Querido diario[1]: Algunos pensamientos sobre la gastronomía universitaria.

La serie «querido diario» son monólogos internos que tengo, son temas random meditados con la filosofía de la más alta clase.

Si hay algo que me cae en mis enormes y fértiles huevos es el hecho de que todos se consideren críticos gastronómicos freelance. Hace rato hablaba con un amigo de la escuela sobre el hecho de que en la facultad ─ese lugar oscuro que nos arrebata la vida─ el internet ya llega «más mejor» a uno de los edificios donde antes no llegaba. Yo he estado feliz por esta noticia, y claro, no lo agradecí, no porque sea un puto malagradecido, sino porque es responsabilidad de mi puta universidad darme la canasta básica de la educación postmoderna a cambio de los casi cinco mil pesos que cuesta la colegiatura en esa universidad «autónoma» y que llamamos de cariño «pública» y «gratuita», claro, esto último con la finalidad de tener algo de que reírnos a sus espaldas.

El internet no sólo es importante, es imprescindible en este ya prácticamente 2017. Lo que en verdad me sorprendió por parte de mi ahora cuestionable «amigo», es que hiciera uno de esos comentarios que te hielan el alma y que te hacen reformar toda tu concepción universal de la comida, uno de esos comentarios que te hacen pensar que eres ese ápice de la sociedad a la que le importa un carajo la calidad de la comida:

«Pues la neta yo estoy esperando a que cambien la comida de la cafetería, eso es lo que me urge, ya estoy hasta la verga de esa comida culera».

O sea, ¿en qué momento se perdieron los valores en los estudiantes de Chihuahua?, ¿Cómo la comida puede ser más importante que el internet?, yo no sé de qué familia retrógrada, retorcida y falta de valores vengan todos esos millennials hijos de puta, pero el internet nunca ha sido, no es y no será menos importante que la calidad de la comida. Ojo, hay que diferenciar entre el hecho de que haya comida y la calidad de la misma, por una parte, hablamos de necesidad, por otra, hablamos de mero lujo, un mero tributo a nuestro pútrido hedonismo gastronómico.

Es cierto, la comida de la cafetería en mi facultad es algo así como que hecha por una madre que odia a sus hijos, una vez comí un pastel de papa que a todos hacía vomitar, no sólo por el sabor, el objeto como tal era verde, ¡verde!, ¿Qué puta papa exótica es color verde?, tenía pinta de que hacía daño, como aquellas combinaciones de colores que tienen los animales exóticos para decir: «¡Aguas puto!, te estás metiendo en el barrio equivocado».

A pesar de que la comida de nuestra cafetería parezca cocinada por el mismo Jeffrey Dahmer, seré firme y recalcitrante en mi postura de que en este 2017 la calidad de la comida jamás será más importante que una buena calidad de conexión a esta dimensión alterna y llena de pornografía gratuita que llamamos internet.

Si no te gusta la comida de la cafetería, pues mal por ti, estás jodido. Pero antes de que relinches ante mis palabras me tomaré la molestia de recalcar la postura hipócrita de los estudiantes: La mayoría son foráneos, eso quiere decir que su menú está basado en comer sopas instantáneas, tortillas frías, atún barato y cucarachas, cuando no tienen recursos el resto de la alimentación la basan en fotosíntesis, luego, el poco dinero que tienen se lo gastan en alcohol barato en el cual ahogar su propia miseria.

¿Cómo alguien cuyo paladar se ha forjado para degustar mierda se puede quejar de que al arroz de la cafetería le falta sazón?, ¿qué clase de petulante exigencia es esa?, si yo le llego a decir a mi madre que al arroz le falta sazón me lo tira al piso para que coma allí ─como en otras ocasiones─, o peor aún; me retaría a un duelo que sería transmitido en MasterChef para ver quien lo cocina mejor. Eso es lo que más me podría muy en el fondo de mi corazón, Dios en el cielo sabe que los gordos no es que no sepamos cocinar, sino que comemos mientras cocinamos, nos llenamos por pellizcar todo y cuando por fin terminamos ya estamos llenos, lo cual es peor, porque tenemos que volver a comer y seguir con el ciclo de la obesidad mórbida.

Te estoy hablando a ti amigo foráneo, si el día de mañana juzgas a la cafetería por su comida de mierda piénsalo dos veces, quisiera ver que te expresaras de la comida de la cafetería como si fuera la comida de tu madre, porque incluso cuando tu madre hace comida que sabe a mierda no tienes el valor de decirle a la cara que parece que la cocinó con el culo, ¿o sí?, todos sabemos que de ser así no tendrías el mismo número de dientes en esa bella sonrisa.

Todo esto me parece gracioso, porque yo veo a todos juzgando a la cafetería por su mala calidad en la comida, pero a ninguno juzgándola por su calidad de café, al fin de cuentas es una café-tería. En dicho establecimiento, cualquier cosa adicional al café es mero lujo, un aditivo.

Mi estimado foráneo, chairo y radical de extrema izquierda, antes de que juzgues a la comida por su «mal sabor», recuerda que lo más probable es que seas becado, lo cual no sólo te convierte en la peor persona para opinar, sino también en un muerto de hambre. Estás mordiendo la mano de esa señora que con su sangre y sudor forjó aquella quimera a la que bautizó con el nombre de «pastel de papa», ten un poco de respeto por el esfuerzo de esa mujer, no cualquiera sabe hacer platillos basados en las mandrágoras de Harry Potter, la señora de la cafetería es una alquimista culinaria.

Y antes de que brinquen esos soldados con el argumento de: «estoy pagando por ella», pues sólo me queda decirte, y con todo respeto, que eres un pendejo. No creo que la señora de la cafetería haya secuestrado a tu madre y te haya amenazado con matarla y cocinarla en tamales si no compras sus exóticos platillos y le das una calificación de 5 estrellas y una buena reseña en facebook.

Si no te gusta la comida de la cafetería puedes ir a seducir a las máquinas expendedoras con tus monedas de plata, ellas siempre te hacen el favor sexual que desees a cambio de unas cuantas monedas, y si no, pues come tierra, que total, hay un chingo.

#PeaceOut.

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