La magia de las palabras.

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¿Alguna vez leyeron la noticia de la mujer a la que su marido la engañó y como acto de venganza asesinó a su único hijo para dárselo de comer a su esposo? Por si fuera poco, después de revelarle la verdad a su marido lo asesinó para dárselo de comer a la amante. Después de confesar a la pobre lo que había hecho, se voló la cabeza frente a ella con un escopetazo, todo con la intención de que la amante tuviera que vivir el resto de sus días cargando con las consecuencias de su infidelidad. Cargando esa horrible historia el resto de sus días.

Supongo que no lo habías escuchado, y no te culpo, me la acabo de inventar. He allí la magia de las palabras. Si lo piensas a fondo es un buen final para un relato, el problema es: ¿Cómo llegamos desde el inicio de la historia hasta un dramático: «Tuvo que vivir el resto de su miserable vida recordando cada día como los sesos y sangre de la mujer se combinaban con su desgarrador llanto »?

Lo importante pocas veces es cómo llegamos hasta allí. Cortázar ─que no es uno de mis escritores favoritos─ decía: «Escribir una novela es ganar por puntos, en cambio, en el cuento debes ganar por knock-out». Edgar Allan Poe opinaba algo muy parecido, para él los relatos debían ser escritos partiendo del final hacia el inicio.

Ponte a pensar que mil historias diferentes pueden tener el final donde la esposa le da de comer al marido infiel su propio hijo.

Por una parte tenemos el relato que gasta diez páginas contando cómo la señora va desarrollando una paranoia con las horas extra que hace su marido en la maquiladora. También tenemos el relato sobre cómo las vecinas celosas del pene de 20 cm de su marido son las que le meten la idea. Lo importante es el final, si el relato no tuviese ese final poco importaría tener que tragarnos toda la antología que nos lleva a ese inesperado orgasmo de imaginación.

Es como cuando coges, da igual de misionero o de perrito, coges para venirte, para el apoteósico final de desparramar tu semilla en cualquier superficie, con la mejor de las suertes en la cara de algún ser vivo. El que coja por amor al arte, por favor que deje de coger, entusiastas enamorados ya tenemos muchos en esta sociedad.

Hay escritores que se han tomado muy a pecho la importancia del final y han decidido prescindir de todo el puto relato como tal. Allí tienes la microficción de Augusto Monterroso y su famoso relato «El dinosaurio» que va más o menos así:

«Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí».  Fin.

Vale, excelente final, pero, ¿y el relato?, ¡Pues te jodes!, sólo necesitas el final, el cómo llegó el puto dinosaurio allí corre por tu cuenta, sin ser escritor vas a tener que ingeniar cómo carajos es que ese dinosaurio llegó allí.

¿Quién despertó?, no sé, pudo haber sido un adolescente cualquiera, un ama de casa, incluso pudo ser una dinosauria que cansada del pésimo matrimonio en el que estaba, ya había echado al dinosaurio fuera de la casa, ¡pero ese hijo de puta no entendía!, ya estaban en rigor las nuevas leyes del período jurásico, ella quería ser una madre independiente. No importaba cuánto le dijera a ese puto dinosaurio subnormal que ya dejara de volver a la casa, estaba obstinado. Tenía problemas con la bebida, tenía deudas, por si fuera poco también era adicto al juego.

Ese dinosaurio no era lo que la bella dinosauria había conocido en su juventud, aquél atractivo galán que la había enamorado asesinando a sangre fría a los más inocentes brontosauros ya no existía, sólo era un muy vago recuerdo, ahora ella estaba casada con la peor versión de lo que alguna vez amó con todo su lagartijo corazón.

¿Viste?, me costó segundos, pero de la nada ya tenemos una historia, esa es la magia de las palabras.

Las palabras son las cosas más mágicas y más poderosas que hay. Puedes hacer de tu lector tu perra, puedes diezmar sus sentimientos, dominar lo que piensa, en lo que cree o no cree, o desviarlo del camino para confundirlo. Porque antes de empezar a cuestionarse debe terminar de leer antes de dar su opinión o razonar. En todo ese plazo es tu perra le guste o no. En este momento estás siendo mi perra sin darte cuenta y ya te desvié tanto del camino que no sabes ni donde vamos a terminar.

