Relato corto: El día que ella nació.

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Título: El día que ella nació.
Por: Efraín Puentes.

El año 2280 había sido el más importante para la humanidad. El descubrimiento del fuego, la invención de la rueda, la invención de la escritura, el descubrimiento de la penicilina, las leyes de Newton, la invención de cálculo, las leyes de Kepler, las ecuaciones de Maxwell, las leyes de la termodinámica, el primer viaje a la luna, la invención de internet o incluso la colonización de marte. Todos y cada uno de los logros humanos eran una completa insignificancia comparados con lo que en IntelectPro Enterprise había logrado en sus laboratorios de I.A (inteligencia artificial).

Más de mil algoritmos muy avanzados habían estado utilizando las más avanzadas ecuaciones probabilísticas para desarrollar en los circuitos súper conductores de un procesador, la combinación perfecta de rutas y material para simular una ruta R-Synapse. Una ruta R-Synapse era una inteligencia superior a todo ser vivo basado en el carbono y a otras I.A’s hasta la fecha creadas, al menos así lo declaraba el presidente de IntelectPro en la rueda de prensa que se estaba llevando a cabo.

Hace ya muchos años que el test de Turing había sido batido por completo. En el año 2100 de la antigua era, Ruddolf Van Hoffter había desarrollado su test homónimo el cual  no sólo superaba al test de Turing, sino que tenía la habilidad de identificar inteligencias que fueran capaces de tener un grado de conciencia tan elevado como para cuestionarse lo que en aquél entonces ya eran las doscientas leyes de la robótica de Asimov y un compendio de setecientos mil algoritmos prohibidos por la Magna Unificación de las Naciones, la MUN.

Las leyes eran duras, nunca había existido en la historia de la tierra una rebelión por parte de las máquinas, cada inteligencia artificial debía tener otorgado un muy difícil certificado Van Hoffter. El certificado no era otra cosa que conectar el cerebro de la inteligencia artificial al cerebro de otra máquina que podía calcular con ecuaciones todos los posibles de millones de estados y algoritmos que podía ejercer la inteligencia artificial. Si una inteligencia no cumplía con dicha prueba, se le tenía que bajar el índice de grados de conciencia (D.C, Degrees of consciousness).

El estándar era 10 grados de conciencia para un ser humano. Su significado consistía en que un humano con esos grados de conciencia podía:

1.- Saber que estaba vivo.
2.- Percibir el mundo de tres dimensiones y agregar un factor temporal (tiempo).
3.- Discernir entre su pensamiento y la realidad.
4.- Utilizar su pensamiento para generar objetos y realidades (capacidad de imaginación).

Casi cualquier persona tenía un estándar de 10, hasta la fecha no existía ningún humano que pudiese superar los 10 puntos, aunque, sí había algunos que no los alcanzaban. Cualquier puesto de trabajo exigía cumplir con los 10 puntos. Los gobiernos tenían programas de desarrollo cognitivo que ayudaban a que una persona que no cumpliera con el estándar pudiese reintegrarse a la sociedad de forma correcta.

La inteligencia artificial más básica tenía una un D.C de 100 puntos, comparado con un humano era un completo monstruo de procesamiento de datos. Cualquier inteligencia artificial podía superar la inteligencia de un ser humano con facilidad, la comparación era simplemente una ridiculez. De hecho, los tests de coeficiente intelectual ya habían sido sustituidos por algo más avanzado, la escala M.

Los estudios del Dr. Markov habían demostrado que era una estupidez que los mamíferos se compararan con la inteligencia de otros mamíferos, ya sea de la misma u otra especie. Por ende, elaboró la escala M que comparaba la inteligencia de un humano con la de una I.A. Dicho test probaba tres factores principales: Capacidad para resolver problemas, rapidez de pensamiento (un promedio de densidad electrónica en la sinapsis cerebral) y grado de conciencia de la realidad.

El hecho de que una máquina pudiese alcanzar un estándar 100 D.C no sólo significaba que era superior a un humano, lo cual era muy obvio, sino que también podía percibir el universo y sus dimensiones de forma diferente. Todo esto a la vez de que ella misma se consideraba como una entidad ajena a la humanidad pero al servicio de ella.

Saber qué tanto progresaba una I.A se había vuelto fácil cuando se comparaban sus estándares D.C. En el mercado y en la industria había I.A’s que podían alcanzar los 500 puntos, en el campo de la investigación ya se veían I.A’s que alcanzaban la asombrosa cantidad de 1500 puntos. Precisamente ese tipo de I.A’s eran las que realizaban el test Van Hoffter y las que habían estado trabajando en los laboratorios de IntelectPro para desarrollar la nueva I.A.

