vacías, o eso es lo que pensaba mientras caminaba por la calle acompañado por Diana que muy apenas podía caminar.

Sus bolsillos estaban vacíos de dinero, pero estaban colmados de ambición. Había perdido una apuesta contra un hombre cualquiera, pero le había ganado al diablo. En vez de apostar su alma el hombre había aprendido que podía apostar el alma de los demás, y eso… eso valía  más que todo el dinero del mundo. Aquella había sido su lección.

.   .   .

En las sombras se ocultaban aquellos hombres, sus rostros no se podían ver debido a que la mesa estaba alumbrada con la mortecina luz de un solo foco. En la mesa había una cantidad muy grande de dinero, un collar de perlas, un rolex y lo que parecía un disco de los Beatles firmado por John Lennon.

El crupier dirigió su mirada al jugador oculto entre las sombras, aquél hombre extendió su mano y aventó la apuesta sobre el centro de la mesa del juego.

El crupier miró con atención los tatuajes que tenía en la mano aquél hombre, todos los jugadores en la mesa sonrieron por ver la foto de aquella niña en el centro de la mesa.

Desde las sombras se escuchó la voz decidida de aquél hombre…

—Pago.

FIN

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