Para usar la magia de las palabras hay que comprender la mente humana, incluso si nunca has estudiado psicología puedes desarrollar toda esa rama por tu propia cuenta. Sólo para que te des una idea: Grandes psicólogos y psiquiatras, como Freud, por ejemplo; han mencionado que Dostoyevski es uno de los más grandes psicólogos que han existido, ¡pero él ni siquiera era psicólogo!, sólo era un simple escritor. El mero hecho de imaginar historias basadas en lo que se maquinaba en la mente de sus personajes generaba toda una rama de la ciencia sin darse cuenta. Allí tienes su libro «Crimen y castigo» como el más perfecto ejemplo.

Las palabras no sólo nos permiten crear relatos y novelas, sino que muchas veces nos ayudan a hacer creer a la persona una mentira por verdad y una verdad por mentira.

Por ponerte un ejemplo, una de estas cosas es algo que en verdad me pasó, la otra no, ¿cuál es cuál?

1.- Un día me encontré un maletín lleno de dinero.
2.- Un día mi mamá me pegó tan fuerte que me aflojó un diente.

¿Le atinaste?, si pensaste que la primera opción era la cierta, lamento decirte que tienes autismo, por otra parte; si pensaste que la segunda opción era la cierta, pues estás en lo correcto en aquello de estar en lo incorrecto. Ambas son falsas, pero el simple hecho de hacerte creer que una era verdad y la otra mentira es lo que vuelve cierto aquello de que cuando yo escribo y tú me lees, te conviertes en mi perra. Lo hago y lo preparo para que ni depares en cuestionarte si lo que te digo es verdad o es mentira. He allí de nuevo la magia de las palabras.

Pero así como las palabras están colmadas de magia, también están llenas de angustia para el que maneja esa arma de destrucción masiva. No hay nada más desalentador ni peor enemigo que verse frente a una hoja en blanco, como cuando llenas cuadernos de garabatos con tu bolígrafo sólo para no tener esa sensación de vacío. Lo mismo pasa con las palabras y, cabe señalar, que también en las palabras hay garabatos ininteligibles para la mente humana.

Yo tengo un cerebro que siempre está escribiendo tonterías si no le doy la orden de que lo haga con coherencia, puedo tomar palabras aleatorias y empezar a conectar detrás de ellas más y más palabras que formen historias que no lleven a ningún lugar o que nos devuelvan al lugar del que partimos, porque esa es la magia de las palabras:

El otro día estaba lloviendo y al terminar pude ver el arcoíris, luego recordé todas las historias del tesoro al final del mismo. Una vasija custodiada por un puto duende o una mierda así. Luego pensé «los duendes no existen». Pero, aunque no lo creas, recordé que tuve un amigo que conoció a un duende al final del arcoíris y el maldito le ofreció todo el oro de su vasija siempre y cuando le respondiera una sencilla pregunta:   «¿Cómo hago para dejar de soñar despierto?». Al duende le dolía perderse en sus propios pensamientos, no concebía la vida igual que los demás, pensaba historias que nadie más había pensado, tanta imaginación lo tenía distanciado de la realidad. Despierto veía cosas que otras personas no podían ver, se estaba volviendo loco.

Mi amigo le ofreció al duende una libreta, le dijo que en ella escribiera todo lo que pensara durante el día, cuando se fuera a dormir sólo bastaría con ponerla debajo de su almohada. Al despertar ya no estarían todas esas historias que siempre han gobernado su mente, ya no vería las cosas que los demás no pueden ver.

Eso hizo el duende, escribió una larga historia sobre cómo la magia de las palabras te hace ver cosas que los demás no pueden ver, escribió una historia sobre un escritor que hacía que amanecieras al lado de un dinosaurio. El duende se fue a dormir, y cuando despertó… El dinosaurio seguía allí.

Todo esto es lo que pensaba la mujer antes de asesinar a su marido, le había sido infiel tantos años con esa maldita libreta donde escribía cosas que nadie nunca jamás había imaginado, estaba harta, por eso decidió matar a su hijo y dárselo de comer.

Una vez que asesinó a su marido escribió su confesión en esa mujer con la cual su marido siempre la había engañado, acto seguido se quitó la vida. Por toda la eternidad la libreta cargaría con las consecuencias de haber sido testigo de todas las historias de ese hombre que nunca supo cuando dejar de imaginar.

Esa libreta cargó con todo el peso de aquellos que nacen con el privilegio y castigo de tener la magia de las palabras.

¿Te ha pasado?, entonces no estás soñando lo suficiente, no estás viendo la magia de las palabras…

FIN

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