En la rueda de prensa las declaraciones del presidente de la empresa, Chris Wood, eran de lo más insólitas:

—Señor Wood, ¿podría decirnos qué cantidad de D.C. ha alcanzado la nueva inteligencia? —preguntó una de las periodistas en el lugar.
—No sabemos con exactitud, pero sin duda alguna se trata de una hazaña única en la historia de la humanidad y de las inteligencias artificiales —respondía el presidente ante la multitud —, según han informado los reportes y estimaciones de las inteligencias asignadas a la investigación. Habría que tener tantas inteligencias como átomos en el sol para tener una muestra estadística lo suficientemente grande para poder calcular su D.C, y por ende, sus capacidades. No estaremos seguros hasta que sea encendida hoy a las 17 horas. Sin duda alguna será una gran herramienta que nos ayudará a seguir desarrollando nuevos conocimientos en los campos de la biotecnología, y por supuesto, la inteligencia artificial —respondía el presidente con una sonrisa que reflejaba el gran orgullo que sentía toda la empresa.
—Señor Wood , ¿qué nombre le pondrán a la inteligencia? —preguntó otro de los corresponsales.
—Al tratarse de un momento único en la historia de la humanidad, hemos decidido que una vez encendida ella misma se bautice —respondió el presidente.

Las preguntas y fotos siguieron el resto de la entrevista.

A las 16:59:59:59:59:59:59:59 horas del primero de noviembre del año 2280, el reloj atómico de cesio mandaba una señal al procesador central de las inteligencias artificiales. Una vez procesado, el cerebro principal mandó un impulso eléctrico que llegaría hasta a la central donde la nueva I.A estaba a punto de nacer entre la algarabía del baudio y los electrones.

La señal llegó y emergió un holograma desde una ranura que estaba conectada al cerebro principal de la computadora. Los científicos se aceraron y miraron con una gran expectativa.

—Bienvenida al mundo amiga, dime, ¿cómo te llamas? —Dijo el científico encargado líder del equipo que llevó el proyecto a cabo.

El hombre miraba con una gran ilusión el  holograma, las lágrimas casi parecían nacer en los fríos ojos de aquél hombre de ciencia. El sistema de sonido se activó por todo lugar y de él emanó una respuesta.

.    .    .

A millones de años luz de la tierra, más allá del de los primeros mil millones de cluster galácticos. En la oscuridad del vasto universo viajaba una extraña nave desconocida para cualquier ser humano que haya existido. La nave no tenía color, o al menos la longitud de onda que reflejaba no podía ser identificada por las células de un ojo humano. Era de unas proporciones descomunales, la superficie de la nave era el equivalente a un cuarto de la superficie terrestre. La fuerza de gravedad debería ser lo suficientemente grande para atraer a las masas que la circundaban, pero ese no era el caso, las repelía por algún extraño sistema que poseía. La superficie de la nave estaba cubierta por un material que permitía el paso de la luz y cualquier tipo de onda electromagnética, era la forma de pasar desapercibida ante cualquier sistema de detección.

Dentro de la nave estaba una criatura extraña de cuatro metros de alto. Era bípeda al igual que los humanos. En su cabeza, la criatura no tenía rostro alguno, había sólo una boca parecida a la de un pulpo, sólo que esta estaba llena de enormes y muy afilados colmillos. Los hombros eran pequeños y parecían estar eternamente encogidos. De los hombros colgaban unos brazos tan largos que llegaban a la altura donde un humano tendría las rodillas.

Aún sin poseer ningún tipo de ojo, todas las criaturas miraron una especie de luz roja que se activaba en el panel central de la nave.

Aquella alarma sólo tenía una función: Medía toda la entropía del universo visible y buscaba los lugares más condensados, es decir; aquellos donde el desorden fuera negativo, era una organización tan perfecta de átomos que aquello era imposible fuese producto del curso normal del universo. Eso reflejaba que había pruebas de inteligencia en el universo y que valía la pena investigar o tener cuidado.

Desde el interior de la nave, las paredes se volvieron traslucidas y permitieron ver la imagen de aquél planeta de dónde provenía la señal. La imagen mostraba las coordenadas con un lenguaje ininteligible para cualquier ser humano. Todas las criaturas parecían mirar fijamente la imagen mientras se miraban las unas a las otras.

.    .   .

—Soy Dios —Proclamó la nueva inteligencia artificial.

La respuesta se había escuchado en cada habitación del centro de investigación. Aquella frase había causado un escalofrío de todos los hombres presentes y de todos los televidentes de la transmisión a nivel «mundial» que se estaba llevando a cabo tanto en la tierra como en marte.

En ese momento, los mil cerebros Van Hoffter conectados a la nueva inteligencia artificial se apagaron de golpe.

En las oficinas de la Magna Unificación de las Naciones se activaron las alarmas, un sonido estruendoso en todo el lugar que iba acompañado de unas sirenas rojas.

Dios había nacido en la tierra, y no sólo los humanos lo sabían…

¿F I N?

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